
El
pintor, el escultor, el dibujante
Una obra expandida
En los años cincuenta, Fernando Botero viajó a Europa y comenzó
una relación con la historia del arte que aún no termina. Para Botero,
en esa historia está la esencia de su obra.
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Gato
en el tejado. Óleo 87 x 77 centímetros. 1978.
Foto tomada del Libre La Pintura: Botero.
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Para
conocerlo mejor, habría que acercarse a Piero Della Francesca, Rubens,
Ingres, Tintoreto, Velásquez, Goya, Tiziano, Leonardo De Vinci...
Y es por eso que críticos como el profesor Carlos Arturo Fernández,
al hablar sobre la obra de Fernando Botero comienzan por referirse
al Renacimiento, al quatrocento, que el maestro conoció primero
en Madrid y luego en Florencia, Italia.
“El Renacimiento italiano, dice Fernández, no tiene un mero interés
arqueológico. En los años cincuenta, los artistas comenzaron a interesarse
por el tema, en medio de una actitud reconocida como neoarcaica”.
Así, el arte contemporáneo decide mirar el arte clásico, y Botero
se inscribe en esa corriente, que le permite aprender de los maestros
e innovar a partir de lo que descubre en ellos.
Para los críticos de la obra del maestro antioqueño, lo que éste
hace con su pintura, lo que va a descubrir, es un estilo. Así lo
advierte el crítico Leonel Estrada, quien explica que esas figuras
a las cuales normalmente se les llama “gordos” o “gordas”, representan
su estilo y aunque para muchos artistas, entre ellos Andy Warhol,
el estilo no existe, para Botero, sí tiene sentido. Su estilo no
se altera cuando se habla de escultura, pintura o dibujo.
El profesor Fernández dice que de las cosas más extraordinarias
de Botero, es el hecho de que “crea una obra que es muy gustosa,
en la cual intervienen dimensiones que no son meramente intelectuales
ni formales sino que se dirigen a la sensibilidad del espectador,
quien al enfrentarse a ella no se encuentra con un problema”.

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De la escuela de los clásicos, Fernando Botero hereda una propuesta
muy visual. Sus cuadros dan la impresión de que olieran, de que
supieran y esto es clave para entender también porqué la aceptación
del artista en el mundo. De otro lado, contradiciendo al sentir
popular, en la obra de Fernando Botero, no hay gordos, hay seres
esféricos, expandidos y eso es un problema estilístico, no temático.
Si se mira con detalle, sus personajes no son blandos, son macizos.
Lo que se observa también en sus esculturas, en las cuales el artista
desarrolla hasta las últimas consecuencias el carácter esférico
de la pintura y eso hace que no exista una diferencia sustancial
entre unas y otras, que siempre se ven marcadas por la sensualidad
y por lo sensorial. Y también por la ternura que producen. Y de
ahí que sus esculturas provoquen ser tocadas.
El torso ubicado en el parque de Berrío, que además se convirtió
en un referente de Medellín, en punto de encuentro, en símbolo,
es prueba de ello. En cuanto a los dibujos, si bien hay algunos
que son bocetos, que sirven de base al artista, en general, ellos
son obras de arte acabadas, como se puede observar, por ejemplo,
en el Toro que donó a Medellín y que es un cuadro completo, que
no está destinado a volverse pintura.
Por su parte, para el crítico Leonel Estrada, en la obra de Botero
se advierte alguna cursilería, lo que observa en ciertas vestimentas
de los personajes. No es caricatura, lo que él hace es deformar.
Botero es un artista académico en el tratamiento de la técnica,
que es tan perfecta como la de los clásicos.
Un artista que maneja el equilibrio como ninguno, capaz de ubicar
grandes figuras en espacios muy limitados. Sus toros, por ejemplo,
de más de 600 kilos, se acomodan perfectamente en el lienzo, no
están ahogados, incómodos, dejan ver un gran conocimiento por parte
del artista de la geometría.
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