El Nobel, tan cerca del cine

Por
Orlando Mora


El director de cine Roman Polanski y el escritor colombiano Gabriel Garcia Márquez, el 13 de diciembre de 2002, durante la clausura del XXIV Festival Internacional de Cine de Cuba. Apoyo incondicional a ese encuentro.
1. En este pueblo no hay ladrones, dirigida por Roberto Isaacs.
2. El gallo de oro, una película dirigida por Roberto Gavaldón. En la realización del guión participaron Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes.
3. Fábula de la bella palomera, dirigida por Ruy Guerra.
Imagen de la cinta Tiempo de morir, en una versión del director colombiano Jorge Alí Triana.
García Márquez y Álvaro Cepeda Samudio (con el balón) hicieron el guión de La langosta azul. En la imagen, a la izquierda, el artista Alejandro Obregón.
1- Ornella Muti en Crónica de una muerte anunciada.
2- Tiempo de morir, una cinta dirigida por Arturo Ripstein.
3- El coronel no tiene quién le escriba, dirigida por Arturo Ripstein.
En algunas entrevistas y en diálogos con sus amigos Gabriel García Márquez ha reconocido su vocación de músico frustrado, queriendo subrayar la importancia y el valor que le reconoce a toda la música, la popular y la culta, algo que aparece con claridad en muchos de sus artículos periodísticos de 1948 en adelante.

Seguramente no podrá predicar igual frustración respecto del cine, con el que ha mantenido un contacto permanente desde su juventud, pero tengo la impresión de que en el fondo el Nobel guarda la conciencia de que no alcanzó a llegar en ese terreno a las alturas deseadas. Por lo menos es evidente que su vuelo como hombre de cine nunca rozó las cumbres que conoció en su oficio literario y que lo tienen hoy en vida como a un clásico de la literatura universal.

No obstante la anterior constatación, hay que admitir que la brega librada por el colombiano en el campo del cine ha sido larga, constante y plagada de logros y realizaciones nada desdeñables, así las poderosas luces de su carrera de narrador la oculten a veces y dejen en muchos la falsa impresión de que su incursión en esos terrenos no ha sido fructífera.

A lo mejor esa equivocada percepción obedece a que por lo general se juzga esa participación a partir de las dificultades evidentes y por lo general insalvables que han tenido sus guiones y argumentos para el cine, olvidando quizá que las relaciones del escritor con el medio cinematográfico desbordan ese único punto de contacto.

A título de simple introducción a un tema que merece una reflexión más amplia, vamos a desagregar el asunto de los contactos de Gabriel García Márquez con el cine en tres apartados diferentes, los que mirados en su conjunto sirven para apreciar y colocar en su punto los aportes del autor de Cien años de soledad en este campo.

García Márquez y la crítica de cine
Desde sus primeras colaboraciones periodísticas en El Universal en 1948 es fácil identificar el interés que el cine despertaba en el escritor y el peso que le atribuía como medio artístico, deslindando su poder de expresión y comunicación del habitual manejo comercial que le daba la industria norteamericana.

En El Heraldo en el año de 1950 García Márquez pública una crítica sobre la película Ladrón de bicicletas, de Vittorio De Sica, en una reseña que, no obstante su brevedad, resulta ilustrativa de los gustos del escritor en esta materia y que anunciaba la admiración que siempre profesó por el movimiento neorrealista italiano.

Pero es en el período en El Espectador en el año 1954 y mitad de 1955 cuando García Márquez desarrolla su mayor actividad de crítico de cine, con una columna regular en la que reseñaba los estrenos de la semana en Bogotá, quizá la primera que de verdadera crítica se publicó de manera constante en un periódico nacional.

En esas reseñas el escritor se ocupa del cine con la misma seriedad con que escribe de literatura o de la vida, haciendo énfasis en el trabajo de los directores y refiriéndose a ellos como verdaderos autores. "La apabullante astucia narrativa de Hitchcock, que sabe decir con la cámara muchas cosas útiles, muchas cosas asombrosas e inteligentes que no podrían ser dichas con ningún elemento distinto a la cámara", apunta en su nota sobre La llamada fatal del director inglés.

Más allá de lo acertado o no del criterio con que García Márquez se enfrentó a muchas de las películas de esos años, lo importante es que él y su generación (especialmente Hernando Valencia Goelkel y Jorge Gaitán Durán) fundan prácticamente la crítica de cine en Colombia, ejerciéndola a partir de una perspectiva cultural amplia y mostrando una curiosa y valiosa simultaneidad con la que en ese momento hacían en Francia André Bazin, Francois Truffaut y demás creadores de la crítica de cine moderna.

García Márquez y los guiones
Fue mucho lo que Gabriel García Márquez aprendió de cine en sus lecturas y en los meses en que ejerció de crítico permanente. A ese bagaje debe agregarse la experiencia adquirida en los meses pasados en el Centro Experimental de Roma, al que viajó siguiendo, a lo mejor inconscientemente, los rastros del neorrealismo italiano.

Con una vocación ya definida y consolidada de escritor, el colombiano se marcha a México y su llegada coincide con un momento de ebullición creativa alrededor del cine, en los días en que guionistas y directores de ese país querían romper con el férreo monopolio que los sindicatos tenían en el manejo de la producción cinematográfica.

