El
aprendiz de poeta
Gabriel
García Márquez en un aspecto poco estudiado de su
biografía.
Por
Juan
Gustavo Cobo
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| De
la obra de Gabriel García Márquez, sus cuentos
y novelas, se ha destacado la poesía que lleva adentro. |
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| En Cartagena se
le rendirá un homenaje a Gabriel García Márquez
que destaca más que al literato, al hombre que llegó
a los ochenta años, al ser humano, al padre, al abuelo,
al esposo que muchos desconocen, pues siempre se ha mostrado
al hombre público, ganador del Nobel. Se proyectará
un documental sobre ese aspecto. |
Cuando el joven Gabriel García Márquez, estudiante
de derecho de apenas 19 años publica un martes 1 de julio
de 1947 su poema Elegía a Marisela - Geografía celeste,
en el diario bogotano La Razón, era apenas un principiante.
Es muy posible que un año después en Barranquilla,
en septiembre de 1948, Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor
y Germán Vargas, sus nuevos amigos de El Nacional, le hubieran
dicho: "Eso que escribes es muy cachaco".
García Márquez es apenas un muchacho de provincia
que ha conocido la poesía en el andino municipio de Zipaquira,
Cundinamarca, de la mano de Carlos Martín, profesor y poeta
del movimiento Piedra y Cielo.
Elegía a la Marisela
- Geografía celeste
No ha muerto. Ha iniciado
un viaje atardecido,
de azul en azul claro
-de cielo en cielo- ha ido
por la senda del sueño
con su arcángel de lino.
A las tres de la tarde
hallara a San Isidro
con sus dos bueyes mansos
arando el cielo límpido
para sembrar luceros
y estrellas de racimos.
-Señor, cual es la senda
para ir al Paraíso?
-Sube por la Vía Láctea,
ruta de leche y lirio,
la menor de las Osas
te enseñara el camino.
Cuando sean las cuatro
la Virgen con el Niño
saldrán a ver los astros
que en su infancia de siglos
juegan a la Rueda-Rueda
en un bosque de trinos
Y a las seis de la tarde
el ángel del servicio
saldrá a colgar la luna
de un clavo vespertino.
Será tarde. Si acaso
no te han guardado sitio
dile a Gabriel Arcángel
que te preste su nido
que esta en el más frondoso
árbol del paraíso.
Murió la Marisola,
pero aun queda un lirio.
Con las palabras iniciales del poeta Álvaro Miranda se
rescataba un ejemplo revelador de la prehistoria literaria de
Gabriel García Márquez. Si Borges ya viejo todavía
bromeaba con el fantasma ultraísta que lo habitaba, también
Gabriel García Márquez lleva consigo un fantasma
piedracielista. Un poeta que ama los lirios y las rosas, el vuelo
de los ángeles y el traslucido lino con que levitan las
doncellas, por un cielo siempre azul, entre un coro de campanas.
Jorge Rojas, representante del ron Bacardi en Colombia, y hombre
de recursos, había leído con devoción, al
igual que todos sus compañeros a los poetas españoles
de la generación del 27 y a las grandes figuras como Juan
Ramón Jiménez y Antonio Machado. Pero amaban sobre
todo el soneto redondo o la décima perfecta, con que Alberti,
Salinas o Guillen volvían refulgente el idioma con su renovado
arsenal metafórico.
En septiembre de 1939 se editan los 300 ejemplares de una primera
plaqueta titulada Entregas de Piedra y Cielo transparente homenaje
al libro de Juan Ramón Jiménez , de 1917-1918, que
llegaran a siete y en la cual Jorge Rojas publica su poema, La
ciudad sumergida. A ellas seguirían los nombres de Carlos
Martín, Arturo Camacho Ramírez, Eduardo Carranza,
Tomás Vargas Osorio, Gerardo Valencia y Darío Samper.
Con un promedio de 30 páginas y un tiraje que ascendería
a 500 ejemplares, Piedra y Cielo desató una revolución
poética en Colombia. Un adiós al modernismo. Una
despedida a los fríos mármoles parnasianos.
