La
música del Mullah Omar
Jon Lee Anderson, de New Yorker, cuenta su paso por Afganistán.
Es el
Indiana Jones de la prensa: siempre en conflictos armados.
Por
Javier Arboleda
García
Medellín

Jon Lee, en un pequeño cerro tutelar
de Kabul, en junio pasado. La foto la tomó el reportero
gráfico Thomas Dworzak. "Fue tomada cerca del atardecer.
Estoy parado en los parapetos de una piscina olímpica
construida enteramente por los soviéticos, cuando ocuparon
Afganistán en los ochenta". Durante la guerra civil
ese sitio se utilizó como un lugar de ejecuciones. Ahora,
le sirve a los niños para jugar al fútbol. Foto
Cortesía. |
En junio de 1998, poco antes de abandonar Monrovia, Liberia, Jon
Lee Anderson, periodista de la revista estadounidense New Yorker,
vio que entre los pasillos del aeropuerto una muchedumbre le abrió
paso a una comitiva oficial. De pronto, pasó a su lado, encabezada
por el entonces jefe de policía, Joe Taylor, éste
acompañado de un séquito de guardaespaldas, todos
altos y fornidos, entre ellos una mujer.
Lo saludó. Se estrecharon las manos y Anderson le dijo: "me
voy ya". Taylor, con sarcasmo, le respondió: "qué
bueno" y siguió su camino. El periodista se tocó
y, luego de algunos pasos, le gritó, ¿cómo
que bueno?. El jefe de policía volteó, agachó
la cabeza y, por encima de sus gafas oscuras, lo miró de
abajo a arriba, para responderle: "lo que quise decir es que
es bueno que te vayas así, en una sola pieza".
Taylor era primo del entonces presidente de Liberia, Charles Taylor,
conocido como "el carnicero", debido a su participación
en la guerra civil del país africano, en la que se le sindicaba
de la muerte de, por lo menos, 100.000 personas, en unas acciones
de barbarie que llamaron la atención del mundo y, por supuesto,
de la prensa internacional.
Anderson, quien sonríe cuando le dicen el Indiana Jones del
periodismo estadounidense, vive en España pero ha pasado
parte de su carrera en países con conflicto armado escribiendo
sobre la guerra, sobre los señores de la guerra, "sobre
las figuras del poder y, en especial, sobre quienes se hacen con
el poder".
Sus publicaciones, como el libro del Che Guevara, son conocidas
en el mundo entero, al igual que los perfiles publicados en New
Yorker y otros medios de personajes como Sadam Hussein, Benjamín
Netanyahu, Augusto Pinochet, Fidel Castro, el rey Juan Carlos de
España, Hugo Chávez y Gabriel García Márquez.
Entre sus gustos, reconoce, está también la idea de
perfilar a Manuel Marulanda Vélez, por considerar que, independiente
de lo que se pueda pensar de él, es un personaje de valor
periodístico.
Anderson, si se quiere, ha formado una nueva escuela en el periodismo,
un estilo propio de contar, pero más que de contar, de narrar
historias para ser comprensible lo incomprensible o lo desconocido;
para mostrar los grises de cualquier hecho y, en especial, de aquellos
sucesos nacidos de los conflictos armados o del poder.
Esas tonalidades las describió con su reciente trabajo en
Afganistán, en el que mostró el rostro humano de quienes
hacen y padecen una guerra que todavía no se resuelve. Con
su narrativa tumbó, en parte, los fetiches de la sociedad
occidental frente a un pueblo sumido en el atraso. Con cinco entregas,
Anderson narró los cuatro primeros meses del ataque (ya había
estado allí trece años atrás, durante la guerra
con los soviéticos). En sus informes, plasmó la realidad
de una nación agobiada y destruida por la guerra; la cultura
de una sociedad dividida en tribus, atrasada, aún inmersa
en un sistema medieval, excluyente, xenófobo y marcado por
el fanatismo religioso... Ahora prepara un libro sobre esta experiencia.
Jon Lee Anderson, ¿Por qué
llegó a Afganistán?
"Cuando supe la noticia, el 11 de septiembre, pensé
que era Bin Laden, pues era su estilo. Era cuestión matemática:
Bin Laden está en Afganistán, sabiendo la reacción
de mis paisanos, al ver que era un evento muy grande, tipo Pearl
Harbour, y conociendo a Bush, lo más seguro era que atacaría
allí. Me ofrecí, porque quería participar en
lo que percibía sería un viraje en el mundo... un
antes y un después..."
¿A pesar de que haber estado antes,
cuál fue la impresión al pisar, de nuevo, tierra afgana?
"Nunca olvidaré esa impresión. Cuando cruzas
la frontera en Afganistán, lo hace en tiempo y espacio. Entré
por Tayikistán, en un artefacto aéreo, desbaratado,
un veterano avión de tropa soviético. Aterricé
casi con la puesta del sol en una pista también agujerada,
abandonada, en lo que alguna vez fue un aeropuerto, rodeado de montañas
agrestes, todo de color, uniformemente, marrón; con mucho
polvo y en medio de un grupo de afganos, hombres y chicos, parados,
estupefactos... delante de un viejo edificio de ladrillo, bombardeado
de algún conflicto anterior. Vi tanques soviéticos,
reventados por la borda y un letrero en un muro que decía
'prohibido el opio'. En ese momento, estaba en otra realidad y me
di cuenta de que el país no había cambiado, sólo
había empeorado por el incremento de la guerra".
