Gabriel García Márquez, nacido en Aracataca, se consagró con su novela Cien años de soledad, una muestra pura de su realismo mágico.
Gabito, antes y después
de Cien años de soledad

En 1966 ya era reconocido en Colombia.

En 1959 García Márquez pensaba que su novela era El coronel no tiene quien le escriba. Cien años de soledad es un retorno a La hojarasca, es la historia completa de Macondo. Recuerdos.

Por
José Luis Díaz-Granados
Colprensa

En marzo de 1966 llegó Gabriel García Márquez a Colombia con el fin de asistir al estreno de la película Tiempo de morir, dirigida por el mexicano Arturo Ripstein Jr., con guión de Gabo.

Me enteré de esto a través del Noticiero Panamericana, que proyectaban en los cines: en el escenario de un teatro de Cartagena, aparecía -en el acto de estreno del filme-, el elenco de la muy sonada película, en donde se destacaba Gabito, peluqueado casi al rape, con el bigote negro junto a un grano ya inexistente, y una camisa tropical. (Debo recordar aquí que en aquella época los noticieros eran en blanco y negro, por lo cual no podía advertir el multicromatismo de la camisa).

A los pocos días apareció en El Tiempo un reportaje entre serio y divertido, escrito por Gloria Pachón Castro (hoy viuda del caudillo liberal Luis Carlos Galán), en donde resaltaba el hecho de que García Márquez, frente a la piscina del Hotel Caribe no pedía un ron con limón sino una naranjada, por lo cual no era "ni romántico ni bohemio", sino un trabajador intelectual, pragmático, sin tentaciones de poeta perdido.

Los diarios capitalinos dedicaron al estreno de Tiempo de morir amplios espacios en las páginas culturales, pero especialmente al autor del guión, quien era ya muy conocido en los círculos literarios, aunque mucho más en los del periodismo, debido a sus grandes reportajes publicados en El Espectador en la década anterior.

Primero en el ámbito local
Cuando conocí a Gabito en octubre de 1959, debido a un vínculo familiar, su nombre acababa de ser promovido en el Festival del Libro con la reedición de su primera novela La hojarasca, impresa inicialmente en 1955. A pesar de eso y de haber publicado tres años después en la Revista Mito esa joya narrativa titulada El coronel no tiene quien le escriba, la estrechez del medio no permitía que su nombre ni su obra tuvieran un alcance más allá de los círculos cerrados de los escritores y los críticos.

Al retornar en 1966 era ya reconocido en Colombia en el ámbito literario, pero su nombre no alcanzaba de ninguna manera a trascender fuera de esos territorios y sonaba ahora con más intensidad porque había publicado en México los hermosos y cautivadores cuentos de Los funerales de la mama grande, y reeditado en Ediciones Era El coronel...

Además, en 1962 se había ganado con mucha bulla el Premio ESSO de Novela con la obra Sin título (que luego amenazó con titularla Este pueblo de mierda, para escándalo de la pacata sociedad bogotana de entonces, conservadurista y clerical) que al ser editada un año después como La mala hora, fue de todos modos fuente de polémicas por el cambio de giros idiomáticos, por parte de la Academia Colombiana de la Lengua o por la editorial española que la publicó: Gráficas Luis Pérez. Esto consta en carta que el furibundo autor envió al padre Félix Restrepo, director de la Academia.

La novela sólo mereció un comentario crítico de Hernando Téllez y un ensayo titulado García Márquez: ¿Un novelista en conflicto? de José Stevenson, y su primera edición, de fea carátula de colorines y deshojada a la inicial lectura, la distribuyó gratuitamente por la empresa patrocinadora.

En el panorama literario
Desde que Gabito había viajado a Nueva York en 1960 para dirigir la agencia de noticias "Prensa Latina", vivíamos muy pendientes de su vida y milagros José Stevenson, Luis Fayad y yo, quienes nos contábamos cualquier "chiva" que al respecto pudiéramos conocer. Pero notábamos que el nombre de Gabriel García Márquez no aparecía en ningún texto de literatura escolar o universitaria y sus obras no interesaban a los jóvenes que como Pepe, Luis y yo, nos iniciábamos en el oficio de escribir.

Las noticias literarias en los periódicos eran prácticamente inexistentes. Nos enterábamos de algunos acontecimientos por chismes, por azar o por el correo familiar. Los narradores colombianos más famosos de estos años -1960–1966- eran Eduardo Caballero Calderón, Manuel Zapata Olivella, Fernando Soto Aparicio, Jaime Ibáñez, Manuel Mejía Vallejo, Gonzalo Arango y quienes ganaban o quedaban finalistas en premios y concursos locales. El panorama literario estaba dominado por los nadaístas. Gabo, en realidad, no existía como novelista colombiano. Y revistas de divulgación literaria continental como Américas, que dirigía Rafael Squirru en Washington, no tenían conocimiento del autor de La hojarasca.

