
De Napoleón
a Hitler
El arte, las guerras y el poder
Los museos nacieron en el interior de las
grandes bibliotecas de príncipes y jerarcas de la Iglesia desde
el 1400.
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Florencia,
cuna del arte clásico. Fernando Botero expuso allí a finales
del año pasado. Sus obras se vieron en la plaza de la Signoría
y en la Galleria degli Uffizi. Un sueño cumplido.
Foto
Archivo EL COLOMBIANO
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Algunos reyes llegaron a poseer tantas obras de arte que tuvieron
que separar los libros de las esculturas y pinturas y en otros casos,
se vieron obligados a destinar uno de sus palacios sólo a las musas
de la plástica.
En Europa el arte era una joya más para los reyes y los conflictos
entre Naciones se aprovecharon para llevar como botines y "prisioneros"
de guerra las obras más delicadas y nobles de los artistas locales
de los países invadidos. Por eso no es extraño que obras magníficas
del arte griego, italiano, belga, húngaro y polonés reposen hoy
en los grandes museos de París, Londres, Madrid, Estocolmo, San
Petersburgo y siglos más tarde en varias ciudades de los Estados
Unidos.
En los tiempos de Napoleón Bonaparte, las batallas ganadas hicieron
crecer tanto el Louvre que por algún tiempo éste llevó su nombre.
Italia y Grecia que parecían creadas por un soplo divino de las
musas, poseían un arte tan exquisito que era ambicionado por todos
los emperadores europeos.
El Papa Pío VI fue uno de los afectados por los dotes bélicos de
Bonaparte y en 1797 se vio obligado a pagar una indemnización que
le exigía Francia de cien esculturas y pinturas, más 500 documentos
de la biblioteca de El Vaticano. Entre las esculturas seleccionadas
por los galos más expertos se encontraban la Ariadna, el Apolo de
Belvedere, el Hércules-Cómodo, el Laocoonte, el Torso, el Nilo,
el Meleagro, el Apolo y las Musas, el Antinoo y el Eros de Centocelle.
En 1798 estas esculturas y obras de arte recorrieron con donaire
ríos y montes europeos, escoltadas por soldados franceses, hasta
llegar a París donde fueron recibidas con inmenso alborozo por la
multitud que esperaba para verlas en medio de un gran desfile triunfal
por el Campo de Marte, en un acontecimiento histórico que culminó
en una fiesta nacional de dos días, mientras Italia lloraba la identidad
perdida entre lienzos, pinceles y mármoles que parecían tallados
por los mismos dioses.
El Museo del Vaticano se vio tan desolado desde entonces que el
Papa Pío VII prohibió en 1802 que se exportaran obras y obligó a
los particulares a declarar sus posesiones artísticas. En el Congreso
de Viena de 1815 el primer jerarca de la Iglesia Católica realizó
una ardua labor diplomática hasta obtener el apoyo de Austria e
Inglaterra con el fin de recuperar algunas pinturas y esculturas
pérdidas en tiempos de Pío VI.
Durante las diversas guerras europeas, entre los botines se contaban
siempre las obras de arte y los más expoliados fueron Italia y Grecia,
pero cuando el interés por las obras de arte se hizo extensivo a
las reliquias arqueológicas, los museos particulares crecieron con
obras egipcias, islámicas, orientales, asiáticas y posteriormente
americanas. Algunas joyas se obtuvieron lícitamente, bajo pactos
con los gobiernos locales sobre excavaciones e investigación científica,
mientras que otras fueron expropiaciones o compras realizadas a
los mercaderes de arte de los puertos marítimos del Antiguo Continente.
En el Siglo XX la situación no cambió. Las obras de arte siguieron
haciendo parte de la expansión cultural y un gran símbolo de poder
nacional. Si durante la Primera Guerra Mundial fueron sustraídas
valiosas obras de arte de los países vencidos, durante la Segunda
Guerra Mundial los nazis centraron gran parte de sus objetivos militares
en alcanzar las preciadas joyas de las repúblicas invadidas para
llevarlas a Alemania como un símbolo de su "superioridad".
El triunfo final de los Aliados y la posterior división de Berlín
hicieron que las reliquias apropiadas por Alemania fueran distribuidas
y llevadas a los museos de los respectivos países vencedores. Tras
los diálogos de paz y después de los años cincuenta fueron devueltos
algunos cuadros y esculturas a sus dueños, pero nunca pudieron volver
a completarse las colecciones de Italia, Grecia, Polonia, Ucrania,
Bielorrusa, Hungría o Egipto, puesto que muchas de sus obras reposan
hoy en los más famosos museos de Inglaterra, Francia, Rusia y los
Estados Unidos, donde se precian de tener colecciones más completas
de arte o arqueología que en los mismos países de origen de las
obras.
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