| Castigo
vs. pedagogía
La administración municipal de Medellín decidió
no autorizar el ingreso de público para el clásico
número 222 entre el Independiente Medellín y el
Atlético Nacional, como una medida para frenar la violencia
en el fútbol local.
La decisión, acertada o no, tiene varias rendijas por donde
mirarla, todas con conclusiones bien diversas, de acuerdo con
quien reciba las consecuencias de la determinación municipal.
Por ejemplo, para el alcalde Luis Pérez y su gabinete,
la idea es aprovechar esta coyuntura para dar una lección
de civismo a los jóvenes, que son, en su mayoría,
los causantes de los desmanes y actos violentos después
de los partidos de fútbol.
Por eso, el hecho de jugar en un estadio vacío y quitarle
a los hinchas la posibilidad de disfrutar del partido, fue asumido
como un ejemplo para que entiendan que el fútbol es un
juego y nunca una guerra, para convencerlos de que la convivencia
tiene que ser posible a pesar de las diferencias. Es decir, fue
una medida pedagógica según la administración
municipal.
La otra mirada, la de los que perdieron, no los tres puntos del
juego sino el dinero que les genera el fútbol, la decisión
gubernamental fue un castigo.
El Medellín que no recibió taquilla, los vendedores
del estadio, los ambulantes, los taxistas, los de los negocios
aledaños, todos ellos perdieron plata en un día
que pudo haberles significado un ingreso importante.
Perdieron los hinchas que no tuvieron su fiesta en el Atanasio,
y los equipos que no vibraron con la alegría de la fanaticada.
Ganaron los vecinos que tuvieron un sábado tranquilo.
Pero lo que sí es cierto es que el fútbol sin público,
no vale la pena.
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