En cambio, gracias a dicha revista conocimos a Juan Rulfo, cuya novela Pedro Páramo leí por primera vez en 1960. Conocí a Cortázar por su foto de adolescente imberbe y a José Luis Cuevas, a quien le daban mucho despliegue no sólo como inmenso pintor sino como impenitente hipocondríaco. A Vargas Llosa, en cambio, lo conocimos con Fayad, en 1962, gracias a una gacetilla que Seix Barral repartía en sus librerías de distribución exclusiva, anunciando el portento narrativo de La ciudad y los perros.

Volviendo al año 59, en una conversación sostenida con Gabito en el Café "Tampa", cuando le expresé mi emoción por la edición de La hojarasca en el Festival del Libro, me hizo un gesto desdeñoso, entre el humo de su eterno cigarrillo "Pielroja". "Mi libro es El coronel...", expresó con entusiasmo.

Un encuentro y un principio
Pocas semanas después, cuando lo visité en su apartamento y me comentó que estaba escribiendo una novela "sobre la dictadura de Rojas Pinilla en un pueblo", salí con la convicción de que Gabito no escribiría nunca más otra novela, pues se mostraba feliz y satisfecho con El coronel no tiene quien le escriba.

A quienes se sorprendan por la seriedad de estos conceptos, ya que entonces era yo un adolescente, debo agregar que Gabo nunca me trató como a un niño y siempre que habló conmigo en esa época lo hizo con la trascendencia de un escritor que habla con otro, de igual a igual. Años después, esa trascendencia desapareció.

Por eso fue mayúscula mi sorpresa en el reencuentro de 1966, cuando conversamos en su habitación del Hotel "Tequendama" acerca del proyecto que lo embargaba entonces.

Enterado de que se hallaba en Bogotá, luego de los éxitos de Cartagena, me di a la tarea de buscarlo. Mi abuelo, el coronel José María Valdeblánquez, -tío de Gabo, a quien describe en su libro de memorias Vivir para contarla como el único de sus tíos "que tuvo una figuración pública"-, se comunió con las recepciones de los principales hoteles de Bogotá, y en la del "Tequendama" lo llamaron por altoparlante aquella noche de marzo. Al momento pasó al receptor. Tímidamente lo felicité por el éxito de Tiempo de morir y enseguida me cortó con su acento costeño: "Esos son trucos de los periódicos para que la gente vaya a verla". Con el mismo afecto hablamos un rato, le conté de la reciente muerte de mi padre a quien él quería mucho desde que se conocieron en Barranquilla en 1949 y me dijo que se había enterado por Germán Vargas. Me citó para la mañana siguiente.

Llamé a José Stevenson y éste me acompañó. Allí lo encontramos leyendo una novela de Graham Greene, Un caso acabado. Lo primero que me preguntó fue si había dejado de escribir: "Compadre, ¿Cerró el grifo?". "Nada de eso, respondí, por ahí tengo un montón de cosas".

Después de hablar de innumerables asuntos, dispersos y desconectados, y luego de preguntar por un amigo común costeño, que "tenía cola", expresó un concepto que me sorprendió acerca de la novela que estaba escribiendo.

- Es un retorno a La hojarasca. Retomo otra vez ese mundo que quedó empezado y escribo toda la historia de Macondo.

Entonces entendí que la literatura no tiene conceptos definitivos y en verdad me alegré porque siempre he tenido un amor ilimitado por esa novela primigenia de García Márquez. No dijo nada más. No anunció tramas, ni personajes, ni títulos, tan sólo que iba a salir publicado un capítulo en el magazine dominical de El Espectador.

Gabo estaba muy satisfecho con la obra que estaba terminando de escribir. Mientras tomaba una ducha, cantaba en voz alta La custodia de Badillo, canción vallenata de Rafael Escalona que estaba de moda. Luego explicó que en pocos días iba a Aracataca con el compositor, con Álvaro Cepeda Samudio y con Daniel Samper Pizano.

Pocos días después, me enteré en la prensa que Escalona no había asistido por tener a la madre enferma. En su lugar estuvo su rival más encarnizado, Armando Zabaleta.

Abajo, en la recepción del hotel, el escritor Jaime Mejía Duque aguardaba. Se dirigió a Stevenson, hablaron algunas palabras y Pepe le presentó al novelista, quien vestía saco negro de paño y pantalón gris, camisa deportiva y medias rojas.

Antes de despedirnos, le comenté a Gabo sobre los homenajes que se estaban preparando en honor del poeta León de Greiff, con motivo de sus 70 años de vida y se alegró. "León es nuestro único mito vivo", comentó sonriente.

Ese mismo mes, el magazine publicó en la portada una enorme foto de perfil de García Márquez y el primer capítulo de Cien años de soledad, así, con nombre propio. La primera impresión que sentí al leerlo fue la de estar dentro de una fabulosa historia bíblica en la tierra de mis padres, que estaba escrita en un lenguaje absolutamente hermoso y perfecto, pero también me di cuenta de que Gabo estaba muy lejos de matricularse en la moda de experimentar técnicas y divertimentos idiomáticos como lo hacían sus compañeros de "la mafia", como se denominaba entonces al grupo conformado por Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Julio Cortázar y otros noveles autores latinoamericanos.

