 |
| Juan
Fernando Cano | En la troncal, a una hora de Santa Marta,
está Aracataca. Atrás ha quedado Ciénaga,
la zona bananera. |
 |
| Juan
Fernando Cano | El tren carbonero atraviesa el paisaje de
Aracataca en su paso de La Jagua de Ibirico a Santa Marta
o viceversa. Hace años era el tren de pasajeros y el
de carga de fruta. |
 |
| Juan
Fernando Cano | A Feyo Correa, García Márquez
le lleva dos años de edad. Fueron vecinos. Sus casas
quedaban una diagonal a la otra. |
 |
| Juan
Fernando Cano | Primera máquina de escribir de García
Márquez, en la Casa Museo. |
 |
| Juan
Fernando Cano | El Ministerio de Cultura aporta 400 millones
de pesos para la reconstrucción de la Casa. En la imagen,
la vieja vivienda, en tabla y con techos de zinc, que será
la primera en transformarse, con planos elaborados hace quince
años por estudiantes de arquitectura de Cartagena,
asesorados por Gabriel García Márquez y su madre,
Luisa Santiaga. |
 |
| Juan
Fernando Cano | “La esperanza es el gallo”, repetía
el personaje central de El Coronel no tiene quien le escriba.
Pero en su ausencia su esposa, enferma y agobiada por el hambre,
lo echó a la olla para comérselo. |
 |
| Juan
Fernando Cano | Los cataqueros viven de la agricultura y el
comercio. En la foto, uno de los edificios más antiguos
del municipio, construido en 1927. Esta situado en Cuatro
Esquinas. Una cuadra al fondo está el mercado. |
La sombra de
Gabo en Aracataca
Crónica
que narra la vida de un municipio, alrededor de la figura del Nobel.
Por
John
Saldarriaga
Al mediodía, cuando termina la jornada escolar, los niños
que salen de las escuelas no obedecen la señal de "PARE"
que muestran los guardias de la Estación de Aracataca cuando
va a pasar el tren carbonero.
Al contrario, como si la tableta que portaran esos hombres vestidos
de azul dijera «SIGA», ellos corren para pasar la
línea férrea por delante de la locomotora, desafiantes,
juguetones, a pesar de que esa metálica serpiente es una
caravana casi interminable, conformada por 120 vagones cargados
que avanzan raudos, mucho más rápido que los que
cruzaban esos campos hace medio siglo transportando el banano.
No obedecen, a pesar de que su paso, una o dos veces cada hora,
de día y de noche, es la materialización más
concreta de la idea de rapidez que existe en Macondo.
Las sirenas de la máquina anuncian prematuramente su paso
inundando el ambiente lento, atravesando como daga el aire soporífero
que se sostiene en seres animados e inanimados como una manta
invisible y pesada bajo el cielo azul y sin nubes. Ese sonido
intenso de corneta se escucha en todos los rincones del pueblo.
Lo oyen en el centro de calles pavimentadas que se colman, no
de burros, sino de motocicletas y ciclotaxis; lo escuchan algunos
indios wayú que se la pasan sentados tomando cerveza y
mambeando coca en el Puente de los Varados; lo oyen los chicos
que se internan sin camisa en las aguas de la acequia que le sacaron
hace un siglo al río Aracataca para regadío, poniéndose
ante los ojos un fragmento informe de vidrio plano para ver en
el fondo elementos de hierro y bronce, como cadenas y candados,
que recuperan para venderlos en la compraventa de deshechos; lo
escuchan los jugadores de arrancón -una forma del remis-,
que han pasado desde hace sesenta años sentados en la calle
detrás del mercado todos los días de diez de la
mañana a once de la noche, relevándose de generación
en generación, bajo los ojos de su fundadora, Josefina,
que cada media hora saca del case 500 pesos como pago de alquiler
del juego y el espacio; lo oyen los sembradores de palma africana
que desplaza lentamente al banano... En fin, esa sirena se ha
convertido en parte de la vida cotidiana de esta población,
en música de fondo para esos 60 mil habitantes que se revuelven
bajo la canícula.
Es el tren de la Drummond, la compañía extranjera
que explota las minas del negro mineral en La Jagua de Ibirico,
Cesar, y lo conduce al puerto en Santa Marta para sacarlo por
mar al exterior.
