
Se llamaba Oreste Omar y su apellido era Corbatta. Un jugador
que brilló en los años 50, que formó
parte del DIM cuando su magia estaba en declive. Archivo |
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"Fue un
fenómeno"
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Carlos Serna *
"Fue un grandísimo jugador, habilidoso como
el que más. Y goleador. Fue estrella del DIM, a pesar
de haber llegado en su época de descenso. En 1978,
durante el Mundial de Argentina, junto con Rodrigo Fonnegra,
que fue entrenador del Medellín, lo visitamos en
Avellaneda. Fonnegra lo invitó a una comida. Él
vivía en un cucurucho en el estadio de Racing. Ya
era un alcohólico empedernido. Nos tomamos unos vinos
y, a la hora del churrasco, Corbatta siguió bebiendo
y bebiendo. No quiso comer. En sus tiempos de esplendor
como futbolista había que quitarse el sombrero, mas
no la corbata".
* Periodista deportivo
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Corbatta, al diablo con la derecha
El espíritu de Corbatta acompañará hoy al
rojo en Pasto.
Semblanza del puntero derecho argentino que a muchos enloqueció.
En el Medellín fue sensación, pese a ya estar en
decadencia.
Por Reinaldo Spitaletta
Medellín
A la pelota nunca le pegó. La acariciaba, como a una mujer.
Por eso, no se la podían sacar, aunque los represivos marcadores
suyos le tiraran hachazos. "Ella nunca se quería ir
de mi lado", o, mejor dicho, no se quería despegar
de su pierna derecha, la de Oreste Omar Corbatta Fernández,
el que, según muchos, incluido Pelé, fue el mejor
puntero derecho de la historia.
Sí, Corbatta, el Loco, el dueño de la raya, el
que, ya en declive, jugó en el Medellín (1965-1969)
y aun así mostró su magia. Era un creador de lo
insólito, un espécimen extraño que fuera
de las canchas era tímido, pero, adentro, demostraba sus
picardías, como El Vagabundo de Charles Chaplin. Jugó
en el Racing, en el Boca, en el DIM, en el San Telmo y, claro,
en la selección de Argentina.
Llegó al Racing, procedente de Chascomús, con 19
años de edad, en alpargates, una camisa a cuadros y un
aire de fenómeno. No llevaba maleta; sólo lo que
tenía puesto. Y desde entonces comenzaron a llamarlo el
Loco, por sus diabluras en la grama, por sus gambetas y ese modo
de hacer ver fácil lo complejo. Un día, en un partido
contra Chacarita, tomó un balón en mitad de cancha
e inició un carrerón hacia su propio arco. Los compañeros
le gritaban, pero él continuó, como si nada. De
pronto, lo rodearon dos contrarios: Restivo, de un lado, y Mario
Rodríguez, del otro. El arquero salió hasta el borde
de las 18 a pedirle el balón. Corbatta lo vio y frenó
en seco, giró y arrancó hacia el arco contrario.
Los dos rivales se tragaron el frenazo y las carcajadas de toda
la hinchada de Racing.
Le gustaba a Corbatta arrancar de atrás, tener contacto
con el balón, para no aburrirse. Se pegaba la pelota a
los pies. En 1956, en un partido amistoso entre Argentina y Uruguay,
en Montevideo, comenzó a hacer malabares y se daba tremendo
banquete con el duro Pepe Sasía, al que paseaba como a
un bebé. Otro uruguayo, para bajarle el atrevimiento, le
propinó un patadón y lo dejó retorciéndose
en el gramado. Entonces, con la apariencia de darle consuelo,
se acercó Sasía y le pegó un puñetazo
en la boca. Desde aquel día, a la sonrisa de Corbatta le
quedaron faltando dos dientes.
Con esa manera de jugar, Corbatta fue creciendo como ídolo
de multitudes, pero también en desboques. Eran famosas
sus farras, que lo hacían llegar borracho a los partidos.
Con 1.65 de estatura y 62 kilos de peso, el puntero derecho era
una sensación, por sus cabriolas, por su precisión
en el disparo, por sus chanfles endemoniados y, también,
por el cobro de penaltis.
"Nunca me ponía de frente a la pelota, siempre de
costado. Le pegaba con la cara interna del pie derecho y en el
medio, con un golpe seco. Además, agachaba la cabeza para
que el arquero no adivinara dónde iba a tirar y en cambio
yo veía todo lo que él hacía. En cuanto se
movía era hombre muerto...", declaró Corbatta
una vez a la revista El Gráfico, para explicar el éxito
de sus penaltis.
Corbatta, nacido en La Plata, era de una familia pobre, de ocho
hermanos. No aprendió a leer ni a escribir, asunto que
siempre lo entristeció. Se sentía apocado cuando
sus compañeros leían diarios y revistas en las concentraciones.
Su época más brillante fue en 1957, tanto en el
Racing como en la selección de Argentina. Ese año
ganaron el Sudamericano de Lima, y en la alineación, estaban,
entre otros, Corbatta, Sívori, Maschio, Angelillo y el
Pipo Rossi. El mejor gol de su carrera lo anotó, precisamente,
el 20 de octubre del 57, en la cancha de Boca, jugando con la
selección de su país frente a Chile, por las eliminatorias
al Mundial de Suecia.
Primero, gambeteó a dos rivales, enfrentó al arquero,
lo burló, se detuvo, amagó, hizo pasar de largo
a otro defensor y volvió a frenar. El público suspiraba.
Amagó nuevamente y, al final, colocó el balón
donde quiso, junto a un palo, tras dejar sentados a otros dos
chilenos. Un golazo increíble. Tanto que la revista estadounidense
Life publicó en su portada por primera vez una secuencia
de fútbol con la foto de Corbatta.
Fue campeón con el Racing de Juan José Pizzutti.
En 1963, pasó al Boca Juniors, que lo compró por
12 millones de pesos, con los cuales el Racing amplió su
estadio en Avellaneda y construyó un complejo deportivo.
Dos años más tarde, llegó al Medellín,
con el cual fue subcampeón en 1966, bajo la batuta de Pacho
Hormazábal. Todavía se recuerdan sus jugadas espectaculares
por la derecha, sus chanfles y aun la cadena con cristo con la
que jugaba. Es de la figuras emblemáticas que han militado
en el DIM.
En su decadencia, alcoholizado y sin hogar (pese a que se casó
cuatro veces), Corbatta vivió sus últimos años
en un camerino del estadio de Racing. Murió en la miseria
más atroz, agobiado por un cáncer de laringe. El
6 de diciembre de 1991, a los 55 años, se fue el que muchos
consideraron el más grande puntero derecho, por encima
de Garrincha, Bernao, Houseman, Hamrin y otros tantos que en la
constelación del fútbol han sido. La Nación
de Buenos Aires tituló "Murió Corbatta, arquitecto
de un fútbol que emocionó", mientras Página
12 dijo "La muerte se pasó de la raya".
Una calle, junto al estadio de Racing, lleva su nombre. Tal vez
muchos lo arrojaron al olvido, pero la que nunca se despegó
de él fue la pelota. Claro, es que la acariciaba.
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