El 24 de abril, el mismo Magazine publicó mi artículo El mundo de García Márquez, donde pronostico que en breve tiempo Gabo se convertirá en el primer narrador latinoamericano, ya que no sólo será reconocido como el mejor novelista sino también por su condición de excelencia en el cuento, la crónica y el guión cinematográfico.

Poeta, novelista y periodista. Nació en Santa Marta en 1946.Su obra poética se encuentra reunida en el libro La fiesta perpetua publicada por la Universidad del Magdalena. También es autor de las novelas Las puertas del infierno (finalista del Premio Rómulo Gallegos en 1987) y Los años extraviados editada recientemente por Editorial Planeta.

Cuando se publicó Cien años de soledad

En agosto de 1967 llegó Gabo a Bogotá en compañía de Mario Vargas Llosa, procedente de Caracas, donde éste acababa de ser galardonado con el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos por La casa verde.

Abracé a Gabo en la sala de "Letras Nacionales", la revista que dirigía el novelista Manuel Zapata Olivella. Vargas Llosa era la vedette. Gabo acababa de publicar Cien años de soledad, pero los primeros ejemplares aún no habían llegado a Colombia por problemas en la aduana. El autor trajo algunos y los firmó para León de Greiff y Jorge Zalamea que se hallaban allí. En mitad del coctel volvimos a tropezar:

- Compadre -me dijo- me escribiste a México contándome que te habías ganado un premio de poesía, pero no me mandaste el poema.

- Es que aún no lo he escrito -dije sin saber por qué.

Dos meses más tarde volvió a Bogotá procedente de Lima, donde había sido invitado por Vargas Llosa para que le bautizara un hijo que llevaría su nombre y el de sus dos hijos varones -Gabriel Rodrigo Gonzalo- y donde sostuvo con el escritor peruano un interesante diálogo en la Universidad de San Marcos, que fue reproducido en el libro La novela en América Latina.

Lo visité en el Hotel "Presidente" -cuyo administrador era el poeta Hernando Socarrás, un joven imberbe, sonriente y elegante-, con nuestro común pariente Óscar Alarcón Núñez, que acaba de ingresar como redactor de planta de El Espectador. En pocas horas, Gabo desocupó una cajetilla de "Pielroja".

- ¿Qué te pusieron a hacer hoy? -Preguntó a Óscar.

- Me mandaron a hacerle un reportaje a un joven que se ganó el Segundo Premio en el Concurso de Novela "ESSO" -respondió Óscar.

Gabo fumaba despreocupadamente echado sobre la cama.

- ¿Y qué te dijo el hombre?

- No -respondió Oscar-, dijo que hoy no podía, que lo llamara otro día.

Gabo se incorporó bruscamente de la cama.

- No lo puedo creer -exclamó-. Que un joven escritor desconocido se niegue a responder un reportaje para un gran diario? No es posible.

Se comunicó luego con Gonzalo González (GOG).

- Oiga primo, le habla García Márquez. A usted dizque lo hicieron académico. ¡Qué triste destino, coño!

Cuando colgó el teléfono le comenté que la semana siguiente un grupo teatral del Externado de Colombia iba a estrenar en el Teatro Colón su obra Los funerales de la mamá grande. Pregunté si estaría en Colombia.

- Sí -dijo-. Pero yo no voy a esa vaina.

Sin embargo, unos días después, en un teatro en el que no cabía una aguja, divisé el rostro tenso de Gabo en uno de los palcos, junto al embajador de México. Al final de la obra, el público entusiasta gritó en coro: ¡Autor! ¡Autor!

Y Gabo tímidamente saludó a la multitud que ya comenzaba a asediarlo. Más tarde, en la casa de Carlos José Reyes, el director de la obra, nos reunimos con los actores, entre los cuales recuerdo a Raúl Gómez Jattín, actor principal (quien tuvo que prestarle a Gabo su corbata para que lo dejaran entrar al teatro), Tania Mendoza (la Mamá Grande), César Amaya Moreno y Rafael Araújo Gámez. También estaban allí Álvaro Miranda, Óscar Alarcón Núñez, Luis Pérez Jánica y otros amigos.

Yo bebía aguardiente con ellos, sentado en el suelo en un rincón de la ancha sala. De pronto, César Amaya, completamente borracho, trajo abrazado a Gabo hasta donde yo estaba, con una frase que aún me divierte:

- El mejor novelista del mundo tiene que estar con el mejor poeta del barrio Palermo.

Desde luego, con el afecto de siempre, Gabo y yo nos dimos un estrecho abrazo, y unidos con toda la concurrencia cantamos paseos vallenatos hasta la madrugada.




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