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Chiquillo con talento
A la sombra de los grandes maestros de la acuarela


Escena familiar. 1969. Óleo. 211 x 195 centímetros. Foto tomada del libro La Pintura: Botero

La escena se abre en el estudio del maestro de artes Rafael Sáenz, quien enseña la estética del Renacimiento y los secretos de la acuarela al pequeño iniciado, Fernando Botero. Se extienden los colores a la casa del tío Juaco donde éste y su esposa Libia lo incentivan a que siga pintando y pintando.

Bajo la mirada inquieta de sus primas, los trazos se deslizan hasta la vitrina del almacén de muebles de Caracas con Maracaibo donde Flora, su madre, y la tía Olga Botero los venden a $15 o $20 a los clientes.

Los infantiles pinceles del artista retratan desde el atrio de la Iglesia de Manrique, las casas de dos pisos del sector que no eran usuales en el resto de la ciudad; el cerro de El Salvador, el paso de los carros de escalera y del tranvía de Oriente, bajo la compañía silenciosa de Leopoldo.

El olvido de unos óleos de su hermano Juan David le permitió incursionar en una nueva técnica. El tío Joaquín, amante de la pintura lo siguió en el juego de la exploración y la tía Libia permitió que desocuparan la pieza de la sirvienta para hacer un improvisado taller. Juaco traía los lienzos de la empresa donde trabajaba, Tejicóndor, y empleó tapas de ollas viejas como paletas.

Las primeras obras de acuarelas y óleos llenaron todos los rincones, luego los zarzos y con el tiempo los tarros de la basura. El talento del chiquillo seguía en ascenso, su madre comprendía su pasión, pero sabía que el futuro de un pintor en esos tiempos estaba atado al hambre y la pobreza. Así que el tío Juaco le mostró otro sendero, muy ligado a otra de sus pasiones, el toreo. Se lo llevó a Aranguito para que lo indujera en ese arte en la recién fundada Plaza de Toros de la Macarena, fueron dos años de pases y verónicas hasta que el cambio de la carretilla por un novillo de 300 kilos le hizo cambiar de inmediato de opinión.

Mas estas vivencias reforzaron su arte. Las acuarelas y los óleos se llenaron de corridas, tendidos y toreros y todos optaron por apoyarlo en esa vocación que no tenía reversa, cuando el mundo se estremecía bajo los ecos de la Segunda Guerra Mundial y Medellín veía florecer a la sombra de esta tragedia la industria textil, las fábricas, el comercio y el empleo, mientras el joven pintor abandonaba los pantalones cortos para acercase a la pubertad.

 

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