El Feyo
Alfredo Correa, el Feyo, la oye en su casa situada al pie de la
manga destinada a las corralejas de julio. Es viernes. Él
está apenas reponiéndose de una pea memorable que
ha alentado en el Carnaval de Barranquilla -no se queda en los
de Aracataca porque en Curramba hay más que ver-.
El octogenario roble no tiembla ni presenta efectos visibles
de resaca, pero afirma que a esta edad no es lo mismo que cuando
era joven.
Es hermano del mejor amigo de Gabriel García Márquez,
Luis Carmelo, "que aparece mencionado en Vivir para contarla".
Pero tras la muerte de éste hace tres años, víctima
de una diabetes que había obligado ya la amputación
de una pierna, todos lo buscan para que cuente historias del escritor.
Total, él también hizo parte de ese grupo de amigos.
Su familia era vecina de la del hijo de la niña Luisa Santiaga;
sus casas estaban situadas una diagonal a la otra en la Avenida
de Monseñor Espejo, a una cuadra del parque central.
En la calle, pocos son los que osan desafiar ese Sol que detiene
los termómetros en 40°C. Bajo la sombra de los almendros,
los mayores descabezan un sueñecito corto arrullados por
el piar de los chupahuevos.
Por su parte, Feyo, en la sala de su casa, se sienta a existir
en una silla macondiana fabricada en madera de canalete por él
mismo en su taller de ebanista situado en el solar trasero de
su casa -cuyo techo lo forman dos mangos- y bautizada por él
de este modo porque es única -elaborada en largueros cepillados,
con el asiento en declive que forma un ángulo recto con
el espaldar tirado hacia atrás, consiguiendo que quien
se siente apoye también la espalda-. Evoca aquellos tiempos
con una frescura tal, que quien lo escucha debe estar repitiéndose
que ocurrieron hace 70 años para no llamarse a engaños.
"Gabito se crió con la familia de la niña
Luisa, como le decíamos a su mamá en esos tiempos
en que, no sé, éramos más educados para tratar
a los mayores. Como eran de raza guajira, más bien sedentarios
y serios, encerraban al niño a las seis de la tarde y él
se quedaba escuchando las historias de sus tías referentes
a las vivencias de su padre, el Coronel Márquez".
Feyo hace una pausa antes de agregar: "Gabito siempre tenía
zapatos".
Eran tiempos de bonanza en Aracataca. Éste era un pueblo
tan grande como Fundación, en el que despilfarraban la
plata. Los viejos todavía recuerdan a un guajiro que llegaba
los viernes con una mochila llena de dinero para pagarle a los
trabajadores de las bananeras. Y no faltaba quien, en el baile
de la cumbia, liara las espermas encendidas con billetes.
El creador de la silla macondiana se incorpora para ir a extraer
de un cajón de una cómoda en la habitación
contigua fotografías históricas. En una de ellas
-que por cierto le regaló García Márquez-
aparece el autor de La Hojarasca, al lado del compositor Rafael
Escalona, el periodista Álvaro Cepeda Samudio y el pintor
Jaime Molina, de pie, tomándose unos tragos. En el reverso
de la foto, la dedicatoria escrita a mano: "Para Feyo, de
su hermano mayor Gabriel G. M."
Y con ella ante sus ojos, dice que Escalona no cuenta la verdad,
o por lo menos la deja incompleta, con respecto al Festival de
la Leyenda Vallenata. Pues ese Festival nació en Aracataca
en 1966; no en Valledupar.
"Un día estábamos tomándonos unos tragos
mis hermanos, el maestro Escalona y yo, cuando llamó Gabito.
Contestó Luis Carmelo. "¿Lucho, con quién
estás? Espérame que voy a huir de unos periodistas
que me tienen cansado". Y se apareció en la casa.
Entre tanto hablar, Escalona le dijo que estaba interesado en
que él oyera sus paseos. "Ajá, pero no de cualquier
manera -respondió Gabito-: ¡Hagamos una parranda!
Y así se hizo. Participaron agrupaciones locales y de pueblos
vecinos y se fundó el Festival, en Aracataca".
