Gabito
en la ancianidad
Los
pasos de un hombre que ha sabido vivir, de un soñador de
siempre.
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| El
autor de Cien años de soledad, parece incansable, incluso
ahora, a sus 80 años de vida. |
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| Desde
hace varias décadas, Gabriel García Márquez
vive en México. Cuando viaja a Colombia generalmente
está en Cartagena. |
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| En
1982 fue reconocido con el Nobel de Literatura. |
Por
Gustavo
Arango
Cien años parece ser el límite de la resistencia humana.
Son muy pocos los que llegan a esas alturas y siguen de largo.
Incluso llegar a los noventa es una hazaña reservada a
pocos héroes. Los ochenta, por su parte, son como la adolescencia
de la ancianidad. A esa edad misteriosa, mezcla de fortaleza y
fragilidad, llegará el próximo martes Gabriel García
Márquez o, mejor, Gabito, porque -según él-
siempre ha sentido que ése es su verdadero nombre.
Su cumpleaños será parte de las múltiples
celebraciones que le esperan este año. En el agitado 2007
se cumplen también un cuarto de siglo de la concesión
del Premio Nobel, cuarenta años de la publicación
de su novela más famosa, y sesenta de la publicación
de su primer cuento.
Pocos escritores han podido darse el lujo de recibir los honores
que Gabito ha recibido y seguirá recibiendo. Este año,
además del homenaje en el Festival de Cine de Cartagena,
será agasajado en el Congreso de la Lengua. Para la ocasión
saldrá publicada una edición conmemorativa de Cien
años de soledad, honor que hace dos años tuvo Cervantes,
uno de los autores con quienes se le compara.
Cumplir años siempre invita a los balances, a mirar los
altibajos del camino. Algunas veces Gabito estuvo a punto de renunciar
a su vocación literaria. Durante un tiempo su origen caribeño
y su estilo fueron motivo de exclusiones. Sus amistades políticas
han sido igualmente criticadas. La aceptación en su país
sólo empezó a llegarle cuando en otros países
lo valoraron.
Sus logros desmesurados invitan a la descalificación envidiosa
y es fácil querer culparlo de lo que otros no han hecho
o no han recibido. Pero esas sombras se hacen menos oscuras cuando
se observa en perspectiva y se descubre que no ha habido en Colombia
un ejemplo como el suyo de entrega al oficio artístico,
capaz de influir en todas las esferas de la sociedad.
Cuando los pulmones empiezan a verse en apuros con las velitas,
es posible ver más claro el legado de este hombre que ha
tenido la fortuna de disfrutar de la gloria sin ser de bronce
o de mármol.
La primera publicación
A finales de 1947 Gabito era un mediocre estudiante de Derecho
en Bogotá, lleno de pesadillas y de temor a morirse. Tenía
veinte años y se sentía acobardado con la frialdad
del altiplano. El tiempo lo gastaba en lecturas y en planes de
evasión. Un día leyó una nota de Eduardo
Zalamea, en El Espectador, en la que preguntaba dónde estaban
los nuevos talentos de la literatura colombiana. Gabito se dio
por aludido.
Pasó varios días escribiendo un drama introspectivo
con visibles influencias de Franz Kafka. El cuento se llamaba
La tercera resignación.
Limitado por una timidez que no ha podido vencer, Gabito dejó
el cuento en la puerta del edificio. Al domingo siguiente se vio
en apuros para conseguir los cinco centavos que costaba el periódico
con su cuento publicado.
Esa noche hubo fiesta en la pensión de estudiantes costeños
donde vivía. Pero Gabito estaba más asustado que
contento. El cuento, al releerlo, le pareció malo. No dejó
de notar que muchos de los que celebraban su proeza no tenían
idea de lo que decía el cuento.
La novela total
Veinte años después, Gabito volvió a vivir
una experiencia triunfal. La alegría llegó cuando
casi había renunciado a encontrarla. Nunca había
terminado sus estudios de Derecho.
Abandonó Bogotá tras los disturbios de abril del
48. Paseó su pobreza de aprendiz entre Barranquilla y Cartagena,
donde tuvo experiencias y encontró amigos definitivos para
su vocación. Muchas cosas le debe a esos años de
paria en su propia tierra: la convicción de que sería
un escritor, no cualquiera, sino uno de los grandes, y la conciencia
de la riqueza de la cultura popular del Caribe. Ya entonces tenía
la idea de escribir una gran novela, pero tendría que esperar
casi veinte años para lograrlo.
A comienzos de los cincuenta volvió a Bogotá para
ser reportero de El Espectador. Tuvo la suerte de que lo enviaran
a Europa poco antes de que cerraran el periódico y decidió
quedarse a aguantar hambre en París, la Meca de los literatos.
