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La cuestión de no ser: Hamnet, de Chloé Zhao

hace 3 horas
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  • La cuestión de no ser: Hamnet, de Chloé Zhao
  • La cuestión de no ser: Hamnet, de Chloé Zhao

Hamnet es una película hermosísima, capaz de evocar la alegría inconsciente del enamoramiento y el desgarramiento de la tristeza más honda, que además nos permite entender mejor la capacidad del arte de expresar aquello que encierra a veces nuestra alma sin poder comunicarlo. Corra ya mismo a una sala de cine para que pueda apreciar, con el asombro que la pantalla inmensa y el sonido profundo ayudan a crear, el trabajo magnífico de Chloé Zhao a la hora de presentarnos los pequeños escenarios cómicos y trágicos que conforman una vida, cualquier vida, incluso la vida de William Shakespeare. Aclarado esto, no espere a leer la extraordinaria novela de Maggie O’Farrell para ver la película, porque entonces, si lo hace, puede que sienta la misma desazón que este texto intentará describir en los párrafos que siguen.

Porque Hamnet, de Chloé Zhao no es Hamnet de Maggie O’Farrell, a pesar de que la novelista escribe el guion de la película junto a la directora. Se le parece, claro, porque comparten los hechos más importantes y a muchos de los personajes y si la escritora original firma el guion no se puede hablar de traición sino más bien de resignación: ante la certeza de que la cinta debe ser vista por la máxima cantidad de personas para que valga la pena todo lo que se ha invertido en construir el pueblo y las casas y el escenario teatral del siglo XVI donde transcurre la historia, ambas han decidido que Hamnet tratará sobre la forma en que William Shakespeare y su esposa Agnes lidiaron con la desgracia, a sabiendas de que todos queremos conocer, así sean imaginados, las intimidades y los entresijos de la Historia.

El gran problema es que este enfoque sí transforma completamente el espíritu de la obra original. Porque en ella veíamos el mundo a través de los ojos de muchos personajes, sobre todo de Agnes, y que uno de ellos fuera Shakespeare era un hecho circunstancial. Es más, era algo que adivinábamos, porque en el libro no se le menciona por su nombre. Jessie Buckley tiene las mejores posibilidades de llevarse el Óscar por construir a punta de miradas inmarcesibles a esta mujer profunda, parte de la naturaleza que la rodea (ese plano en que está acurrucada en el bosque vale todo), y sin embargo a esta Agnes la conoceremos mucho menos que a la de la novela. Al poner a Wiliam en primer plano y explicarle al púbico la ansiedad de su espíritu creativo, inevitablemente se dejan a un lado aspectos tan interesantes como la intuición y la inteligencia emocional de ella, teniendo que insinuarlas a veces con diálogos que lucen artificiales. Es tal el cambio de paradigma que hasta se antoja injusto que no nominen a Paul Mescal por una actuación impecable sin la que el armazón dramático de la película sería débil.

O´Farrell y Zhao toman decisiones difíciles y obtienen su recompensa. El final, siendo distinto, es tan emotivo en imágenes como el que está escrito. El engaño infantil a la muerte es de una poesía y una sencillez sublimes. Los peros yacen en el espectador, que olvida que la mejor traducción a imágenes de lo leído está en su mente. Y que el resto, por supuesto, es silencio.

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