El primer reporte en New Yorker es El
señor de la guerra, en el que muestra una faceta humana de
lo empezaba a suceder allí...
"Llegué diez días antes del bombardeo. Había
un flujo de periodistas a Afganistán y mi afán era
escribir algo distinto, que revelara la realidad de los hechos sobre
el terreno. Me interesé por mostrar la cultura de la gente
de la región. Mi primera meta era llegar a la línea
de fuego, donde los talibán, los de Al Qaeda y los de la
Alianza del Norte se enfrentaban en una franja montañosa,
cerca de la frontera con Tayikistán. Eran 200 ó 300
kilómetros, con algunos puntos donde se tiraban con fusiles
y cañones de largo alcance.
Llegué a un pueblo, cerca de la línea y, de causalidad,
alguien me presentó al 'señor de la guerra', al cargado
de la línea de fuego para la Alianza. En los primeros encuentros,
estuvo receloso, pero luego entramos en confianza, al punto que
permitió quedarme.
Mostrar algo de su vida era una forma de ilustrar la sicología
del nuevo aliado afgano, la diferencia entre ellos y los talibán
y la forma de ejercer la política aunque, en algunos aspectos,
los unos y los otros no se diferenciaban mucho, en cuanto a creencias,
hostilidad hacia el extranjero, dominio sobre las mujeres... es
decir, tampoco eran los más humanitarios del mundo".
Luego publica En la corte del aspirante,
donde hace un retrato medieval de la vida en Afganistán...
"Cuando los bombardeos empezaron a tener éxito sobre
los talibán, mi objetivo era profundizar más en la
comprensión de los próximos gobernantes. Bajo el trasfondo
de la guerra, en un tiempo en que hubo pocos avances, viajé
a un lugar adentro del territorio de la Alianza del Norte, en Faizabad,
que era como su capital, un pueblo pequeño, de unos 100.000
habitantes, totalmente sumido en la Edad Media, rodeado de montañas,
al lado de un río, donde el depuesto presidente afgano, Burhanuddin
Rabbani, ejercía su dominio y comandaba la guerra.
La intención era compenetrarme con ese mundo político,
muy teocrático, rodeado de un ambiente casi monárquico.
Era fascinante y, por eso, lo quise plasmar, al tratar de comprender
la sicología de ese hombre que podría convertirse
en el próximo presidente. De hecho, cuando cayó Kabul,
dos meses después, Rabbani subió al poder durante
un mes, pero la comunidad internacional, reunida en Bonn (Alemania)
por ese entonces, había escogido a otro, un poco a dedo:
a Karzai, el actual jefe de Estado.
Allá, en Faizabad, traté de dar voz a quienes durante
años nunca la tuvieron. Era el único lugar donde había
representantes de la comunidad internacional, gente de clase media,
educada, cuyas historias y aspiraciones me fascinaron, porque rompían
con el estigma de que todo afgano o es talibán o señor
de la guerra o refugiado analfabeta".
Antes de la caída de Kabul hubo
una serie de incidentes que, inclusive, cobraron la vida de varios
reporteros, ¿qué tan difícil fue esa situación?
"Durante tres semanas hubo asesinatos de periodistas. Con la
caída de Mazar -e- Sharif, en el norte, comenzaron a caer
otras ciudades. La Alianza del Norte avanzó, de modo que
tres periodistas -dos franceses y un alemán- decidieron inspeccionar
de noche las supuestas posiciones abandonadas de los talibanes y,
en esas, los emboscaron y los mataron. No estaba en la zona, pero
otro grupo de periodistas, entre ellos mi fotógrafo, rescató
los cadáveres... bueno fue hecho un poco tétrico.
No supimos con exactitud qué paso, pero al caer las ciudades
creció el vandalismo y, con él, el peligro para los
periodistas, porque estábamos desprotegidos, pues la mayoría
de los afganos entendieron que llevábamos objetos de valor
y, entonces, vinieron los ataques".
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¿Cómo fue el ingreso a
Kabul?
"Varios periodistas hicimos un convoy y, como medida de protección,
contratamos a cuatro pistoleros. Eran cuatro días de camino
por un terreno agreste de sólo 240 kilómetros (en
esa carretera también murieron otros cuatro reporteros).
Nos topamos con bandidos, hubo un pequeño enfrentamiento,
tiros, pero nadie salió herido. Al fin llegamos, sin mayores
percances, salvo varios vuelcos del jeep. Después pararon
los incidentes, pese a que en las ciudades el ambiente era más
anárquico, al punto que anduvimos protegidos con pistoleros".
Afganistán, si se quiere, era
un país de ejércitos privados, pagados por los señores
de la guerra y por gente acaudalada, cómo funcionaba esto...
