|

El
pintor y el mundo de los toros
Dos artes que se copian a sí
mismos
 |
| Foto
Fredy Amariles |
Las primeras arenas de la Plaza de Toros la Macarena de Medellín
fueron testigos de los fallidos intentos infantiles de Botero
por ser un gran torero. Dos años bajo la tutela de Aranguito de
nada sirvieron cuando las verónicas, los pases entrenados y la
espada se paralizaron de horror ante la muerte que se le presentó
cara a cara bajo la imagen de un novillo de 300 kilos de peso.
El tío Joaquín Angulo, quien le mostró las artes, las glorias
y los mártires del mundo de la tauromaquia, lo entusiasmó para
que se hiciera torero, pero no contó con el miedo, ese sentimiento
cuya superación nos convierte en héroes o… en pintores, en el
caso de Botero.
El chico superó su temor con las acuarelas que vendía en la puerta
de la Plaza de Toros o en el almacén de Junín donde el público
compraba las boletas de entrada. Con el paso de los años y el
desarrollo de su vocación artística, su afición por los toros
se hizo manifiesta no sólo en la asistencia a las corridas sino
en la estrecha amistad que ha hecho con los grandes maestros del
toreo como Palomo Linares y César Rincón.
Los cuadros son reveladores. Una serie con 60 obras que recoge
en su peculiar estilo todos los pormenores de la fiesta brava:
desde los pases dramáticos de los toreros y sus estocadas mortales,
hasta la propia sangre derramada en la arena por los artistas
de la verónica y la espada.
Los óleos, acuarelas y dibujos descubren las hazañas de los picadores,
los caballos, las danzas flamencas, los tendidos con sus personajes
expectantes, los músicos, las majas, los trajes de fiesta y los
abanicos en plazas llenas hasta las banderas de gente alborozada
ante el ancestral espectáculo de la lidia, donde hombres y animales
se juegan la ruleta de la muerte, mientras un público desaforado
grita ¡Torero! ¡Torero!
Esa pasión infantil por los toros que arrastra desde la década
del 40, lo ha llevado también a ejecutar los magistrales carteles
para las corridas de Sevilla, Madrid, Pamplona y a no perderse
las temporadas en España y el sur de Francia, fuera de recibir
con agrado los videos de corridas enviados por sus amigos cuando
él no puede asistir.
Esa necesidad de identificación también lo devora en autorretratos,
donde se ve como el torero-pintor que escribe con la tinta multicolor
de su imaginación la interpretación poética y en movimiento de
la vida y de la muerte en medio de las plazas agitadas por pitones,
caballos, banderines y ¡Oléis!
|
|
|
|
Foto
Fredy Amariles
|
Foto
Fredy Amariles
|
|