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Por Lina Cuartas - opinion@elcolombiano.com.co

Al Confidente, a Mateo Pérez Rueda

hace 1 hora
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  • Al Confidente, a Mateo Pérez Rueda

Por Lina Cuartas - opinion@elcolombiano.com.co

Ella sabía que lo habían matado. Gloria, la profesora de Yarumal, presintió la suerte de Mateo, su hijo menor. Como solo las mamás logran esa conexión. Es que lo conocía, lo crió, lo levantó, le enseñó a cuestionar, a preguntar, a vivir. Tanto, tanto se parecían, que por eso Mateo, cuando estaba chiquito, le huyó a que su mamá le diera clase en la misma escuela en la que ella trabajaba y él estudiaba. No por falta de amor o admiración por ella, sino porque desde niño eligió caminar con independencia y autonomía. Él prefirió navegar con otros profesores; se movió de salón cuantas veces pudo. Cada oportunidad que el destino, en el colegio público de San Luis de Yarumal, lo llevaba a que su mamá fuera la titular del salón, él pedía cambio: en busca de labrarse su propio destino.

Él fue siempre de arrojo, de elecciones. Su papá, Carlos, con quien habló por última vez, también le pidió que se devolviera de Briceño. En esa llamada, que juntos se dieron con una complicidad bonita y amorosa, Mateo le dijo a su papá que llevaba una mudita de ropa, que se iba a quedar amaneciendo en un hotel en Briceño que le valía 30 mil pesos la noche y luego arrancaría para zona rural. La ropita de Mateo, su mudita, la llevó de vuelta a la familia Pérez Rueda, antes de conocerse el triste final, el reportero gráfico Jesús Abad Colorado, quien intentó también ir en busca del joven periodista. En este momento de recordar, Carlos, el comerciante de Yarumal, se quebró. Se rompió porque la violencia le ha quitado tesoros materiales y los del alma: en 2018 vendió su cafetería, que estaba en el parque del pueblo, porque la extorsión y el miedo lo doblegaron. Los malandros le mataron un compañero a la vista de todos. A la vista de él.

A Mateo otros tantos le dijeron que evitara ir, que se metería a la cueva del lobo. Él insistió, como lo hacen los buenos periodistas, porque así es la vida del reportero: andar, explorar, incomodar y preguntar. Contar, perseguir la verdad y ser la voz de otros. Ser un “Confidente”, así como preciosamente se llama el medio que Mateo Pérez Rueda fundó y dirigió. Un “Confidente” al que le quitaron la vida con sevicia y maldad. A Gloria, Carlos y Julián, sus papás y hermano, les arrebataron a su amor.

Los suyos llamaron y llamaron al celular de Mateo, intentaron ir en su búsqueda. Lo esperaron en la sala de la casa en Yarumal, donde un tragaluz, en medio de la sala principal y el comedor, deja entrar unos destellos de sol y viento de las montañas del norte de Antioquia. Sentados en familia, se preguntaron el porqué de esa incertidumbre, de esa falta de noticias y de respuestas. De esa insensatez del criminal, del que se cree dueño de la vida y de los territorios. Del que mata por oro, coca o por poder. Del que es tan malo que se ensañó con Mateo, que lo hizo sufrir, que le hizo sentir dolor físico y mental antes de asesinarlo.

A Julián, el hermano mayor de Mateo, lo abriga una indignación justificada y compartida: ¿por qué 20 malandros, facinerosos guerrilleros, pueden arrodillar al Estado? ¿Por qué pueden torturar a un periodista y silenciarlo?

A Mateo le faltaron las prácticas de Ciencia Política para graduarse de la Universidad Nacional. Terminó las materias en diciembre del año pasado. Pero resulta que él estaba en prácticas desde el colegio, desde que comenzó el camino de hacerse preguntas y buscar las respuestas sobre política, poder y guerra.

Colombia pierde a un politólogo y reportero. A un acucioso joven que tendría que estar hoy publicando en su medio, El Confidente, la historia de dolor, violencia, crimen, ambición, demencia y maldad de quien lo asesinó.

El país olvida pronto, lo sabemos, pero Gloria, Carlos y Julián no lo harán: los violentos les arrancaron a su Confidente, a su hijo, a su hermano, y les dejaron el silencio insoportable de la ausencia y la insensatez.

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