El
día anterior al 11 de setiembre en Nueva York
El 10 de setiembre de 2001, Al-Qaida no significaba nada para los
neoyorquinos, que no estaban en lo más mínimo preocupados
por el terrorismo y el 911 era sólo un número de emergencia.
Ese día el sol surgió en la costa este de Estados
Unidos a las 06H32 (10H32 GMT) y los neoyorquinos volvían
a sus trabajos luego del fin de semana, totalmente ajenos a la muerte
y devastación que sobrevendría solamente 24 horas
después. Miles se trasladaron a sus oficinas en el World
Trade Center, tal vea hojeando sus diarios en busca de información
sobre el partido de la tarde entre los Yankees y los Boston Red
Sox, o sobre el concierto de Michael Jackson en el Madison Square
Gardens.
Antrax y bombas sucias eran todavía temas de los filmes
de acción de Hollywood, y todavía la imagen de "ground
zero" estabá inevitablemente ligada a las bombas atómicas
lanzadas por Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki.
A pesar del atentado contra el World Trade Centre en 1993 y el
de Oklahoma dos años después, el terrorismo era algo
que existía fuera de fronteras, que muchos estadounidenses
todavía consideraban inexpugnables. Para la prensa amarilla,
los principales temas eran los escándalos el sensacionalismo,
luego de un verano dominado por informes de ataques de tiburones
en las costas de Florida (sureste).
El New York Daily News integró en la portada un artículo
de un "hongo asesino" que invadía un apartamento
en el East Side. Otros centraban la atención en el congresista
Gary Condit y sus desmentidos de un affair con una joven desaparecida,
o en Lizzie Grubman, una conocida mujer de sociedad que embistió
a una multitud en un night club con su land cruiser.
Las noticias internacionales eran de menor interés, aunque
había cierta alarma por la suerte de dos estadounidenses
arrestadas por el gobierno fundamentalista talibán de Afganistán,
acusadas de propagar el cristianismo. También había
información sobre un aparente intento de asesinato de un
líder opositor afgano, Ahmed Shah Massud, y un comentario
que advertía de que su muerte podría provocar inestabilidad
en el país.
En Nueva York, el alcalde Rudolph Giuliani llegaba al fin de su
mandato lejos de la imagen de héroe que se ganaría
al conducir la ciudad a través del drama del 11 de setiembre.
Como consecuencia de un problemático y público divorcio
en el que estaba enfrascado con su mujer, Giuliani era ridiculizado
por los tabloides y sus logros en la reducción del crimen
en la ciudad eran ensombrecidos por confesiones de infidelidad conyugal.
Poco más de un mes más tarde, recibiría un
título honorario de caballero de la reina Isabel II de Inglaterra.
Ese lunes, entre la multitud se movían 19 hombres que en
la mañana del martes se reunirían en grupos de cuatro
y se prepararían para abordar y luego secuestrar cuatro vuelos
domésticos.
Dos serían impactados contra el World Trade Center, uno
contra el Pentágono y el cuarto se estrellaría en
un campo de Pensilvania. El sol se puso el lunes a las 7:06 pm en
Nueva York y las luces de la ciudad se encendieron, incluidas las
de las torres gemelas, que se erguían en el cielo de Nueva
York, con gracia y orgullo.
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