07-17-2001
Una noche de baile con el negro
Wanchope
Por
Reinaldo
Spitaletta
Medellín
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El fútbol, que es el arte de lo imprevisto, en esta deslucida
Copa América no ha tenido ni pizca de arte y, más
bien, todo ha sido muy previsible: un nivel muy pobre. Aunque,
desde luego, ayer hubo momentos de brillo para los 18.000 penitentes
que concurrieron al Atanasio Girardot, a observar el doblete Costa
Rica-Uruguay y Honduras-Bolivia.
Uruguay, con una rica historia futbolística, ayer parece
que olvidó a Varela y Schiaffino, a Morena y Mazurkiewicz,
porque, desde el principio se vio como lo que es, una selección
improvisada, sorprendida por Costa Rica, que tuvo en sus filas
una enorme figura: Paulo Wanchope. Él solo desequilibró
a los charrúas y volvió trizas su defensa. Uruguay,
al comienzo, muy ordenado, muy táctico, pero sin ideas.
Sin vocación ofensiva. Al contrario de los ticos, que querían
agradar a la concurrencia y conseguir un resultado positivo.
Los rojiazules llegaban por las puntas, con Medford, con Drummond
y, por el centro, o por los lados, por todas partes, con ese talentoso
y escurridizo negro, Wanchope. A veces parecía que los
celestes, muy desteñidos ayer, se paraban para ver las
gambetas y los arranques del jugador costarricense.
Y fue el número 9, el que, tras un preciso pase de Medford,
recibió en el área, aguantó el balón,
luchó con tres corpulentos uruguayos, los limpió
del camino y disparó para obtener un golazo. Desde la tribuna,
un hincha del Medellín, el del perro en la espalda, lanzó
sus mocasines rojos a la pista, para celebrar el gol tico.
Costa Rica, entonces, inició una tocata, con la batuta
del grone y regaló instantes de emoción a la concurrencia,
que, en el segundo partido, sufriría con un monótono
encuentro entre Bolivia y Honduras. Pero Costa Rica, que llegó
más veces, se tragó goles, vio cómo
Carlos María Morales, de cabeza, les empataba.
Los centroamericanos se volcaron en la valla de Munúa,
que salvó varia veces, y, en otras, la mala puntería
de Fonseca, Solís y Drummond, no permitió la victoria.
Uruguay practicó un fútbol conservador, miedoso,
que hizo que la tribuna los silbara. Se fueron con abucheo general.
Los ticos, en cambio, recibieron la simpatía por su entrega,
por las jugadas de espectáculo de Wanchope, por su mayor
vocación de triunfo. Por su seriedad. Con una larga deuda
externa quedó Uruguay con la afición de Medellín.
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El sopor
El segundo partido tuvo un primer tiempo de esos soporíferos.
Más de uno se hubiera puesto a roncar sino es por la lluvia,
que los despertó. Porque de fútbol, nada de nada.
En la segunda parte, cuando ya la mitad del estadio se había
marchado, Honduras salió con más decisión.
Parecía apenada por lo poco realizado. Julio César
León, quedó solo frente al arquero Arias de Bolivia,
y se lo comió. Pero, minutos, después, vino un golazo
de 25 metros, un tiro rasante de Armando Guevara.
Bolivia no despertó. Al contrario, fue Honduras la que
atacó, para sacar del adormecimiento a los aficionados.
Bolivia sólo preocupó, muy de vez en cuando, al
arquero Valladares con tiros de pelota quieta.
En un avance rápido de Honduras, a 30 metros del arco Guevara
volvió a sacar un disparo hermoso. La gente coreó
el gol con ánimo, con alegría. Esos dos goles y
las jugadas de Wanchope, en el primer partido, habían pagado
la boleta. Aunque en una Copa América todos esperaban menos
tacañería futbolera. Todavía Medellín
espera el desquite. Quizá sea en la última jornada.
Porque la Copa en esta ciudad ha tenido más sorbos amargos
que brindis de alegría.
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