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Colombia ha demostrado tener una cruel y silenciosa característica: la de destruir a algunos de sus mejores hombres de Estado antes de darles la oportunidad de dirigir los destinos del país. No necesariamente los elimina físicamente —aunque también ha pasado con prometedoras figuras— sino que se ha vuelto costumbre aplicarles una estrategia de “cancelación” simbólica y política que puede ser tan letal para la sociedad como cualquier pandemia.
Germán Vargas Lleras murió a los 64 años sin haber podido llegar a la Casa de Nariño. A pesar de que lo intentó dos veces –en 2010 y 2018– Colombia no lo eligió. Y cuando quiso volver para 2026 la muerte se le atravesó.
Parecía tener todo para ser el elegido en 2018. Pero no fue. En parte por uno de los episodios más reveladores —y si se quiere más injustos— de la política reciente. En 2016, durante una entrega de viviendas en Ciénaga de Oro, el entonces vicepresidente golpeó en la cabeza a su escolta. El “coscorrón” se viralizó. Vargas Lleras ofreció disculpas y reconoció que no debió haber ocurrido. Pero la maquinaria ya estaba en marcha. Antes del coscorrón tenía una imagen favorable del 61%, pero después nunca fue igual. Sus adversarios, hoy en el Gobierno, convirtieron el episodio en arma de su destrucción.
El mecanismo de la cancelación opera siempre igual: toman un gesto, un error, y lo sobredimensionan hasta convertirlo en su marca. Y de tanto repetirlo tapan todo lo demás del personaje, lo cancelan. Con Vargas Lleras fue el coscorrón. A Enrique Peñalosa —el alcalde que transformó a Bogotá— lo convirtieron en blanco de burlas y memes, con acusaciones inventadas de ser “vendedor de bolardos” o “dueño de una fábrica de buses”. Con Sergio Fajardo —el matemático que transformó a Medellín en modelo de urbanismo social— bastó un viaje para ver ballenas después de una extenuante campaña.
Estamos hablando de tres gobernantes que demostraron, como pocos, saber administrar y gobernar y lamentablemente tres carreras presidenciales por ahora aplastadas no por escándalos de corrupción, no por incompetencia, sino por un episodio cualquiera con el cual sus contradictores activan el mecanismo de cancelación.
En la teoría de opinión pública se conoce como “framing”, es decir, que la gente no percibe a los políticos a través de datos o de argumentos racionales, sino mediante marcos mentales creados a partir de símbolos o emociones. George Lakoff lo explica con una metáfora que dio título a su más famoso libro: ¡No pienses en un elefante! El cerebro inevitablemente activa la imagen del elefante. Cuando la oposición logra asociar a un candidato con un gesto ridículo, un error o una escena desafortunada, ese episodio deja de ser anecdótico y se convierte en el marco dominante desde el cual se interpreta todo lo demás. Cada declaración, cada debate y cada crisis reactivan el mismo símbolo, hasta reducir públicamente al candidato a una identidad simplificada y negativa.
Colombia desaprovechó con Vargas Lleras no solo un buen ejecutor –120 mil viviendas gratis, autopistas 4G y acueductos–, sino que perdió a un hombre que sabía dónde estaban los tornillos del Estado, que había visto desde adentro cómo se construye y cómo se destruye una república, y que tenía el temperamento —áspero, eso sí— para defender las instituciones.
Como senador protagonizó un debate memorable: mientras el gobierno de Andrés Pastrana entregó a la guerrilla un territorio más grande que Costa Rica, se refirió al Caguán, con pruebas en mano, como un santuario de las Farc con la venia del Gobierno. Sufrió dos atentados.
Esa misma verticalidad la ejerció hasta el final, desde sus columnas: “La constituyente anunciada por el señor Gustavo Petro es la réplica del modelo que impuso el régimen chavista para desmontar el Estado de derecho y sustituir la democracia”. En su última columna advirtió sobre el poder de los grupos criminales al amparo de la “Paz Total”: “A la estrategia de comprar las elecciones se suma la de abandonar el territorio a los grupos de delincuentes. En cientos de municipios será muy difícil garantizar unas elecciones libres de presiones y amenazas”. La realidad parece estar dándole la razón.
Hay una diferencia fundamental entre un político y un hombre de Estado. El político ambiciona el poder. El hombre de Estado sabe qué hacer con él. Vargas Lleras pertenecía a esa segunda estirpe, cada vez más escasa. Abogado y nieto del expresidente Carlos Lleras, consagró su vida al servicio público, contribuyó a transformar la infraestructura y el debate legislativo. Conocía el Estado desde adentro, desde sus tuberías más profundas, desde los presupuestos y los contratos.
Colombia suele descubrir demasiado tarde lo que tenía. Esta vez no tenemos la excusa del crimen ni de la censura. Simplemente no lo elegimos. Vargas Lleras tenía las condiciones para ser Presidente. Y simplemente lo cancelaron por un coscorrón.