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El milagro de una monalisa de doce años...
Se conquista a Nueva York


Ninguna penuria detendría sus sueños: sería un gran artista. Nueva York daría testimonio de su éxito.

Mientras en los Estados Unidos domina el expresionismo abstracto, Botero con creatividad y persistencia imporne su arte figurativo. En la imagen, Monalisa de 12 años. Foto Tomada del libro La Pintura: Botero.

Este cuadro es definitivo y marcará por siempre el estilo sensual, de exaltación muy original del volumen que caracterizará su obra y lo llevará a las páginas de la historia del arte mundial.

Para lograr esta técnica expresiva, que algunos denominan "Gordismo", Botero estudió a todos los grandes maestros para tener claro sus elementos comunes y sus diferencias, hasta lograr ratificarse en su propia esencia e imponer realmente ese sello de originalidad que le ha dado fama, gloria y dinero.

Alcanzar ese sueño le significó elaborar con creatividad la historia de Colombia y América Latina, superar muchas pruebas en lienzos de soledad, penurias económicas, sinsabores del amor y hasta duelos de muerte en paisajes extranjeros que le obligarían a retomar la nostalgia de la tierra natal para hacerla universal.

Un ritmo vertiginoso de labor seria, disciplinada y libre, con jornadas de diez horas de trabajo diario en su taller, incluidos sábados y domingos, le permitieron alcanzar el éxito.

Tras del cuadro hay un atril pesado: la propia historia. Su primer matrimonio en 1955 con Gloria Zea Hernández, con quien tuvo tres hijos, Fernando, Lina y Juan Carlos. Su lucha por salir adelante en México donde estudió la obra de Cuevas, Siqueiros y Rivera. Su pintura de la Naturaleza Muerta con Mandolina que le permitió encontrar la mágica puerta de su arte figurativo para descubrir su técnica de expresión permanente del volumen, jugando con las dimensiones y la sensualidad de las formas, hasta poder sortear las cuentas y las obligaciones de subsistencia con la venta de sus propios cuadros.

En 1957 conoce y torea a los enamorados del expresionismo abstracto en Nueva York. A pesar de las críticas a favor y en contra, se le abren las puertas de la Galería Gres y Marlborough y expone en la Pan American Unión de Washington. Regresa a Bogotá y logra el segundo premio en el X Salón de Artistas Colombianos.

En 1958 gana el Premio Guggenheim Internacional y el XI Salón de Artistas Colombianos. Vende todos sus cuadros en una exposición en la Galería Gres de Washington y representa al país en la Bienal de Venecia.

En 1960 hace un mural en Medellín para el BCH, su éxito va en ascenso en el país y en el exterior, pero su matrimonio se acaba. Así que parte a Nueva York para volver a empezar. Consigue un taller en la calle 14 y sigue viviendo de pintar y pintar.

En 1961 ya han dejado una huella memorable La Alcoba Nupcial, que recibió el primer premio en el XI Salón Colombiano; el Obispo Dormido, que vendió en Estados Unidos; la serie sobre el Niño de Vallecas, la Apoteosis de Ramón Hoyos y la Monalisa de 12 años, que le compra el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

El éxito y la fama siguen imparables, expone en las principales ciudades del mundo y vende casi todos los cuadros. Tras quince años de vivir en Nueva York, tener un nuevo amor, Cecilia Zambrano (1964) y un hijo, Pedrito (1970), decide regresa a Europa a visitar los museos y hacer más exposiciones en Alemania, Italia, Gran Bretaña y Francia.

 


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