Allí escribió como loco, conjurando influencias,
mezclando fantasmas del pasado con sus propias obsesiones. Logró
escribir algunos cuentos y novelas que serían más
admirados si él mismo no hubiera escrito cosas mejores.
Después pasó un tiempo como periodista en Venezuela
y, más tarde, trabajó para Prensa Latina, la agencia
de noticias de la revolución cubana. Vivió unos
meses en Nueva York, como corresponsal de Prensa Latina, pero
decidió marcharse ante la hostilidad de los cubanos seguidores
de Batista. Acompañado por su esposa, Mercedes, y sus dos
hijos recorrió en autobús el sur de los Estados
Unidos. Quería conocer los escenarios de las novelas de
Faulkner, su maestro. Finalmente llegó a México,
donde empezó a desistir de tener una carrera literaria.
En México hizo de todo un poco. Fue guionista de cine.
Trabajó en agencias de publicidad. Descubrió maneras
más cómodas de ganarse la vida, en lugar de escribir
libros que casi nadie leía. Pero un día ocurrió
la revelación.
Viajaba con su familia rumbo a Acapulco cuando recordó
la forma como su abuela Tranquilina le contaba historias cuando
era niño. Supo que así tenía que escribir
la novela total que llevaba en la cabeza desde que descubrió
su vocación. Al regresar a su casa en ciudad de México
le entregó a su esposa el dinero que tenía y le
pidió que se encargara de los asuntos de la casa.
Tardó año y medio en escribir la novela, fumando
sin parar, encerrado hasta dieciséis horas diarias en el
cuarto al que llamaba "La cueva de la mafia". Cuando
puso punto final, las deudas eran tantas que tuvieron que empeñar
la licuadora para enviar la novela a la editorial en Argentina.
-Ahora sólo falta que la hijueputa novela sea mala -dijo
Mercedes Barcha cuando por fin lograron enviarla. Cien años
de soledad salió publicada en junio de 1967 y fue un éxito
inmediato. Dos meses más tarde ya iba por la tercera edición.
Cuarenta años después se calcula que -incluidas
las ediciones piratas y traducciones- se han vendido cerca de
cien millones de copias. A finales de aquel año Gabito
era uno de los escritores latinoamericanos más renombrados
y las deudas empezaban a borrarse.
La soledad de América Latina
Un jueves de octubre de 1982 llegó la noticia que muchos
esperaban. La Academia Sueca le confirió el Premio Nobel
de Literatura. En su discurso de aceptación Gabito rindió
homenaje a William Faulkner, quien le enseñó, entre
otras cosas, que el artista debe hacerle rasguños al olvido
que duren por milenios. Habló de la riqueza humana de América
Latina, de su capacidad para vencer la incomprensión y
proponer sociedades distintas.
Después de la publicación de Cien años de
soledad, quince años atrás, los problemas económicos
habían empezado a ser cosa del pasado. Un día, cuando
vivía con su familia en Barcelona, llegó a casa
con una maleta repleta de dinero y jugó con sus hijos a
revolcarse en los billetes.
Pero pronto descubrió que la fama había decidido
hostigarlo, como antes lo había hecho la pobreza. También
pesaba sobre él la incertidumbre sobre si sería
capaz de escribir una novela mejor que la anterior. Se dice que
fue entonces cuando empezó a demostrar su verdadera fortaleza
de carácter.
En 1975 publicó una novela extraordinaria que pocos han
leído y menos han entendido. A comienzos de los ochentas,
la Academia sueca le preguntó discretamente si era verdad
que no pensaba volver a publicar hasta que Pinochet dejara el
poder en Chile y él respondió publicando Crónica
de una muerte anunciada.
Al año siguiente estaba en Estocolmo, vestido con un liquiliqui
como el que usaba su abuelo, con una flor amarilla en la mano,
tratando así de conjurar la aparente maldición que
recaía sobre los que recibían el premio: la de morir
en los siguientes siete años.
El aprendiz de anciano
Veinticinco años después del Premio Nobel, Gabito
sigue campante. Ha publicado un montón de libros, entre
ellos su favorito: El amor en los tiempos del cólera. Ha
apoyado el trabajo de cineastas y periodistas de toda Latinoamérica.
Ha sido diplomático informal. Ha derrotado el cáncer.
Dejó inconcluso un libro porque tuvo la certeza de que
se moriría al terminarlo.
Su última novela habla de un anciano de moral cuestionable
que sigue de largo por la vida después de los noventa.
En su libro de memorias habla de su disposición a comerse
crudos los años que le faltan para "cumplir los primeros
cien". La información en sus genes parece favorecerlo.
Su madre murió a los 97, después de haberle dado
una lección de humildad a la altura de su fama.
