
El
nacimiento de los museos
El éxtasis y los templos de las
musas
La historia del arte que se cuenta en los museos, es finalmente
la historia de la humanidad. Un recorrido por algunos de ellos descubre
su importancia desde épocas remotas hasta los tiempos contemporáneos.
 |
Aspecto
interior del Museo Guggenheim, en Bilbao, que terminó de construirse
en 1997. Un proyecto a base de volúmenes de titanio, vidrio
y piedra caliza. Un lugar para la exhibición del arte contemporáneo.
Foto tomada del libro Guía Visual de Pintura y Arquitectura
|
Cuando
en Europa corrían los vientos susurrantes de la guerra por la libertad
de los pueblos, en el París de 1747 surgían entre los filósofos
de la época como Montesquieu, Diderot, D'Alambert, Voltaire y Rousseau,
los ideales nobles de buscar el conocimiento racional y divulgarlo
mediante la enseñanza entre la gente más humilde.
Querían echar abajo las supersticiones, las tradiciones y los absolutismos
monárquicos y gestaron para ello la corriente del Enciclopedismo
y la Ilustración, que daría vida a la publicación de valiosos libros
científicos y políticos como El Espíritu de las Leyes, El Contrato
Social y la famosa Enciclopedia Francesa, además de los físicos
"reinos del éxtasis" para el espíritu con el criterio académico
que los caracterizó.
Los aires revolucionarios exigieron que esos reinos del éxtasis
estético fueran Palacios para la Musas o "Muséum" que permitieran
la inspiración no sólo de los nuevos artistas y de los reyes, sino
del común de la población que necesitaba alimentar, además de los
cuerpos hambrientos, el espíritu y la mente para crecer como dignos
seres humanos, capaces de liderar y construir su propio destino
como Nación.
Bajo el reinado de Luis XIV (1643-1715), conocido como "el rey Sol",
las aguas del Sena fueron testigo de cómo el suntuoso Palacio del
Louvre, ubicado en sus riberas, se destinó exclusivamente a las
artes convirtiendo a Francia en la capital cultural de Europa. Mas
sólo el trabajo realizado por los enciclopedistas en el Siglo de
las Luces (XVIII), logra que el pueblo disfrute de las colecciones
principescas, otrora reino exclusivo de la aristocracia y el clero.
En 1792 los vientos libertarios se tornaron en huracanes y vieron
nacer entre sus remolinos de sangre, leyes y principios, la Primera
República Francesa. Ella se encargará en 1793 de fundar el "Musée
du Louvre" para que el arte sea patrimonio de todos los ciudadanos
del mundo. La necesidad de socializar el disfrute del arte y de
la ciencia, era una forma de elevar el conocimiento de las masas
y su cultura política y social. Los académicos franceses recogieron
y aplicaron así los criterios del humanismo renacentista italiano.
Entre ellos, los pensamientos de Leonardo da Vinci, quien decía
"el arte es ciencia y la verdadera ciencia es arte".
 |
Así que desde aquellos tiempos los museos se convirtieron en templos
del arte universal que debían estar abiertos a todos los públicos,
sin distinciones económicas o aristocráticas, de razas o de géneros.
Esta lucha la dieron con fuerza los Ilustrados, pues conocían que
desde la antigüedad el conocimiento y el arte era un privilegio
de los poderosos o sus protegidos.
En la Antigua Grecia existía una colina designada sólo a las musas,
la llamaban Museo y entre los egipcios, desde los tiempos de Ptolomeo,
se designaba con este mismo nombre una parte muy exclusiva de la
biblioteca de Alejandría a la cual sólo tenían acceso los sabios.
En 1523, el fundador del Estado Nacional Sueco, Gustavo I Vasa,
decía con franqueza a sus amigos más íntimos que el arte era una
manifestación del poder real.
Esta expresión de dominio se proyectó siglo tras siglo, aunque desde
tiempo atrás la historia ya conocía los secretos de reyes, príncipes
y jerarcas de la Iglesia, quienes desde el 1400 acostumbran a tener
en sus aposentos, castillos y catedrales, valiosas obras de arte.
Su riqueza y goce exclusivo los convirtió en mecenas de los más
destacados artistas de la pintura, la escultura y los frescos de
su época, pero su goce estético se reducía a la familia imperial
y a sus ilustres invitados.
Los Médicis y Francisco I, rey de Francia, por ejemplo, brindaron
su apoyo al genio italiano de las bellas artes, las ciencias y las
armas de guerra Leonardo da Vinci, para quien "todo conocimiento
proviene de la percepción", pero la visión de los grandes maestros
estaba entonces vedada al vulgo. Igual sucedía con los Papas, quienes
vieron no sólo en Da Vinci, sino en Miguel Ángel a sus grandes maestros
de cabecera, pero no mostraban sus obras al pueblo por considerarlas
paganas.
Hoy existen museos privados y públicos, especializados en pintura,
escultura, ciencias naturales, etnografía o arqueología, incluso,
todas estas modalidades combinadas en un mismo edificio, pero ninguno
cumpliría su función social si no conservara y protegiera esas obras
para el desarrollo de las ciencias y las artes y para el deleite
estético general. Así que abrir los reinos de las musas al público
significó una gran revolución para toda la humanidad.
|