Víctor, apodado el Chimila, cuidandero nocturno de la
Casa Museo Gabriel García Márquez, interviene en
este punto: "Déjeme recordar quién fue el Rey
Vallenato esa vez... Era ese tipo bajito, creo que de Valledupar,
Julio de la Ossa..."
Feyo dice que tal vez el compositor de La casa en el aire y Consuelo
Araujo Noguera, La Cacica, tuvieron más visión de
futuro y mercadearon de mejor manera el Festival para la capital
del Cesar.
La sirena de otro tren vuelve a escucharse. Esta vez Feyo y Chimila
están en el taller de ebanistería. Cuatro gallinas
dan vueltas por ahí. En el solar de otra casa se ve a una
vecina, una toalla anudada en el pecho por todo vestido, lavando
ropa.
Y mientras aquél barniza una silla macondiana a la que
cambió un larguero y ajustó tornillos esta mañana,
va recordando lo supersticioso que ha sido Gabito. Refiere una
anécdota en la que éste abandonó el grupo
de amigos junto a la casa del doctor Barbosa, un boticario que
recetaba medicamentos a los enfermos, para internarse en un matorral
urgido por un estómago indómito. Y que no pasaron
cinco minutos antes de que regresara raudo, pálido y sudoroso,
diciendo que le habían salido los animes y lo habían
levantado a piedra.
"Los animes son como los duendes", explica. "Sí,
yo sé -complementa el Chimila-. Hay quienes saben cosas
y son capaces de esclavizar animes. Los guardan en un calabazo
y contratan, digamos, la preparación de un terreno para
sembrar arroz. Liberan esos seres, les dan la orden y ellos obedecen
corriendo.
El que pase por ahí cerca escucha un ruido como de cincuenta
hombres echando machete, tumbando árboles y hasta ve caer
los troncos y no se da cuenta quiénes están haciendo
todo aquello. Sólo ven al tipo ahí, impávido.
Y cuando los animes terminan el trabajo, él vuelve a encerrarlos
en el calabacito".
"Sí -añade el primero-. En dos días
hacen el trabajo que un hombre haría en un mes, cobran
más rápido, pero no se enriquecen porque esa es
plata del Diablo. Esa es una maldición".
Apellido
Antes de las tres, Aidée Galán escucha la sirena
del tren, sentada en una silla mecedora un tanto raída
bajo un tejado de zinc instalado adelante de su casa del barrio
El Carmen, que da sombra a su venta de cerveza. Da la espalda
a la calle polvorienta. Los barrios periféricos no tienen
sus vías pavimentadas. Responde sin mirar el saludo de
una vecina: "¡Adiós!"
Es la esposa de Nicolás Ricardo Arias, el único
pariente de Gabriel García Márquez que vive en Aracataca.
Es hijo de Rafael Arias, hermano medio de Luisa Santiaga y como
ésta, hijo del Coronel Márquez, pero no de Tranquilina
Iguarán; por esto no lleva el apellido Márquez sino
el de su madre.
Nicolás Ricardo no para en la casa. Vive más tiempo
en un billar de la Calle Cataquita, a una cuadra de la Calle de
los Turcos.
Aidée es cienaguera. Espanta un poco el sopor para contar
que se conocieron hace más de cuarenta años en Sevilla,
un caserío de la zona bananera, y que le dio dificultad
adaptarse a la vida en Aracataca, apartada de sus viejos y, por
supuesto, sufrió mucho en un tiempo en que a su marido,
que trabajaba en vigilancia, lo trasladaron para el Cesar y ella
fue con él.
Cuenta que el escritor ha venido a saludarlos a esta casa. Hasta
se tomó una fotografía con ellos de espaldas a la
fachada. Pero que no ha vuelto. Serán sus males que no
le dan tregua. Y que su esposo tiene esperanzas de que el ilustre
primo vuelva a visitarlos ahora en el cumpleaños. "¿Que
lo aporrea mucho el viaje de Santa Marta a Aracataca por carretera?
¡Ah, para eso existen los helicópteros!". Y
aprovecha la despavilada para internarse en el fondo de la casa
y lavar algunos trapos.
