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Fernando Botero puso su corazón en el proyecto
Una semilla de esperanza


Gracias a la donación de Fernando Botero, hoy Medellín inicia una nueva etapa en su vida cultural. Un proyecto a gran escala que se proyecta y abre nuevos caminos.


La donación del artista antioqueño Fernando Botero convirtió un hecho cultural en un proyecto urbano, turístico y social. Foto Robinson Sáenz
Fernando Botero se siente emocionado. La donación que hizo a Medellín ha generado un movimiento ciudadano en torno a la cultura que para él es como un sueño hecho realidad.

Ha sido tal su ansiedad, que le ha dado miedo no verlo terminado. Una actitud que es común en él cuando asume proyecto en los cuales su corazón está presente. Y este es uno de ellos, como lo fue la exposición en París, en los campos Eliseos, o en Florencia, en la Piazza della Signoria. “Yo decía, esto no me va a tocar a mí, no lo voy a poder ver...”.

Habla del interés de toda la comunidad, del alcalde, Juan Gómez Martínez; de la directora del Museo, Pilar Velilla... “es una maravilla cuando uno cuenta con el entusiasmo de la gente. Estoy realizado, feliz de ver esto”, dijo a EL COLOMBIANO.

Con todas las de la ley
El maestro Botero es el primer sorprendido con la intervención del edificio que fuera centro de la Administración Municipal. “Esto fue una transformación que la gente ni se imagina”, y se refiere a detalles técnicos y de seguridad que lo convirtieron en un inmueble adecuado para albergar obras de arte. “Es formidable porque esto puede ser como cualquier gran museo norteamericano o europeo. Es perfecto, es como una pequeña isla de perfección en Latinoamérica”. Lo que le hace afirmar que este tipo de obras elevan el espíritu de los ciudadanos y, al mismo tiempo, la exigencia sobre ellos mismos. “Cuando se ve una cosa hecha tan rigurosamente, se siente el deseo de aplicar ese rigor en otras cosas de la vida”.

Botero dio los parámetros de lo que pensaba debía ser el nuevo Museo: “La idea era muy sencilla: una estructura muy bella y muy simple, que le diera protagonismo al arte y no a la arquitectura, porque hoy en día el problema con los museos nuevos es que el arte no cuenta. Por ejemplo, al Museo Guggenheim, de Bilbao, la gente va a ver el edificio, no las pinturas”.

En cambio, dice que después de recorrer el Museo de Arte Moderno de Nueva York, uno no se acuerda de qué color era el piso o el cielo raso. “Uno se acuerda de los colores de Cezanne y Van Gogh, eso es más importante que todo”. El montaje de sus salas estuvo marcado por los detalles. Botero, como buen conocedor de los museos del mundo, aplicó allí lo que le ha gustado, con la idea también de que las salas no sean monótonas, que sorprendan, “que el espectador sienta que hay una personalidad en cada una”. Está convencido que la única forma de transformar la cara de Medellín por una imagen positiva de la ciudad, se va a lograr con la educación y la cultura. “Yo creo mucho en eso, en que esto del Museo es la primera piedra. A la ciudad de Medellín la puso en el mapa la droga, pero ahora, que la ponga en el mapa la cultura”.

Y al referirse a la donación de Bogotá explica que hay diferencias fundamentales, pues allí, el proyecto es muy puntual con respecto a una entidad, mientras que en Medellín, toda la ciudadanía ha participado... “es un proyecto muy bonito porque toca a mucha gente. Tiene otro espíritu”.

Para el alma

Fernando Botero comenzó a ser reconocido en el mundo, hacia el final de los años setenta, cuando hizo varias exposiciones en Alemania, según recuerda, Ana María Escallón, su biógrafa. Desde entonces, su nombre ocupa los primeros lugares del arte internacional.

Para el artista antioqueño, esto es “una especie de fuente de entusiasmo y energía para trabajar mas”, sin embargo, afirma que “yo no he hecho mi carrera para ser famoso, yo he hecho mi carrera para gozar pintando. Eso, el reconocimiento, vino indirectamente del deseo de pintar por el placer de pintar. De pronto, uno es conocido, es más apreciado socialmente. Esas cosas son una especie de dividendo de la pintura o de dedicarse a una cosa y lograr cierta madurez. Pero el que se mete a pintor para ser famoso, no lo logra. El que se meta a pintor es porque ama el arte y porque tiene un deseo profundo de hacer una obra de arte”.

Anota que “la gran recompensa de ser artista está en esas horas que uno pasa en su estudio oliendo trementina, tocando los pinceles, pintando y en esa paz maravillosa que se siente. Ese en realidad es el gran goce. Todo lo demás es importante, pero nunca como eso”.

Un hombre que no se deja deslumbrar y eso le ha permitido estar al margen: “uno tiene un momento en que esta de moda. Pero la vida no es así. Uno se levanta, va a su estudio feliz, trabaja todo el día... claro, cuando uno llega a una exposición, vuelve a estar en el centro. Son explosiones de notoriedad, luego la vida vuelve a ser normal, afortunadamente, porque uno en un momento así da demasiado, siente mucho interés y mucho afecto de parte de la gente y uno quiere estar a la altura, pero no podría vivir así...”.

Acerca de su obra, el artista explica que siempre se ha interesado por el volumen, por la exaltación de la forma. Y se refiere a los “valores táctiles”, de los que ha hablado la crítica, que son los que comunican la sensación de sensualidad en la masa. Todo esto se inició cuando Fernando Botero se acercó a los clásicos y en particular a la pintura italiana, que es eminentemente volumétrica y táctil. “De ahí empezó mi interés por el volumen y encontré una manera personal de expresarlo en una forma distinta. Yo lo logré, eso se hizo característico de mi trabajo y todo el mundo lo reconoce por eso”. 


El maestro Botero habla:
La base está en la educación y la cultura

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