
Un
hombre busca su destino
Trazos de pasiones rebeldes
El fondo del lienzo es la pasión. El arte
domina por completo la vida de la figura central: Fernando Botero,
quien ya tiene en su haber su primera exposición en una muestra
colectiva de la ciudad.
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Sus
pasos iniciales en el arte fueron controvertidos, ahora su
trayectoria es objeto de admiración (El pintor en su
taller en París). Foto Cortesía Leonel Estrada.
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Se
le observa en el centro, con su atril invadido por acuarelas y óleos,
en el marco de una habitación cobijada por las sombras de Picasso
y de Cezanne y los claroscuros de todos los impresionistas que cayeron
a sus manos en libros y folletos. Mientras Botero exploraba las
obras de los maestros, América Latina soportaba dictaduras y Colombia
veía nacer la Violencia con el crimen de Gaitán.
Los liberales hicieron sentir su rabia en la conservadora Medellín
y el mundo intentaba resurgir de sus cenizas tras las cruces de
la posguerra. La situación económica se tornó muy difícil y era
necesario que los hijos buscaran trabajo para ayudar a doña Flora
a sostener la familia.
La necesidad llevó a los hermanos a buscar empleo. Juan David encontró
puesto en el comercio y Fernando convenció, sus 16 años, al editor
del nuevo Suplemento Literario de EL COLOMBIANO de sus dotes artísticos,
pasando la prueba de ilustrar un poema de Ciro Mendía y luego el
cuento de Tomas Carrasquilla A la Diestra de Dios Padre, publicado
el 24 de abril de 1949.
Con el tiempo su perspectiva laboral se amplió hasta diseñar la
escenografía para el teatro español de Lope de Vega, mientras la
amistad lo condujo a hacer los telones para la obra Cuando los Generales
Vuelven, de Carlos Jiménez Gómez y hasta colaborar en el programa
de radio Panorama Intelectual que dirigía Fausto Cabrera.
Admirado por su talento, el periódico le permitió que escribiera
artículos sobre arte, uno de los cuales le costó el puesto en la
Escuela Bolivariana que lo calificó de comunista por decir que Picasso
daba fin al individualismo en sus obras cubistas. Para terminar
el bachillerato se internó en Marinilla, pero su crítica pública
a los prelados por echarle leña al fuego de la Violencia, terminaron
apagándole el sueño del cartón.
Regresó a Medellín al Liceo de la Universidad de Antioquia. Allí
sus facilidades matemáticas, sus dibujos en los cuadernos de zoología,
las secretas caricaturas en hojas y tableros, los retablos y los
cuadros, le auguraron por parte de los mayores un futuro aceptable
como arquitecto y constructor, pero sus amigos no dudaron en vaticinarle
la gloria sólo de unirse en libertad con el arte.
Entre esos compañeros había una generación promisoria: Gonzalo Arango,
quien luego se destacaría como periodista, escritor y fundador del
Nadaísmo; el ex procurador Carlos Jiménez Gómez; el abogado y ex
senador Jaime Piedrahíta Cardona, y por fuera de la clase, con el
jurista y escritor Alberto Aguirre, el actor y director Fausto Cabrera
y el crítico de arte Leonel Estrada.
Unos dicen que sus malas notas y otros que la travesura que hizo
con Gonzalo Arango en el mosaico de grado en el Liceo, destacando
al grupo de "Los descamisados", con fotos no formales y un sólo
apellido, como si fueran "hijos naturales" -¡oh! Escándalo- y todo
ello bajo una alegoría humorística del tradicional símbolo del Alma
Mater, le ocasionó de inmediato la expulsión y el adiós definitivo
a su cartón de bachiller.
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