A las cuatro de la tarde, cuando vuelve a sonar la sirena, en
la gallera dos hombres cortan con tijeras las plumas sobrantes
de dos gallos finos y les calzan las espuelas. Los echan al ruedo
para que, en franca lid, ellos mismos decidan cuál se ganará
el derecho de pelear en la gran noche del día siguiente,
sábado, en la competencia en que llegarán ejemplares
de muchos sitios de la Costa.
Ese sonido encuentra a Adrián Mercado y Rubiela Reyes,
los guías de la Casa Museo Gabriel García Márquez,
ocupados en sus quehaceres. Él levanta los recortes de
prensa que hablan del escritor, adheridos a hojas de icopor, cada
que el viento se cuela por la ventana de la calle y la puerta
que da a un patio interior y juega a descolgarlos de los clavos
de las paredes.
Ella se entretiene con dos turistas alemanes, una mujer y su
hermano, blancos como los icopores, que han permanecido horas
en la casa tratando de ver con sus ojos y tocar con sus manos
las cosas que García Márquez menciona en sus libros.
La visitante no habla español, pero es la que ha leído
las obras. Su hermano no las ha leído, pero es dueño
de unas cuantas palabras en el idioma del autor. De modo que entre
sus señales, su precario español y el precario inglés
de la anfitriona, alcanzan a defenderse. "No, la casa del
doctor Barbosa ya no existe; la tumbaron. Sólo queda una
ventana, la última", le indica.
Rubiela cuenta que le ha escuchado decir al director, Rafael
Darío Jiménez, que en marzo comenzarán las
labores de reconstrucción de la casa, con recursos del
Ministerio. Y como anécdota, que el Nobel no ha sido capaz
de pasar frente a la vivienda en las escasas ocasiones en que
ha visitado el pueblo, por pura nostalgia.
"Él es supersticioso. Un día López
Michelsen le dijo que no regresara a Aracataca para quedarse,
porque le llegaría la muerte".
Calavera
Cuando la sirena vuelve a sonar son las cinco. Y ese sonido de
corneta parece oportuno para subrayar las palabras del sacerdote
en la misa de la iglesia de San José, quien en la homilía
explica que el tiempo de la Cuaresma es un llamado de Dios a los
hombres, convocándolos para un cambio.
Como una decoración impresionista, un cráneo, sostenido
en cúbitos y radios cruzados, todo lo cual cubierto de
cal o yeso, está situado en el suelo, contra la pared,
en la parte de atrás del templo.
"A todos los cataqueros nos bautizaban ahí, en una
pila que había a un lado -explicaría Rafael Darío
Jiménez, posteriormente-. Representa la crucifixión".
Una mujer sale de misa y explica que no, que eso simboliza lo
que quedará de cada uno de nosotros cuando terminen nuestros
acostumbrados malos pasos por este Valle de Lágrimas y
que entonces no vale la pena la vanidad.
Contexto
Gabriel García Márquez dijo alguna vez que escribía
para que sus amigos lo quisieran más y a fe que lo ha conseguido.
En su pueblo, Aracataca, los más de los sesenta mil habitantes,
chicos y grandes, se refieren a él de manera afectuosa.
Le dicen Gabito, como dando a entender que es amigo de todos y
nadie reniega porque no vaya a visitarlos con frecuencia. Encuentran
razones para cada cosa.
Ahora, cuando llega el cumpleaños número 80 del
Premio Nobel, cuarenta de su obra cumbre Cien años de Soledad,
60 de haber escrito su primer cuento y 25 de recibir el máximo
galardón de las letras, EL COLOMBIANO y Generación
quieren regalar a sus lectores una crónica de Aracataca
actual, municipio al que muchos llaman ya con el que el autor
nombró un mundo, Macondo, y hasta en vallas y letreros
oficiales aparecen los dos nombres.
"Macondo no es un lugar -explica Feyo, uno de los personajes
de la crónica- es un estado de ánimo que permite
ver las cosas distintas a lo que son". Allí, un comité
pro celebración, integrado por la Fundación García
Márquez y la Biblioteca Remedios La Bella, adelantan desfiles,
parrandas vallenatas, teatro, danza, lecturas, desde ayer hasta
el martes seis, que es la fecha exacta de la fiesta.
Esta es una historia contada por el periodista John Saldarriaga,
que se pinta con imágenes realizadas por el fotógrafo
Juan Fernando Cano.
|