Nariño,
museo y casa de sustos
La sede de gobierno, lugar de historias en pleno centro bogotano.
Valentina
Pastrana no tendrá niños sucesores en Palacio.
Un
fantasma toca piano y un coro de niños invisibles canta,
aseguran.
Por
Luis David Obando
Medellín
Por primera vez en 12 años no habrá más niños
correteando por las alfombras rojas de los kilométricos
pasillos de la Casa de Nariño. Después de los juegos
de Simón y María Paz Gaviria, Miguel y Felipe Samper
y Valentina Gaviria, no existirán en este cuatrienio chiquillos
que pongan a prueba la resistencia de decenas de jarrones chinos,
divanes, gobelinos y lámparas de bacarat.
Los 38.000 metros cuadrados que conforman toda una fortaleza
de seguridad y comodidades, quedan hoy a disposición de
nuevos inquilinos: Álvaro Uribe y Lina Moreno, cuyos hijos,
Tomás y Jerónimo, ya no gustarán de patear
balones por entre pasadizos y galerías del palacio, edificación
neoclásica restaurada en los gobiernos de Rafael Reyes
y Julio César Turbay, que lleva 69 años discontinuos
como sede presidencial.
La Casa de Nariño, así llamada porque en esa zona
del centro bogotano nació el 9 de abril de 1765 el precursor
Antonio Nariño, es en la práctica todo un museo
con oficinas gubernamentales adjuntas. Tiene rincones donde el
contraste entre lo antiguo y lo moderno lo marcan por igual los
jarrones chinos de la dinastía Ming bajo cámaras
de televisión que no pierden detalle de movimientos internos,
o los espejos de la época de la Independencia al lado de
los interruptores de luz, o las mesitas de cedro que cargan, además
de siglos, teléfonos o intercomunicadores.
Son tantos los salones que los no dedicados al protocolo están
condenados al olvido. En épocas de Virgilio Barco (1986-1990),
el Salón Imperial era utilizado por la primera dama, Carolina
Isackson (madre de la designada Canciller) para servir el té
en reuniones de amigas, que podían mirarse en dos espejos
que pertenecieran a Manuelita Sáenz. El Carlos Holguín
(o Luis XV) es utilizado por algunos gobernantes como sala de
espera para las audiencias con el Mandatario; por otros, solo
como ornamento cercano al despacho principal, marcado con el número
201.
Un Cristo pintado en 1697 por Gregorio Vásquez de Arce
y Ceballos es el testigo de las posesiones de ministros y embajadores
en el despacho protocolario. El Salón Amarillo o de Embajadores
es el sitio de presentación de credenciales del cuerpo
diplomático extranjero, y los comedores Azul y Rosado se
turnan en las preferencias de cada inquilino cuatrienal para las
comidas especiales.
La Galería de los Gobelinos es muy utilizada para todo
tipo de ceremonias, casi tanto como el salón del Consejo
de Ministros, que para el gobierno que comienza tiene asegurado
el uso cada lunes. Allí, en una mesa de 20 metros de largo
por 3 de ancho, se realizan las reuniones más importantes
del país con el Presidente de turno en la cabecera, justo
al frente de una imagen imponente del Hombre de las Leyes.
Además del Guardia Presidencial, hay un verdadero batallón
palaciego de medio millar de empleados que mantienen todo reluciente
a toda hora, labor grande si se tiene en cuenta que la Casa tiene
un área construida de más de dos manzanas. Y, aunque
Lina de Uribe señaló que extrañaría
ese detalle de la vida cotidiana, durante estos cuatros años
no tendrá que preocuparse por el mercado (tampoco lo hicieron
Ana Milena de Gaviria, Jackie de Samper ni Nohra de Pastrana con
los materiales para las tareas escolares de sus pequeños),
pues siempre hay alguien que se adelante a cualquier necesidad.
Todo esto, más una residencia cómoda y bien decorada
en el tercer piso, conforman un patrimonio de la Nación
puesto al servicio de quien es elegido presidente. Se pueden sumar
los honores propios de su dignidad, un sistema de seguridad que
aumenta en varias decenas el personal de Palacio y seis automóviles
con máximo grado de blindaje.
Así es la residencia presidencial, anteriormente llamada
Palacio de la Carrera. Un sitio con gimnasio, teatro y hasta peluquería
propios. También con un fantasma no identificado que toca
melodías en el bicentenario piano de Manuelita Sáenz,
y con un coro de niños de ultratumba que se asocia al recuerdo
de un soldado suicida. A pocos asustan porque su presencia, dicen
quienes recorren a diario sus pasillos, no es nada en comparación
con el rigor de las decisiones que allí hay que tomar día
por día.
Implicaciones
Uribe Moreno, nueva familia presidencial
Las relaciones de los Uribe Moreno (Álvaro y Lina) han
tenido que sortear las vidas pública y privada, para no
perder la comunicación y evitar que sus conversaciones
giren en torno de la política. Cuando deben tratarla, no
siempre los muchachos (Tomás y Jerónimo) están
de acuerdo con su padre.
Lina considera que son una familia de convergencias y divergencias,
que busca soluciones pragmáticas, comenzando por aceptar
que tienen fortalezas y debilidades, como todo el mundo.
Mientras ella gusta del cine, del teatro y de la lectura, pero
más aún de la relectura porque todo lo olvida con
maravillosa facilidad, y no sabe bailar, él practica yoga
diez minutos diarios, tiene enorme capacidad de trabajo, le gusta
madrugar, trotar, y por nada del mundo se le ocurriría
echar un chiste.
Los dos hijos heredaron el gusto por el campo, los animales y
las plantas, la disciplina y, claro, el estudio.