Amigo de Luis Buñuel, de Carlos Fuentes, de Juan Rulfo, colabora con el segundo en el guión de El gallo de oro, de Rulfo, que dirige Roberto Gavaldón. Por los mismos días el realizador Alberto Isaac, uno de los pioneros del nuevo cine mexicano, le propone adaptar uno de los cuentos de Los funerales de la Mama Grande, en cuyo guión trabaja junto al director y a Emilio García Riera. En este pueblo no hay ladrones (1964) se convierte en un título fundamental en el panorama del joven cine de México y en uno de los primeros trabajos creativos en ese campo de García Márquez.

Viene luego su guión con resonancias de western de Tiempo de morir, llevado a la pantalla por el joven Arturo Ripstein, con el que recuerdo subió al escenario en el festival de Cartagena, en años en que el colombiano aparecía en ese evento con sus guayaberas de colores y formando parte de las delegaciones mexicanas.

A partir del año de 1965 y de Tiempo de morir la historia de los guiones sobre cuentos, novelas e ideas de Gabriel García Márquez es larga y su simple mención desbordaría los límites de esta nota. Lo interesante es destacar que la literatura del colombiano ha despertado siempre en muchos directores la curiosidad y el deseo de enfrentar el desafío de trasladar al cine su esplendorosa escritura.

Sin embargo y a pesar de títulos como En este pueblo no hay ladrones, La fábula de la bella palomera, Milagro en Roma y otras pocas, hay que decir que la mayor parte de las experiencias de adaptaciones o desarrollos de ideas de García Márquez han resultado fallidas hasta el presente. El enigma que plantea la literatura del Nobel colombiano sigue siendo indescifrable para los realizadores de cine y contra ella se han estrellado autores casi infalibles como el italiano Francesco Rosi con su Crónica de una muerte anunciada.

La clave de esos fracasos se encuentra en la dificultad, en la casi imposibilidad de crear equivalencias entre las hermosas y poderosas imágenes literarias del escritor y las imágenes necesariamente concretas del cine. El medio cinematográfico arrastra una carga de realidad, de exigencia de verosimilitud que hace que el espectador se distancie y quede por fuera de propuestas que desafíen, quiebren o vulneren la impresión de realidad.

El tema de si el mundo del realismo mágico de Gabriel García Márquez resulta inabordable para el cine es demasiado complejo y por hoy basta con dejarlo planteado. A lo que sí obliga la esperanza es a confiar en su viabilidad, en especial si se recuerda que existe un filme italiano que el novelista admira bastante y en el que está plasmado mucho de lo que sería el universo de García Márquez en el cine y es Milagro en Milán, de Vittorio De Sica, una obra que mezcla realidad y fantasía en unos términos bastantes cercanos a los propios y característicos del escritor.

García Márquez, el promotor
La participación del colombiano en el cine va más allá de sus textos críticos, de sus incursiones con guiones propios y de las adaptaciones o versiones de terceros sobre obras o ideas suyas. Gabriel García Márquez ha asumido en este campo su condición de latinoamericano con una lucidez y un empeño admirables, buscando colocar su prestigio al servicio del desarrollo y la promoción del cine de la región.

Su intervención en la creación de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano fue definitiva y a través de ella lideró muchas luchas en beneficio del reconocimiento y la difusión de nuestras cinematografías, ofreciendo de manera generosa su nombre y con frecuencia su dinero para la realización de actividades en muy diversos terrenos.

También han sido notables el respaldo continuo ofrecido al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana, la creación de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños y la organización de eventos teóricos y prácticos en distintos lugares del continente, procurando siempre crear una conciencia acerca de las dificultades de hacer cine en nuestros países y, al mismo tiempo, la urgencia y la necesidad de hacerlo.

Las actividades de la Fundación se extendieron al campo de la producción y la serie Amores difíciles, que incluyó un total de seis películas, fue financiada por Televisión Española S.A con el auspicio y la coordinación de la Fundación, un proyecto que incluyó títulos admirables como La fábula de la bella palomera, de Rui Guerra, y Milagro en Roma, del colombiano Lisandro Duque..

Profesor de guión en la Escuela de San Antonio de los Baños con su curso Cómo se cuenta un cuento, benefactor del cineasta chileno Miguel Littin en su aventura por el Chile de Pinochet, Gabriel García Márquez también acompañó por varios años a Víctor Nieto en el esfuerzo por reencontrar los caminos perdidos en el Festival de Cine de Cartagena.

Contexto
El escritor Gabriel García Márquez ha estado muy ligado al cine. El apoyo a algunas producciones internacionales, la cercanía con algunos directores, y con la escuela de cine en Cuba y su festival, hacen parte de una relación constante que no ha tenido punto final.

Ha sido guionista, ficciones suyas se han convertido en películas. Escribió en alguna época artículos sobre el acontecer cinematográfico.

El crítico de cine Orlando Mora, revisa aquí parte de esa historia que está llena de vitalidad. Y observa al Nobel desde tres aspectos, como crítico, como guionista y como promotor.
La langosta azul, una producción de tono surrealista, realizada por el llamado Grupo de Barranquilla, tiene su firma como guionista en un trabajo realizado al lado del también escritor Álvaro Cepeda Samudio, que fue uno de sus grandes amigos.

En la cinta El Gallo de oro, dirigida por el mexicano Roberto Gavaldón, la adaptación del guión la hizo con Carlos Fuentes.

Obras suyas han sido inspiradoras y se han llevado a la pantalla, algunas con mayor éxito que otras, pues capturar el lenguaje de Gabo no es fácil. Entre ellas están En este pueblo no hay ladrones, Tiempo de morir, Un señor muy viejo con unas alas enormes, El coronel no tiene quien le escriba...




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