Una noche de luz y alegría
En los barrios hubo un derroche de alegría e ingenio en la
decoración.
La celebración
de las velitas, empañada por el exceso de pólvora.
Rafael González
Colaboración Especial
Medellín
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| Las calles y barrios de Medellín tenían
un denominador común: un niño sentado en una acera
con la cara iluminada de alegría. |
Santiago Acevedo Uribe no paraba de correr. Con una cajita de
fósforos y una vela gastada, que sostenía en su mano
derecha, recorría los escalones que conducen a su casa en
el barrio Las Independencias III.
Sus piernas parecían no dar más. A pesar de su corta
edad, 8 años, se había puesto una misión: desde
las seis de la tarde no dejar apagar ni uno de los 300 faroles que,
junto a sus vecinos, había encendido en la noche del domingo
pasado.
Santiago y varios amigos, todos con el mismo objetivo, iban por
los escalones bajo la mirada atenta y complaciente de sus familiares
quienes, en las aceras de las casas al son de música bailable
y saboreando unos aguardientes, se divertían observando a
los niños.
Ese sector de Las Independencias III, de la comuna 13, parecía
un gran pesebre. Las velas, prendidas a lo largo del sendero, y
la alegría de sus habitantes, le daban la apariencia de un
pueblito alejado de los problemas y los agites de la gran ciudad.
"Saber que podemos departir entre vecinos, sin temor, nos
alegra mucho", dijo Fabio Ochoa, residente del lugar.
En otros lugares de la ciudad la noche de las velitas empezó
sentirse con igual o mayor fuerza que en Las Independencias III.
Faroles a media luz
En el Segundo Parque de Laureles, a las 10:00 de la noche, se percibía
una ambiente de solemnidad. Las familias, y en especial varias parejas
de novios, encendían las velitas con una alegría mesurada.
"Hoy no hay casi gente. Debe ser por el puente festivo",
atinó a decir, con algo de decepción, Luis Óscar
Gómez, vendedor de velas y faroles que labora en el parque.
Una hora más tarde las velitas se fueron apagando y la fiesta
de los niños le dio paso a la rumba de los grandes. En Castilla,
una cuadra conocida como La Tercera, de la que dicen sus habitantes
es la más prendida del barrio, estaba cerrada. Tres ollas
grandes eran vigiladas de cerca por casi 50 personas que bailaban
y de vez en vez preguntaban sobre la suerte del sancocho. "Ya
está listo el billete para las marranadas del 24 y 31. Acá
no descuidamos nada", expresó, orgulloso, John Darío
Echavarría.
Sobre la media noche lo mismo sucedía en Manrique Las Esmeraldas.
Calles cerradas, olor a sancocho y pólvora y equipos de sonido
en las aceras. Desde lo alto de la comuna Nororiental se veía
las luces de los voladores extinguiéndose en la oscuridad
de la noche. Entrada la madrugada todavía se escuchaban las
detonaciones de la pólvora, que abundó en una noche
llamada de luces.
Así se consumieron la noche y las velitas. En las aceras
quedó el recuerdo de la alegría fundida en la esperma
de colores. Y seguro, en su casa de las Independencias, descansaba
tranquilo Santiago. Varias horas atrás había cumplido
su misión.
Con una velita y una cajita de fósforos estaba dándole
calor y luz a los farolitos de sus sueños.
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