“La calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante en brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: la Rambla de Barcelona”. Así era el símbolo de la Barcelona que hechizó a Federico García Lorca, que el jueves pasado fue golpeada por la brutal sinrazón asesina.
El reloj marcaba las cinco de la tarde cuando Mark entraba en el restaurante Moka, en las Ramblas, para empezar su turno. En cuestión de segundos, la calma en la calle quedó interrumpida por gritos de pánico. Decenas de peatones se agolpaban hacia el interior del local en estampida. Junto al resto de sus compañeros, el camarero acogió a las más de 200 personas que permanecieron...