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Ya era justa la celebración

El gol de Córdoba, la explosión de felicidad de 46 mil personas, los gritos, el delirio...
Los jugadores parecieron hormigas cuando dieron la vuelta olímpica, la primera del fútbol colombiano.
Éxtasis colectivo de un partido que hizo olvidar, por un rato, los problemas de un país.

Por
Jaime Herrera Correa

Bogotá

Este momento no se olvidará fácilmente. Rostros sonrientes, pintados con los tres colores de la bandera, la gente gritando a rabiar, abrazándose, y hasta llorando. ¡Qué locura! Gentes desconocidas que se estrechaban las manos, que brincaban, que se querían tirar a una cancha. Jóvenes que se quitaban la ropa, otros que enarbolaban el tricolor. Y en uno que otro rincón, un hombre de edad que lloraba de pura emoción.

Y no es para menos, después de 53 años de sinsabores y frustaciones el fútbol colombiano convirtió en templo sagrado el Estadio El Campín al conseguir ayer su primer título de la Copa América-2001.

Y lo más satisfactorio y estremecedor es que la conquista fue por lo alto no sólo por ese majestusoso cabezazo de Iván Ramiro Córdoba, sino porque ganó los seis partidos disputados, terminó con el arco invicto y tuvo en Víctor Hugo Aristizábal al máximo artillero. Mejor dicho fue una verdadera moñona.

La tribuna de cemento se estremecía, la gente que colmó el estadio la hacía hasta sonar con sus brincos. Era la extensión de una fiesta que comenzó el 11 de julio en Barranquilla y que se desbordó cuando Córdoba, alzándose por los aires y sobre sus rivales, consiguió el gol del título. Y fue suficiente porque así se le ganó a México (1-0), se consiguió la Copa y abrió la gran fiesta del pueblo colombiano.

En el gramado se impuso el idioma del "si se puede" y los jugadores embriagaron con fútbol a cientos de miles de espectadores y a cerca de 40 millones de colombianos que presenciaron el partido por televisión.

Como si fueran unos aficionados más, los jugadores dejaron ver toda su sensibilidad y cada que hicieron una acción importante miraron a las graderías en forma de agradecimiento por el respaldo que han recibido y como una manera de comunión con una familia que, vestida de amarillo, azul y rojo, todavía quisiera estar de pie aplaudiendo la mayor gesta del balompié nacional.

Sentimiento de Copa
Pero como todo lo de los colombianos, el sufrimiento fue el invitado especial y hasta que el reloj no marcó los 90 minutos, no desapareció. Como no llegaba el gol y los mexicanos atacaban con propiedad, la ansiedad se apoderó de la gente, los pelos se pusieron de punta, el desgaste no tuvo precio y las mentes calientes parecían estallar mientras muchos acababan con las uñas.

Ninguno de los protagonistas dio un balón por perdido, el juego se tornó cortado por el nerviosismo de todos, en especial cuando el ídolo Víctor Hugo Aristizábal comenzó a dar muestras de estar lesionado. La gente cambió de color, los que estaban de pie se sentaron y sus rostros mostraban una mueca de derrota.

Sin embargo, ayer no había tiempo para la energía positiva. Había una gigantesca cadena de positivismo. Por eso cuando parecía opacarse, y de la mano del Divino Niño, el hombre de la ideas, Giovanni volvió a iluminarse. De allí surgió la falta cerca del área que bien cobrada por Iván López terminó en la cabeza de Iván Córdoba y el balón en la red para enloquecer a todo un pueblo.

El resto fue eterno. La espera, los minutos, los segundos se hacían horas. Y luego los tres minutos de alargue que fueron como un castigo. Los corazones palpitaban a más revoluciones, solo que en esta ocasión reventaron de emoción con el pitazo final del paraguayo Ubaldo Aquino.

Y aparecieron las carreras de los jugadores, los abrazos, las increibles risas del imperturbable Maturana, la llegada de Nicolás Leoz, Joseph Blatter y el presidente Pastrana para engalanar el podio de los campeones. Las medallas y la Copa, la esquiva Copa cargada por el capitán Córdoba, para confirmar que todo ya era realidad, que el sueño quedó atrás, que entre llantos y risas, todos podíamos celebrar. Ya era justo.


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