Amaban la música, la gracia y el ingenio, y dos de sus
figuras mayores, Carlos Martín, rector del Liceo Nacional
de Zipaquira donde estudiaba interno un García Márquez
de 17 años, y Eduardo Carranza, profesor de literatura
en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario donde
ya Álvaro Mutis combinaba los libros de historia con el
billar y la poesía, marcaron con su devoción militante
por la tradición clásica española y la figura
de Rubén Darío a estos aprendices de escritor. Al
García Márquez que con el seudónimo de Javier
Garcés, y en 1945, no vacilara en redactar sonetos perfectos
en la tónica de Piedra y Cielo, conservados por su profesor
de literatura y sus condiscípulos. Y que cantan así:
Si alguien llama a tu puerta
Si alguien llama a su puerta,
amiga mía,
y algo en tu sangre late y no reposa
y en su tallo de agua, temblorosa,
la fuente es una líquida armonía.
Si alguien llama a tu puerta y todavía
te sobra tiempo para ser hermosa
y cabe todo abril en una rosa
y por la rosa se desangra el día.
Si alguien llama a tu puerta una
mañana
sonora de palomas y campanas
y aun crees en el dolor y en la poesía.
Si aun la vida es verdad y el
verso existe.
Si alguien llama a tu puerta
y estas triste,
abre, que es el amor, amiga mía.
Quizás por ello la figura del poeta y la presencia de
los versos tiene un papel tan decisivo en Cien años de
soledad. Me referiré a solo dos momentos. El hermético
y solitario coronel Aureliano Buendía cultiva un vicio
secreto: escribe versos. El hombre de la espada es también
el hombre de la pluma. Lo dice así García Márquez:
"Durante muchas horas, al margen de los sobresaltos de una
guerra sin futuro, resolvió en versos rimados sus experiencias
a la orilla de la muerte. Entonces sus pensamientos se hicieron
más claros que pudo examinarlos al derecho y al revés".
(p.172)
El orgullo ciego de una guerra que es más fácil
iniciar que concluir tiene ese reverso de un espejo reflexivo
donde es factible conocerse y afrontar el mayor enigma, la muerte.
Por ello cuando se aproxima al final, y busca destruir toda huella
de su paso:
"llevó a la panadería el baúl con los
versos en el momento en que Santa Sofía de la Piedad se
preparaba para encender el horno. -Préndalo con esto- le
dijo él, entregándole el primer rollo de papeles
amarillentos-. Arde mejor, porque son cosas muy viejas.
Santa Sofía de la Piedad, la silenciosa, la condescendiente,
la que nunca contrarió ni a sus propios hijos, tuvo la
impresión de que aquel era un acto prohibido.
-Son papeles importante - dijo-
Nada de eso - dijo el coronel -. Son cosas que se escriben para
uno mismo.
- Entonces - dijo ella - quémelos usted mismo, coronel.
No sólo lo hizo, sino que despedazó el baúl
con una hachuela y echó las astillas al fuego" (p.219).
El poeta quema su obra, y al contrario de Kafka no le encarga
a ningún amigo su destrucción. Pero revela su sentido:
en dichos papeles quizás supo quién era. Del mismo
modo que al final el libro mismo se revela como otra secuencia
cifrada resuelta en verso.
"Era la historia misma de la familia, escrita por Melquiades,
hasta en sus detalles mas triviales, con cien años de anticipación.
La había redactado en sánscrito, que era su lengua
materna, y había cifrado los versos pares con la clave
privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares
lacedemonias". (p. 508-509).
Y de ahí proviene, de la poesía misma, la clave
definitiva que protegía y encerraba el secreto del último
Buendía y su estirpe: "no había ordenado los
hecho en el tiempo convencional de los hombres sino que concentró
un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran
en un instante" (p. 509)
El Aleph ya no es el vasto espacio del universo sino el infinito
cosmos del tiempo. Por ello en una nota de prensa de 1981 hablara
aun de "el prodigio de la poesía".
Su exhaustivo y profundo conocimiento de la realidad colombiana,
a través de su trabajo como periodista, no hubiera alcanzado
el libérrimo vuelo de su autonomía creativa sin
el soplo creador de la poesía a la cual ha sido fiel toda
la vida, encarnada en Garcilaso de la Vega, Rubén Darío
o Pablo Neruda, citados de modo reiterado en sus libros de ficción
o convertido este último en personaje de uno de sus cuentos.
