El desfile de Autos Clásicos volcó a la ciudadanía
a las calles. Es
el primer evento de la Feria que recorre toda la ciudad. De
278 vehículos participantes sólo 7 no lograron hacer
todo el recorrido.
Pantalones bombachos sostenidos por unas cargaderas rojas, medias
de rombos, zapatos blancos y un sombrero de canutillo, fue el
atuendo que escogió José María Chiavassa
para que combinara perfectamente con el Ford T. Runabout, modelo
1924 que adquirió hace 15 días y que estrenó
en el VII Desfile de Autos Clásicos y Antiguos.
Lleva cinco participaciones en el evento, pero esta fue la primera
a la que asistió con un auto propio: uno tres patadas,
de placa PPK889 de Ecuador, acelerador de mano, motor de cuatro
cilindros y rines de madera. "Todo original". El carro
de Chiavassa, fue uno de los más admirados en el desfile
que aglomeró a miles de personas en su recorrido desde
EL COLOMBIANO hasta el parque Juan Pablo II.
En siete años, Chiavassa estuvo en 15 eventos automovilísticos
en el país, desde competencias en el autódromo de
Tocancipá hasta rallys que recorrieron Colombia, Panamá
y Costa Rica. Gracias a los carros ha conocido el mundo, lo que
le permite afirmar que el Desfile de Autos Clásicos es
único, no por la cantidad de vehículos sino por
el público. "Aquí piropean y aplauden tanto
que llega un momento en que me duelen las costillas de reírme",
cuenta este veterano, quien dice que su carro tiene 78 años
pero que de su edad no sabe nada.
Empieza la marcha Después de la bendición del capellán
de la Alcaldía, Mauricio Vélez, salió el
primer vehículo, un carro de bomberos modelo 1919 que fue
restaurado para este evento, después de 37 años
de estar guardado. El alcalde Luis Pérez, vestido de bombero
a la usanza de la época, fue el conductor de esta antigüedad.
A su lado, la Señorita Antioquia, Carolina Giraldo, compartió
con los espectadores que le gritaban "Bravo Alcalde"
y "Acelere". El público era tanto que desbordó
las calles.
Sólo un carril quedó despejado para el paso de los
carros que convirtieron a la moderna Medellín en la otra
de tiempos nostálgicos. A las 2:30 p.m. apenas empezaban
a desfilar los carros por la carrera 80, a donde la gente llegó
con casi dos horas de anticipación, resistiendo un sol
fuerte, algunos debajo de sombrillas, otros sin protección,
sentados en la calle distrayendo la espera con gritos de alabanza
para el primero que pasara por el pasaje de honor reservado a
los autos.
Chiavassa pasó antes que todos sus compañeros por
este trayecto, despacio, conversando con la gente y robándose
todas las miradas, era el único en la vía. No estaba
perdido, pues "¿Qué hacía tanta gente
esperando a los perdidos?". Salirse de la procesión
era la única forma de no recalentarse. Después llegaron
los otros 273: Willys que hacían piques ante los ojos impávidos
de la gente, Volkswagen, vehículos fúnebres y militares.
La mayoría conquistaron, entre aplausos, el Juan Pablo
II, donde la gente los recibió con más piropos.