¡Cuidado!
¡Peligro de gol!
El fútbol, como anestésico social, utilizado por los
poderes políticos para fines distintos al deporte.
Franco, Mussolini,
la dictadura militar argentina, entre otros, lo emplearon como propaganda.
Mientras Kempes
anotaba, caían cadáveres de prisioneros en el Río
de la Plata.
El embrujo de la pelota también
se extiende hasta la política y la economía. Una
muestra de ello en esta crónica.
Por
Reinaldo
Spitaletta
Medellín
A las Madres de Mayo los goles del matador Kempes, con el alboroto
general de los aficionados y las narraciones del Gordo José
María Muñoz, les ahogaban sus gritos de protesta
por los desaparecidos de la dictadura militar argentina. Era 1978.
En el estadio del Partido Nacional Fascista, en Roma, Mussolini,
en su palco de honor, elevaba su arrogante cumbamba, levantaba
su brazo derecho, al coro de las tribunas llenas de camisas negras,
que lo vitoreaban: ¡Duce, Italia, Duce, Italia!,
mientras la escuadra azzurra derrotaba dos a uno a Checoslovaquia,
en la final del Mundial de Fútbol. Era 1934.
El fútbol, al que algún escritor francés
calificó como la inteligencia en movimiento,
el más popular de los deportes, capaz con su magia de igualar
a la gente en un estadio durante noventa minutos en una suerte
de iluso comunismo, el fútbol, un juego con apariencia
de santos inocentes, ha sido manipulado por diversos poderes para
metas políticas.
Quizá esta versión de la Copa América, que
finaliza este domingo, sea una muestra de cómo el fútbol
no sólo es hoy un asunto de lucrativos negocios trasnacionales,
sino también una cortina de humo para disimular barbaries.
Aunque sea el fútbol un jolgorio de masas, un exorcismo
contra la guerra, un camino a la catarsis colectiva, también
sirve para desfogar en él -y con él- ciertas frustraciones
sociales.
Ah, se dirá, por ejemplo, que ningún golazo, ninguna
espectacular estirada de un guardameta, podría detener
un cataclismo social o impulsar, a su vez, una revolución.
O una contrarrevolución. Pero la historia, tan tozuda,
demuestra cómo el fútbol, usado muchas veces como
barbitúrico social, ha sido utilizado por dictaduras
(Franco, Videla, Pinochet, Stroessner...) y aun por gobiernos
democráticos para otros fines.
A Franco le venían de perlas los triunfos del Real Madrid,
así como a Videla la coronación de Argentina como
campeón mundial del 78.
Italia fascista
Mussolini, partidario de aquella idea de que Italia formaba parte
de la raza superior (tal como lo proclamaba Hitler
con los alemanes), dedicó enormes cantidades de dinero
para los dirigentes politico-deportivos y puso en funcionamiento
un aparato propagandístico con miras a hacer del onceno
italiano
una escuadra invencible. A cualquier precio.
En los cuartos de final jugaron Italia y España. El árbitro,
de cuyo nombre ya nadie se acuerda, le metió mano
al partido para favorecer al esquipo del Duce. España,
con la mayoría de sus jugadores lesionados por la brutalidad
italiana, perdió en el desempate.
El 25 de junio de 1939, el Sevilla y el Racing de El Ferrol disputaron
la primera final de la Copa del Generalísimo, en Barcelona.
Habían pasado menos de tres meses desde la terminación
de la Guerra Civil. Los jugadores de ambos equipos, en la cancha,
elevaron su brazo para realizar el saludo fascista. Se escuchó,
después, el himno de batalla de la Falange, Cara al sol.
En el libro Fútbol y Franquismo, de Duncan Shaw, se ofrecen
otras imágenes de cómo el fútbol le sirvió
al Generalísimo para sus fines políticos. El Real
Madrid, con Santiago Bernabéu a la cabeza, se convertiría
en el mejor medio propagandístico del franquismo. Lo usó
como droga social para mantener a la gente despolitizada, o, por
lo menos, lejos de otras políticas contrarias a la oficial.
Franco, mediante el Real, mostró en el exterior una cara
distinta a la interna. Cada primero de mayo, por ejemplo, se realizaban
los juegos sindicales en los estadios, para mantener a los obreros
alejados de cualquier manifestación política reivindicativa
o de protesta. A los futbolistas, como a los obreros, se les prohibía
pertenecer a sindicatos libres e independientes.
En los partidos de la Liga Española los jugadores se filaban
antes de cada encuentro para gritar: ¡Arriba España,
viva Franco!.
A los catalanes sólo se les permitía hablar y cantar
en su idioma en el estadio. En 1974, en las postrimerías
de la dictadura franquista, Barcelona derrotó, en Madrid,
5-0 al Real.
Los catalanes, volcados en las calles, celebraron cantando su
himno prohibido y agitando más que las banderas rojiazules
del Barça, la de Cataluña, roja y amarilla.
El horror argentino
En 1978, el general Jorge Rafael Videla llevaba ya dos años
en su poder de facto. Al son de una marcha militar, en la inauguración
del Campeonato Mundial de Fútbol, en el estadio de Núñez,
el militar condecoró al presidente de la Fifa, Joao Havelange.
Muy cerca de allí, en la Escuela de Mecánica de
la Armada, estaba uno de los campos de concentración más
infames de la historia, un centro de tormentos y exterminio.
Más allá del estadio, en el Río de la Plata
o en el mar, desde los aviones oficiales los militares arrojaban
vivos a los prisioneros. El fútbol ayudaba a tapar el genocidio.
Menotti, el técnico de Argentina, había dicho:
Si Argentina, aparte de organizar el campeonato consigue
una buena clasificación, muchos de los problemas del pueblo
argentino quedarán resueltos.
Argentina ganó el Mundial. La dictadura militar se fue
hasta 1983 y durante su mandato de horror hubo 30.000 desaparecidos.
Por lo demás, los problemas del pueblo argentino, para
contradecir a Menotti, no quedaron resueltos. Empeoraron.
Un balón basta de muestra
En Florencia, donde nació el calcio, los gobernantes usaban
ese rudo deporte para que la gente se olvidara de las penurias
del bolsillo. Fue en el Renacimiento.
Mussolini
se ganó él mismo la Copa del Duce, en el Mundial
de 1934. Era el ascenso del fascismo.
De la mano
de Franco, la estupenda escuadra del Real Madrid se convirtió
en un vehículo de propaganda del régimen del Generalísimo.
En 1970, la
corona del rey Pelé y su corte se usó también
para encubrir los crímenes de la Mano Negra brasileña.
Stroessner
invirtió buenas sumas de dinero para la preparación
de Paraguay con miras al Campeonato Mundial de 1986.
Pinochet se
hizo nombrar presidente del Colo-Colo de Chile. El fútbol
es una buena mampara.
El Mundial
del 78 cubrió con goles las tropelías de la dictadura
militar de Argentina.
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