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Los aficionados que se dieron cita en el Atanasio
la emprendieron contra Grondona y, en general, contra los
argentinos. La ausencia de la selección sureña
se notó bastante. La fiesta comenzó con mucho
desgano. Foto Juan Antonio Sánchez / EL COLOMBIANO
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07-13-2001
Olés y olas a falta de
fútbol
Por
Reinaldo
Spitaletta
Medellín
La gente aulló cuando unos pelados desplegaron la pancarta
en letras azules y negras: Grondona Boludo: el único
argentino que murió en Medellín fue Gardel y se
llenó de gloria. Fue antes de la salida de Bolivia
y Uruguay, en el estreno de la Copa América en Medellín,
en una tarde-noche, más bien llena de melancolía.
Porque de fútbol de calidad hubo sino destellos. El doblete
llenó de bostezos, por largos momentos, a los aficionados,
que, sin embargo, buscaron la manera de gozar esa fiesta pagana,
que en Medellín se opacó por la ausencia de Argentina.
En el primer partido hubo momentos de emoción, por las
descolgadas del charrúa Richard Morales, por algunas incursiones
de Bolivia, o tal vez por la cortesía de ambos equipos
de salir con banderas de Colombia con mensajes de paz.
Más emoción en las tribunas hubo cuando, en sur,
un hincha quemó una camiseta de Argentina, o cuando la
gente leía pancartas como Argentina, Honduras tu
papá o Grondona cagón. La Copa
América quedó debiendo en la primera jornada.
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El fútbol fue avaro. El gol de Uruguay, de Chevanton,
levantó los ánimos de los 25.000 aficionados, que,
de todos modos, querían que ganara Bolivia, o eso lo expresaron
con sus gritos unánimes, animando a la selección
verdiblanca.
Quizá era más atractivo observar a las descaderadas
chicas en las tribunas, que el primer tiempo entre Honduras y
Costa Rica, uno de los más mediocres en muchos años.
Los ticos llegaron más, pero era que jugaban contra un
onceno hondureño, con jugadores encalambrados, con otro,
Saúl Martínez, que cojeó hasta cuando lo
cambiaron en el segundo tiempo.
Hubo, sí, para espantar el tedio, algunas jugadas de Wanchope,
un espigado negro, que no sólo anotó el gol costarricense,
sino que estrelló un balazo en el travesaño, tras
una espectacular chilena. Pero no más.
Tanta abulia en la cancha llevó a la concurrencia a gritar
olés por cualquier jugada. Olé para Honduras. Olé
para Costa Rica. Pitos para unos, pitos para otros. Pero también
a aplaudir, porque, de todos modos, se les notó voluntad
a ambos. Gallardo que es el público de Medellín.
No se puede negar. De buen fútbol, muy poco. Nos
perjudicaron los argentinos, dijo un aficionado. Se
tiraron en Colombia y en el pueblo argentino, declaró
Escola, periodista del programa Fuera de Lugar.
Al final, alguien anotó en las afueras, en medio de champeta
y vallenato, que Gardel no era argentino, sino uruguayo. O francés.
Para el caso ya daba lo mismo.
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