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Retrato de una artista 

Botero, el pintor irreverente que cambió a Medellín


No son gordos… son sensuales, sería la explicación del maestro Fernando Botero a quienes "eternamente" le han preguntado sobre su estilo, su magnificación de las formas y el volumen, el mismo que ha inmortalizado su nombre en Nueva York, Florencia, París, Munich, Londres, Madrid, Moscú, San Petersburgo, Tokio, Seúl, Beijín y la lista sería muy larga hasta llegar a ésta, su ciudad natal.


Sus amigos lo sabían: se consagraría como uno de los grandes del arte universal. Aquí disfrutando de su éxito en el estudio de París. Foto Cortesía Leonel Estrada.


Su primera paleta fue la tapa de una olla vieja. Sus primeros lienzos, rollos de papel periódico de EL COLOMBIANO. Su primer taller, la pieza abandonada de la mucama en la casa de su tía Libia y su primer mecenas el tío "Juaco".

En el barrio Boston lo conocían por buen futbolista. Entre las mujeres era famoso por la pinta y por buen bailarín. En los colegios no era grato por irreverente y mal estudiante, pero entre sus compañeros de clase descubrió sin pudores sus impulsos humorísticos en el arte a costa de los maestros, mientras que sus amigos más íntimos sabían que fue uno más de los "nadaístas" que escandalizaron Medellín con su grupo Los Angustiados.

Sí, este es el perfil adolescente de Luis Fernando Botero Angulo, más conocido como Fernando Botero o simplemente Botero, el pintor, el escultor y el muralista de gran renombre y prestigio internacional, uno de los cinco artistas vivos más importantes y mejor pagados del mundo, que pone a volar su firma no sólo en sus dos mil obras sino en el vientre de un avión y en los vagones del Metro de Medellín.

Gonzalo Arango, su compañero de estudios, su íntimo amigo y su compinche en el Liceo de la U. de A. y para más señas archifamoso por fundar el Nadaísmo, fue quien le siguió la pista a sus obras desde los cuadernos de biología e historia natural, hasta sus exposiciones ´revolucionarias´ de pinturas al óleo en los salones del arte nacional, para concluir que cada uno sería un "genio".

"Nuestro destino común, - sólo separado por los instrumentos del lenguaje, él con su pincel, y yo con mi peso "pluma"-, ha estado de acuerdo en hacerle una cirugía a la vieja realidad del arte, que ya venía moribundo antes de nosotros nacer". Con esta concepción puede suponerse que no eran santas palomas, aunque la tía Graciela de Fernando alguna vez comentara que el muchacho se portaba bien para ser huérfano y su primo Leopoldo se empeñe en decir que los recuerdos de su infancia no tenían nada de sobresalto.

El propio artista, asegura que algunas de todas estas cosas que se dicen sobre su infancia y adolescencia, aunque las digan amigos o parientes no son ciertas, son mitos e invenciones que han terminado por creérselas ellos mismos.

Ahora que es famoso, asegura, parece que todos compraron su primer cuadro, fueron sus primeros mecenas o le mandaron dinero para sostenerse en Estados Unidos o Europa, mientras él insiste en que se hizo sólo por su propio esfuerzo un artista de la pintura y la escultura. Sea quien sea él que diga la verdad o que todo ello se una para recrearla, ahora parece que medio Medellín lo conoció, fue su amigo o tuvo algo qué ver con su vida o su obra.

Cosas que sólo les pasan a los famosos cuando se convierten en mitos o leyendas en su propia ciudad. De todas formas, si los maestros hubiesen tenido un ojo avizor, habrían valorado que tenían dos artistas sentados en la banca, pero seguramente ignorarlos y verlos competir con ahínco por el último puesto en las notas y en las clases, les sirvió a estos chicos para descubrir su destino y empecinarse por hacerlo realidad.

Gonzalo Arango alguna vez lo confesó "…estábamos en peligro de que, con un poco de mala suerte, nos graduarán también de "doctores", tragedia que habría privado a la ´revolución´ de dos de sus profetas".

Así que este par de amigos no tenían otro remedio que aceptarlo, tenían un destino común que los había puesto "aun paso del fracaso, y a un paso de la gloria: la revolución", en este caso, del arte.

Lo que no sabían ninguno de los dos es que su irreverencia haría devorar periódicos y libros a muchos antes y después de la temprana muerte del nadaísta mayor, mientras que en vida el Boterito de entonces vería y disfrutaría la gloria de su rebeldía en el arte, de imponer un sello propio que él denomina sensualidad y que un pueblo blasfemo llama "gordos", con tanta naturalidad y gracia que le da cabida a su obra en todo el corazón de la ciudad que lo vio nacer y crecer: Medellín, como se los contaremos en la siguiente exposición.


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