| Con
el Metro, la justicia ni cojea
Se han hecho esfuerzos para cumplir, pero algo más poderoso
lo impide.
Ha habido
mucho poder ante una justicia no hecha para la alta delincuencia.
La Fiscalía
asegura que la investigación no se ha cerrado para nadie.
Por
Carlos Olimpo Restrepo, Gustavo Adolfo Gallo M., León
Jairo Saldarriaga
Área
Metro
Medellín
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A pesar del paso de los años, las investigaciones penales
y disciplinarias abiertas por las irregularidades ocurridas en la
adjudicación, contratación y construcción del
Metro de Medellín, no han prescrito. Así lo garantizó
un vocero de la Fiscalía General, al precisar que la
investigación no se ha cerrado para nadie, porque no hay
detenidos, y que siguen todas las pesquisas, es decir, está
vigente.
Pero esa lentitud para presentar resultados es la que deja un sabor
de impunidad entre la opinión pública, cuando aún
no se conocen responsabilidades por sobrecostos, como que una obra
contratada en US$ 650 millones terminó valiendo más
de US$ 2.400 millones.
Con el propósito de encontrar razones para esa evidente inoperancia,
EL COLOMBIANO indagó a varios de los contralores, procuradores
y fiscales que han conducido los organismos de control en los últimos
20 años, quienes justifican sus actuaciones.
Uno de los señalamientos contra estos funcionarios es que
ha existido un poder inmenso y oculto que ha llevado a que un estado
de corruptela se haya sobrepuesto al Estado jurídico.
Justicia para el común
Ignacio Mejía Velásquez, jurista y estudioso del tema
Metro, considera que la empresa nació viciada y por
eso tiene el virus allá metido.
Había demasiado poder ante una justicia como la nuestra,
hecha para el delincuente común no para la alta delincuencia.
Una explicación fundamental para que al pasar los años
no se conozcan resultados del tamaño de las denuncias sobre
corrupción que han rodeado la historia del Metro, es que
-asegura- nuestro sistema judicial no estaba ni ha sido hecho para
la alta delincuencia, sino para lo que llama delito común,
como el atraco, el hurto calificado, los problemas pasionales y
pequeños peculados.
Es decir, se ha carecido de una estructura profesional cultural
y de experiencia, incluso para llegar al conocimiento de la forma
como se proceden los delitos en el campo financiero. Esa inferioridad
de la justicia como medio, frente a sus fines, ha sido campo propicio
para la comisión de gravísimos delitos y para su impunidad,
sostiene.
El del Metro es uno de esos casos típicos que marca la inferioridad
de nuestro sistema judicial.
Más aún, Mejía Velásquez anota que esto
también puede decirse del control fiscal, que no estaba preparado
para las altas contrataciones y las formas torcidas que en ellas
se pudieran presentar, sino para las tareas de rutina como exámenes
de cuentas o arqueos de caja.
En criterio del jurista, el control fiscal fue un medio inferior
a sus fines que dejó pasar las graves irregularidades, quizás
en parte por cerrarle los ojos a los delitos cometidos, pero fundamentalmente
por la incapacidad de afrontarlos en el nivel requerido.
Delitos ignorados
¿Pero qué dudas han quedado en la historia del Metro?
Mejía afirma que están las coimas o sobornos que se
han empezado a revelar cuando han prescrito los delitos, pero de
lo cual, desde un primer momento, hubo indicios graves de que funcionarios
de la Procuraduría hicieron que se investigaran esos hechos,
pero sus superiores prefirieron despedirlos. Añade que lo
mismo ocurrió en la Contraloría con funcionarios que
hicieron el examen de la parte fiscal.
De la herencia de irregularidades, Mejía señala la
forma como fueron inflados los costos de ejecución del contrato
en tantos casos, siempre en la confianza de que el Metro no iba
a pagar eso y que de alguna manera el pago le caería a la
Nación. Todo se hacía mediante cuentas adicionales
que ahora son materia de cobro en los arbitramentos.
También destaca los cambios de las bases del contrato, que
constituyeron una violación del sistema de contratación
administrativa, ignorados por las administraciones y los controles
de turno.
Precisa que las propuestas estaban sobre la base de US$ 550 millones,
y la adjudicaron a una de US$ 650 millones con iguales características.
En US$ 100 millones caben cien millones de razones para cometer
irregularidades, reitera. Uno se va encontrando que
lo que no aparecía en el contrato, estaba por fuera en las
comisiones del señor Sarasola, y de quienes le colaboraron
aquí.
La Ley prohibe contratar durante cinco años con el
que se le ha caducado, y para recontratar con el mismo, revocaron
la caducidad y contrataron en condiciones mucho mejores para ellos.
El ex magistrado recalca que aquí nadie conocía de
contratación especial, y si se pregunta a diez personas
del común y aún del sistema judicial, muchos no saben
qué es un contrato llave en mano, lo que demuestra
la inferioridad de la justicia para cumplir sus fines, y la superioridad
de los medios del delito para impedir su acción.
Afirma que puede haber personas en la misma Administración
que concurran a la irregularidad para obtener provecho, pero también
las hay que no disponen de conocimientos, con lo que ayudan al delito
por vía de su incompetencia. Por esa razón estima
que frente al problema han pasado presidentes de la República,
alcaldes, gobernadores, contralores y procuradores, y siguen
derechito.
Nota
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el caso
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