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Secretos
del taller
No son musas... es una persistente
labor
Después de disfrutar la vida del pintor en la anterior exposición
y claro está, acompañada por su razón de vivir: el arte, es comprensible
entender porqué a Botero las críticas negativas le resbalan, como
él mismo lo ha dicho.
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Él sabe que su éxito no se debe a las bondades de los críticos,
sino a su talento y su capacidad de trabajo: persistente, metódico,
de diez a doce horas diarias de labor sin importar si es sábado,
martes o domingo.
Su taller lo atrapa y lo seduce en un fuego interno de creatividad
que nunca cesa, que siempre tiene preguntas por resolver y leyes
por cambiar y romper. Es una rebeldía que arrastra desde los tiempos
de adolescente y de la memoria latinoamericana que lleva en su
sangre. Es una musa eterna con su Schahrasad, una historia nueva
que contar y que no deja dormir, para salvarle la vida a la poesía
de los colores, a la magia del bronce y a la monumentalidad de
las obras.
Cuando está entre sus óleos, bien sea en su taller de Nueva York,
París o Pietra Santa, el tiempo no corre, se detiene entre sus
lienzos, en los doce o quince cuadros que tiene iniciados y que
van naciendo como una familia en el transcurso de pocos días,
para luego cristalizarse. Ellos surgen de una fantasía que guarda
en numerosos bocetos y trazos que él pone a competir, hasta que
finalmente alguno lo arrebata y se lo lleva a la paleta, a los
pinceles, al tejido blanco que lo espera en el caballete.
En esos instantes mágicos reina el silencio. No se requiere una
melodía ajena a los vaivenes de la luz natural que ilumina el
proceso de la composición, el movimiento de sus manos desarrollando
las técnicas del color, el juego de las luces y las sombras que
bautizan con sensualidad las formas y figuras de sus cuadros y
esculturas.
En ese instante final de la magnificencia creativa, surge la chispa
de la irreverencia que no tiene reparos ni con su propia obra...
Se presenta el hechizo del toque “chaplinesco”, el irónico, el
satírico, el que hace reír y se burla de la escena, para hacerla
perenne en la memoria.
Una nube de mosquitos que dan profundidad en un espacio “muy tieso
y muy majo” de una familia tradicional, un gusano que se devora
las más sana y apetitosa de las frutas, un reguero de colillas
donde todo parecía impecable y bajo control, una cordillera pírrica
frente a un inmenso personaje o una servidumbre minúscula que
pretende no dejarse sorprender en medio de la lujuriosa fiesta
del burdel.
La libertad de esos pinceles somete al propio pintor y a su imaginación
y éste la deja ser, sin tropiezos ni sanciones, a costa de sí
mismo hasta presentarla en sociedad. No importa que mientras hubiese
surgido ese momento cúspide, la cena se aplazara unas horas, los
teléfonos no existieran y el mundo entero se desvaneciera a sus
pies, porque ese tiempo es el más excitante y placentero de su
vida y ante esas ansias irrefrenables nada ni nadie lo detiene.
Es más, nunca lo han detenido. Fernando Botero, un hombre que
ha vivido para crear y para quien “el arte es una exaltación de
la vida y toda exaltación de la vida trae felicidad”.
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