Y reafirmada en su brindis por ella, al recibir el Nobel.
"El pasmo inexorable ante el misterio sin fondo de la poesía"
es lo que García Márquez aprendió desde niño,
nutrió con el piedracielismo y aun mantiene vivo. Una sola
prueba de ello, este párrafo de Cien años de soledad.
Párrafo de poeta piedracielista:
"La casa se llenó de amor. Aureliano lo expresó
en versos que no tenían principio ni fin. Los escribía
en los ásperos pergaminos que le regalaba Melquiades, en
las paredes del baño, en la piel de sus brazos, y en todos
aparecía Remedios en el aire soporífero de las dos
de la tarde, Remedios en la callada respiración de las
rosas, Remedios en la clepsidra secreta de las polillas, Remedios
en el vapor del pan al amanecer" (p.63)
Contexto
El escritor colombiano Juan Gustavo Cobo Borda conoce a fondo
la obra de Gabriel García Márquez, un autor que
ha estudiado con esmero. Por eso fue invitado para que escribiera
el prólogo a la edición de Cien años de soledad,
realizada por la Real Academia de la Lengua y Alfaguara y que
se presentará próximamente en Cartagena, donde se
le rendirá un homenaje al Nobel colombiano.
Presentamos aquí un fragmento de ese prólogo, entregado
a Generación directamente por Cobo Borda, y en el cual
se destaca el ser de poeta que tiene Gabriel García Márquez
y que surgió en él cuando era muy joven.
Sus influencias y algunos de sus poemas aquí en esta nota
homenaje al autor, entre otros libros, de La hojarasca, Cien años
de soledad, El coronel no tiene quién le escriba, Los funerales
de la mamá grande, Crónica de una muerte anunciada,
El amor en los tiempos del cólera, Doce cuentos peregrinos,
Del amor y otros demonios, Noticia de un secuestro, Vivir para
contarla (autobiografía), Memoria de mis putas tristes.
En sus inicios el periodismo hizo parte de su día tras
día, luego lo atrapó la ficción. Gabriel
García Márquez vio la luz en Aracataca, Magdalena,
el 6 de marzo de 1927, un domingo a las nueve de la mañana.
El mejor escritor vivo de las
letras españolas
Por
Elvira Cuervo de Jaramillo
Ministra de cultura de Colombia
¿Qué le han dejado los libros de Gabriel García
Márquez?
"Primero que todo la certeza de ser el escritor que más
me gusta, aún cuando suene a frase de cajón. Creo
que he leído toda su producción. El libro que más
me gusta, y además comentándolo con él, él
también comparte esta opinión, es El amor en los
tiempos del cólera. Él cree que es su obra maestra.
Me gusta porque es un relato maravilloso de una historia de amor
entre dos seres maduros, y porque es un libro muy bien investigado
sobre las costumbres de Cartagena en ese momento, sobre todo lo
que representó esa ciudad a principios del siglo XX".
Me acerqué a la literatura de Gabriel García Márquez
desde que comenzó a publicar en El Espectador sus cuentos.
Cada obra de él es una poesía con ese manejo maravilloso
del lenguaje, en la forma en que relata unas historias que son
absolutamente típicas de la costa Caribe colombiana, con
esa magia y esa inverosimilitud que a veces tienen sus historias.
Su obra es encantadora.
Pienso que el último libro, Memoria de mis putas tristes,
es en el que menos imaginación él desarrolla, creo
que le hace falta el aire del Caribe, la brisa caribeña.
Para las letras españolas, Gabriel García Márquez
es el mejor escritor vivo que tenemos actualmente y para Colombia,
pues el gran orgullo de tener el Premio Nobel de Literatura y
semejante premio Nobel, porque hay muchos ganadores que no permean
la lectura de miles y miles de personas como ha sido el caso de
García Márquez, que ha sido traducido a varios idiomas.
Lo siento muy cercano a Colombia. Lo que pasa es que aquí
es un personaje y a él le encanta ser anónimo, cosa
que medio logra en México".
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