Una noche de diciembre de 1997, tuve la oportunidad de ver un
encuentro entre Gabito y su madre, en Cartagena. La mujer se balanceaba
tranquila en una silla, vestida de blanco impecable, con un aire
de niña. Allí llegó Gabito a visitarla, pero
su madre no lo reconoció.
Cuando las hermanas le dijeron que ese desconocido era Gabito,
ella repitió el nombre un par de veces, fingiendo haberlo
recordado. Pero era un hecho que el más grande escritor
vivo, según lo proclamó un grupo de expertos, el
más reconocido de los colombianos, era un desconocido para
su madre, un simple parroquiano que pasó a saludarla.
-Ahí están perdidos mis recuerdos- me dijo Gabito
aquella noche.
Pero esas son anécdotas para aderezar perfiles conmemorativos.
Lo cierto es que al llegar a los ochenta, Gabito parece haber
olvidado el temor a morir que tanto lo torturaba cuando era joven.
Tal vez la vitalidad y el aire relajado que ahora tiene se los
debe a la convicción de que ha logrado hacer unos rasguños
milenarios sobre la piel del olvido.
Contexto
Gabriel García Márquez ejerce una especial atracción
sobre escritores y estudiosos de la literatura en diferentes países.
Cada vez su obra es estudiada más a fondo, y si se tiene
en cuenta que en ella el relato de ficción, en novelas
y cuentos; los informes periodísticos, la crítica,
están presentes, la posibilidad de análisis se hace
casi infinita por las múltiples lecturas que proponen sus
textos.
Invitamos a una de esas personas estudiosa de esta obra: Gustavo
Arango es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad
de Oneonta, Nueva York, y ha escrito novelas y cuentos.
Su libro Un ramo de no me olvides recogió lo realizado
por el creador de Macondo, durante su estadía como periodista
en el diario El Universal, de Cartagena.
Gustavo sabe tanto de García Márquez, que algún
día, durante una de sus charlas, el Nobel le pidió
que le recordara un dato sobre su vida, una fecha, un nombre,
que había olvidado.
Aquí nos ofrece un perfil muy completo del hombre que
nació en Aracataca, que vive en México y que permanece
pocos días en Colombia.
Un hombre que con el paso del tiempo no ha dejado de ser supersticioso
y que se lo ve como un "come años". El autor
de Cien años de soledad celebra y lo celebran.
Los escritores opinan
Ricardo Silva, escritor colombiano
¿Cuál es la imagen que tiene de Gabriel
García Márquez?
"La de un gran maestro de la literatura que nos ha enseñado,
en sus maravillosos libros, sus cuentos, sus crónicas,
sus novelas, a desconfiar del personaje público en el que
se ha dejado convertir con el paso de los años".
¿Ha influido en su obra?
"Claro que sí. Los primeros párrafos, las primeras
líneas de sus relatos, le enseñan a uno todo lo
que se puede aprender de narración".
Antonio Ungar, escritor colombiano
¿Cuál es la imagen que tiene de Gabriel
García Márquez?
"Un grandísimo escritor. Es una lástima que
no haya dejado de escribir hace unos años, cuando dejó
de tener que contar".
¿Ha influido en su obra?
No. Sí me influenció en cambio su actitud de querer
entender el entorno inmediato y la historia de su pueblo".
Rosa Montero, escritora española
"La ambición de todo escritor consiste en conseguir
nombrar el mundo de manera diferente, en traducir la realidad
a tus propias palabras, y García Márquez es uno
de los pocos que han logrado hacerlo.
Su estilo cantarín y barroco no es de los que más
me gustan personalmente, pero sus libros ampliaron la descripción
de las cosas y crearon una nueva mirada sobre la vida, un mirada
tan potente que ha sido imitada hasta la saciedad. Sin duda es
un grandísimo escritor".
Santiago Gamboa, Escritor colombiano
"La imagen que tengo de Gabriel García Márquez
es la de un colombiano que con la fuerza de su talento literario
convirtió un rincón del mundo en un territorio universal,
que hoy le pertenece a todos los lectores del planeta, a los de
hoy y a los que vendrán.
No sabemos nada del futuro, pero yo sé que en el año
3.000, si es que el mundo no se ha destruido, habrá seres
humanos que continuarán conmovidos por la saga de los Buendía
y que soñarán con haber estado en Macondo.
Su estética es muy diferente de la mía, pero he
aprendido de él que la vocación en literatura sólo
puede ser concebida como una fuerza obsesiva que desplaza las
demás actividades humanas y que es la labor más
alta a la que puede aspirar una persona. Su literatura es generosa,
abundante y rica. Un acto de amor hacia cada uno de sus lectores".
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