Henry Agudelo | Rosalba, al igual que los demás huéspedes del Maracaná, está sola y enferma. Todos ellos están inscritos en un plan especial que cubre el Sisbén. No tienen ningún ingreso, excepto lo que logran conseguir durante el día con sus ventas ambulantes.
Henry Agudelo | A partir de las 4:30 de la tarde los huéspedes empiezan a llegar y reciben su comida del día. A veces, la única.
Henry Agudelo | En el hotel las personas encuentran una cama limpia y ordenada para pasar la noche.
Por Gloria Luz Gómez Ochoa
Medellín


Usted a qué vino: ¿a sobrevivir o a triunfar?. Es la pregunta que hay a la entrada del Hotel Maracaná, en La Alambra.

Allí 90 hombres y mujeres de más de 60 años lograron meterle un gol a la vida. Tanto que a Rosalba Vélez el letrero de la puerta ya le hace afirmar: "vine aquí a triunfar".

Este lugar no es un hotel como cualquier otro. Todos los días está copado con 90 húespedes, quienes llegan a partir de las 4:30 de la tarde y salen cada día a las ocho de la mañana, sin tener que cancelar ningún pago.

Quienes lo habitan no solo tienen un lugar donde dormir sino donde recibir una comida al día. Tal vez la única.

Los húespedes del Maracaná son adultos mayores abandonados, solos y sin familia que se preocupe por ellos. Algunos han vivido deambulando por las calles y ahora encontraron el paraíso. Por lo menos eso es lo que dice José Guillermo Vásquez, un hombre de 68 años, que hace dos meses llegó allí, remitido desde la Colonia Belencito, luego de superar una larga enfermedad. "Esto, aquí, es la sucursal del cielo", asegura el hombre con tono divertido y remata: "De aquí, derechito al cielo, porque ya viví lo necesario. De este año no paso".

En las pequeñas habitaciones hay un camarote para dos y un baño. Allí están porque sus familias se olvidaron de ellos, otros porque no quieren molestar a sus hijos y unos más por que el vicio y el alcohol los alejó de sus redes familiares.

Rosalba está dispuesta a cumplir con la premisa escrita a la entrada. Llegó hace dos años y ahora montará una fritanga en el barrio Villa del Socorro, lo que le permitirá pasar al programa de Hogares Sustitutos, de la Secretaría de Bienestar Social, es decir, recibirá un subsidio económico de 72.000 pesos.

"Duré 23 años rodando en la calle y, luego de salir del Buen Pastor, llegué aquí. Ahora tengo un plante para montar mi negocio, la fritanga, porque para eso sí soy experta", dice, orgullosa, esta mujer de piel morena, ajada y quemada por el sol.

En la ciudad los adultos mayores de 60 años, que pertenecen al nivel 1 y 2 del Sisbén son 95.022, y están considerados como población de riesgo por ser quienes sufren las consecuencias de la pobreza.

De acuerdo con la secretaria de Bienestar Social, Beatriz White Correa, 15.450 reciben subsidio por parte del programa de Protección Social del Gobierno Nacional, 4.100 reciben subsidio municipal llamado Hogares Sustitutos y 797 reciben protección en Centros de Bienestar al Anciano, por estar en condición de abandono. En los comedores del Programa Juan Luis Londoño de la Cuesta, conocido como Almuerzos Calientes, se atienden 12.300 adultos mayores. "Sumando estas coberturas, se puede decir que efectivamente hay trabajo y protección para un buen porcentaje de adultos mayores.

Sin embargo, las necesidades también son reales; la curva de población y los requerimientos de salud nos hablan de mayor cantidad de personas cada día en estado de envejecimiento", explica White Correa y aclara que, para este cuatrienio, se invertirán 85.000 millones de pesos en programas de atención a esta población.

"Hay una realidad y es que para los adultos mayores que están en situación de pobreza, soledad, abandono y enfermedad, la oferta de servicios no alcanza a cubrirse en su totalidad", advierte el concejal Luis Bernardo Vélez.

Al igual que Rosalba, quien sale con su caja de confites y chicles durante el día, desde las ocho de la mañana, Mario Giraldo, con 75 años y aquejado de Mal de Parkinson, vende gafas en una esquina del centro. Eso le alcanza para comer algo mientras llega la hora de regresar al Maracaná. "Tengo dos hijas en Popayán, pero ellas tienen sus maridos y uno no va sino a molestar", dice este hombre que, pese a sus problemas de salud, se siente satisfecho de tener un lugar a dónde llegar.

Allí, cada semana, doce personas quedan inscritas en una lista de espera para tener una habitación en el Hotel Maracaná.

"Cuando la gente llega a esta etapa de la vida, para los hijos y la familia son un estorbo. Por eso son abandonados, sobre todo los hombres", destaca la trabajadora social de Bienestar Social, Alba Lucía Tabares. Nada queda de la tormentosa vida de Rosalba, de esa época de alcohol y vicio. Ahora ella siente que tiene una oportunidad. "Tengo 62 años, mal vividos, pero ahora me voy a triunfar".