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En el Medellín de los años 30
Nace un gran pintor: Botero

La tía Libia y el tío Joaquín estimularon desde la infancia el talento creativo y el amor por los toros del pintor. Foto Cortesía familia Angulo.

Para asistir a la más importante exposición de Botero, la de su vida, es importante recoger el boleto de entrada color imaginación y admitir que es libre, sin invitados especiales, aunque secretamente todo el país quiere ser motivo de su inspiración -y bien que lo ha conseguido-, puesto que cada cuadro tiene un fuerte toque de historia real y otro soñada por quienes dicen ser sus amigos, primos, tíos, parientes lejanos y cercanos.

La otra obra, la de los cuadros al óleo, las esculturas monumentales, los dibujos y los murales, se expone al público al desnudo sin pretensiones distintas a ser apropiada por el pueblo, que guste o no de su obra, no pueden dejar de reconocer su singular estilo y exclamar: "este es un Botero".

Entrando a la sala de su vida, lo primero que se escucha es el llanto de un pintor que acaba de nacer. En la cocina de la casa, ubicada en Mon y Velarde con Caracas, muy cerca al centro de la ciudad, se descubre que el viejo calendario está desgarrado en el 19 de abril de 1932. Un año que dejó huellas en la historia de Colombia y no sólo en la familia Botero Angulo.

En las calles corrían los últimos rumores de la guerra con el Perú, la crisis generada por la gran depresión había dejado a cuatro mil obreros sin empleo, las fábricas cerraban y hasta los matrimonios disminuyeron en la Bella Villa; en el Ferrocarril de Antioquia disminuía el movimiento de los vagones con carga y en el nuevo Aeródromo de Medellín aterrizaban los primeros aviones de Scadta.

Cuando los nazis lograban escaños en Alemania, Gandhi conseguía reformas con su ayuno en la India y Enrique Olaya Herrera sorteaba las crisis económicas y políticas del país, en el interior de la casa de Flora Angulo y su esposo David Botero la escena se mantenía estable porque había nacido Fernando, su segundo hijo, mientras el mayor, Juan David, nacido en el año de la masacre de las bananeras, 1928, sabía que tenía ante sí el mejor regalo: un hermano para construir la vida.

Por aquella época David Botero se las ingeniaba con sus mulas para vender mercancías y cachivaches en los pueblos, como buen comerciante y arriero antioqueño, pero pensando en el crecimiento de su familia se la llevó a vivir al barrio Boston en una hermosa casa Art Deco con una inmensa biblioteca dedicada a su pasión: la Revolución Francesa y adornada con cuadros de aquel trascendental período de la historia de la humanidad.

En el mismo sector vivían varios familiares, como el abuelo Jesús Angulo, uno de los fundadores del Club Unión; la tía Enriqueta, quien escribió tres novelas e hizo de su casa un centro de tertulias literarias para la ciudad y hasta el esposo de la tía María, el médico Luciano Restrepo Isaza, quien trajo el símbolo de la Cruz Roja a Medellín.

También eran sus vecinos el poeta Ciro Mendía, el maestro de la acuarela Rafael Sáenz, quien sería el primero en darle clases a Fernando; y el compositor Carlos Vieco. Los hijos de estos maestros, más el primo Leopoldo Botero, conformaron el grupo de amigos de infancia del pintor.

Aunque la ciudad de entonces era profundamente religiosa y conservadora, en la familia Botero Angulo había dos tendencias que se fomentaban entre sus nuevas generaciones, el libre pensamiento y el amor por la cultura. Cuatro años más tarde, la perspectiva del cuadro cambia con los trazos de la muerte. Se deteriora con el infarto que se lleva de la infancia de Fernando y Juan David a su padre, mientras Flora queda viuda llevando en su seno el último recuerdo viviente de su amado: el pequeño Rodrigo.

La familia se reúne solidaria en torno de la mujer embarazada, que se dedica ahora a la modistería, y el tío Joaquín Angulo asume el papel de padre con los chiquillos. A pesar del dolor, los amigos y los tíos se encargan de hacerlos gozar de su infancia con los paseos en bote por el lago de El Bosque o en tranvía hasta Envigado y El Campestre, las misas del domingo en la Metropolitana, las retretas en el Parque de Bolívar, los conos de Santa Clara, las caminatas por Enciso, las primeras corridas de toros en el Circo España, las visitas al Hipódromo San Fernando y las películas en el Teatro Junín.

De esa época quedaron las anécdotas de las niguas que se apoderaron de los chicos en un paseo a La Tablaza, Caldas; el concierto del cantante mexicano Tito Guisar que los puso a cantar por varios días Cielito Lindo y la sacada del gallinero de la matinal, porque había nacido la prima Carmenza en el Hospital.

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