"Hablamos de un país donde abundan armas y jóvenes.
Lo único que tienes que hacer es reunir US$10.000 para contratar
a 100 hombres, con la ventaja de que cada uno trae su Kalashnikov.
Además, podrás comprar un par de Hi Lux, Toyota Pick-Up,
para transportarlos; unos cuantos RPG (bazucas) y, quizás,
una o dos ametralladoras pesadas. Con eso, te vas para donde los
mercaderes (comerciantes), los traficantes o los contrabandistas;
es decir, para donde la gente acaudalada, les pides dinero y te
lo dan. A partir del primer mes, no te cuesta nada más, porque
ya estarás autofinanciado".
Kabul era una meta, ¿qué
pasó allí?
"Llegué allí dos semanas después de su
caída. Fue la primera vez que vi luz eléctrica en
una ciudad o pueblo de Afganistán. Era el único lugar
donde se fusionaban las diferentes culturas (es un pueblo de tribus),
aunque la tercera parte, por lo menos, había sido arrasada
por la guerra civil que antecedió al triunfo de los talibán,
en el 96. Me quedé para presenciar el ascenso del nuevo gobierno.
Todavía el ambiente era hostil. Recuerdo que el primer día
se me acercó una mujer en burka (atuendo típico),
me habló en inglés y, de inmediato, un hombre, iracundo,
vino a hostigarnos porque estaba dialogando conmigo. Era un lugar
inseguro, una urbe que trataba de encontrar su cauce y, así,
lo representé en La ciudad de los sueños".
¿Intentó algún contacto
con el Mullah Omar, el líder de los talibán?
"De Kabul nos fuimos a la bombardeada Tora Bora (oriente),
donde se supone estaba Bin Laden. Por allí, era imposible
el paso a Kandahar (en el sur), la última cuna de los talibán,
que también acababa de caer. Por eso, salimos de Afganistán
a Islamabad (capital de Pakistán) y, de ahí, volamos
a una ciudad sureña. Luego, disfrazados de afganos, nos metieron
de contrabando a Kandahar, una ciudad de la etnia pastum, muy pro-talibán,
muy hostil, muy xenófoba, distinta a las de la Alianza del
Norte... los norteamericanos (los marines) estaban asentados en
lo que fue el aeropuerto, hacían convoy, sobrevolaban, era
una especie de ocupación. Tuve un buen contacto, el mismo
que conocí trece años atrás, durante la guerra
con los soviéticos.
Se llama Mullah Naquibullah quien, en ese momento (enero pasado),
estaba bajo sospecha, porque había tenido una relación
estrecha con el Mullah Omar, á quien -dijo- se le había
escapado, pero en realidad, al parecer, éste lo dejó
huir y dejó la ciudad bajo su mando. Cuando me presenté,
me reconoció, me invitó a quedarme y a llevarme a
un viejo campamento. Para ir, nos montamos en una superlujosa Toyota
Land Cruiser, a todo dar. Le felicité por la belleza de coche,
pero me respondió, con una gran sonrisa, que era del Mullah
Omar. Durante el trayecto, puso un CD de música que, al escucharlo,
le indagué por su origen. Igual, me respondió que
era del Mullah, así que supe que el hombre que prohibió
la música a sus conciudadanos, también le gustaba
la música".
Cree que Bin Laden esté muerto...
"No sé. Tal vez, 50 y 50. Es posible que esté
vivo, que escapó de los bombardeos en la frontera, pero también
es posible que esté muerto y que su gente, los talibán,
que aseguran que sobrevivió, afirme esto para mantener los
ánimos de sus cuadros".
¿Cómo separaste tus relatos
de cualquier vestigio de sentimiento nacionalista, por tu condición
de ciudadano estadounidense?
"Sin duda, muchos de mis paisanos se sienten partícipes
de la guerra y reflejan eso en sus despachos. Mi deber es aferrarme
a lo que encuentro sobre el camino. Siempre he tratado de hacer
comprensible un terreno extraño. Sé del poder de mi
país, soy hijo de la época de Vietnam, que formó
a toda una generación sobre los riesgos de entrar bélicamente
en un terreno que no es suyo. Ésta es una guerra distinta,
pero me motiva la idea de hacer entender la humanidad de un país
diferente, para evitar que lo fetichicen, que lo vean en blanco
y negro. Sin duda, es difícil".
En relación con el conflicto colombiano,
a quién quisieras perfilar...
"Me interesan las figuras del poder y, sobre todo, de quienes
se hacen con el poder. El decir que me interesa la figura de Manuel
Marulanda (jefe de las Farc) no quiere decir que me inspira simpatía.
He perfilado a personajes que no me son simpáticos, pero
no por eso dejan de ser interesantes e importantes para conocerlos
más a fondo. Siendo Marulanda el guerrillero más antiguo
del mundo, siendo el hombre que ha librado una batalla que ha durado
casi medio siglo y que ha convertido a Colombia en un país
en conflicto permanente, no deja de ser una persona de importancia
y de interés periodístico. Entender su vida, su radiografía,
es entender, en parte, el último medio siglo de Colombia".
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