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Navidad no es sinónimo de felicidad para todos
Llegó diciembre con su...

El espíritu navideño no es un mito. No hay persona que pueda comprobar que no lo afecta la llegada de las fiestas. Esa tranquilidad y esa sonrisita tatuada que invade a algunos por estas fechas, se traduce para otros en ceños fruncidos y ganas de que se acabe pronto.


Fotos Archivo EL COLOMBIANO

De que existe, existe. No es sólo un invento de Charles Dickens que en su obra clásica Una canción de Navidad convirtió el espíritu navideño en tres fantasmas para ablandarle el corazón a un viejo tacaño.

Aunque en diciembre, en las oficinas se duplica el trabajo, pues hay que dejar las cuentas en orden, pese a los que se siente que se trabaja la mitad. Cualquiera se le apunta a una fiesta aunque sea lunes, cosa a la que muy pocos se le miden el resto del año.

La plata se estira. Se hacen milagros con ella y al final, por lo general, alcanza para regalarle a todos alguna cosa. Los familiares distanciados se reconcilian en muchos casos y hasta el Gobierno le pide tregua a sus enemigos, a lo que estos generalmente dicen que sí.

Pero ¿qué es lo que opera en la mayoría de las mentes que logra que esto suceda?
El sicólogo John Jairo Cárdenas dice que este espíritu a que la cultura lo promueve. Es algo así como un fenómeno de masas: “Esto no es impuesto. Un efecto parecido se alcanza a ver en los días del amor y amistad o de las madres. Estas fechas se desvirtúan de su fin de celebración histórica y de su connotación inicial y entran a hacer parte de la lista de fechas comerciales”.

Según el doctor Cárdenas esta Navidad une a la gente independientemente de sus ideologías sociales o políticas. “La guerra que estamos viviendo ha llevado a que la gente quiera que la Navidad llegue rápido. Además, este año ha sido tan malo que los colombianos no ven la hora de que se acabe. En estas fechas hay como una negación de la realidad y ante los fenómenos de masas la lógica deja de operar”, puntualizó.

A la otra orilla
Al otro lado del río se ubican los que son afectados por el espíritu navideño de manera opuesta. Los que se deprimen, se sienten solos e intentan por todas las formas vivir las fechas especiales -24 y 31 de diciembre- como si fuera cualquier día.

Según una encuesta realizada por EL COLOMBIANO, entre 242 cuidadanos mayores de edad, al 70.7% le gusta la Navidad, mientras que al 29.3% no. También señaló que el 66.5% se ha deprimido.
Gabriel Sierra hace parte del 29.3% que no gusta de estas fechas. “Yo me crié en el campo y entre animales, con la tranquilidad que eso conlleva. Las Navidades eran igualmente tranquilas. Aunque llevo media vida viviendo en Medellín, aún no he podido acostumbrarme a la algarabía, a la música ramplona y la pólvora que son el común denominador por esta época. Por eso un el 24 y el 31 de diciembre me acuesto a la misma hora de los demás días del año”, aseguró enfático el señor Sierra.

Otra que engrosa ese grupo es Adriana Pérez, ella dice: “de sólo pensar que tengo que poner un pie en la calle, me da de todo. Yo quisiera acostarme el primero de diciembre y despertar el quince de enero. De esa forma esquivaría la algarabía, el afán de todo el mundo por llegar más rápido a todos lados y, sobre todo ese falso espíritu de confraternidad que desaparece junto con la época”.
Andrés Galeano asegura que, para él, la Navidad es la peor época del año: “cuando pienso en la palabra Navidad se vienen a mi mente diciembres de fiesta continua en los que ni mi mamá ni mi papá nos prestaban atención por estar de casa en casa y comprando cosas”.

El sacerdote Miguel Mejía hace un llamado a que se recupere el sentido original de estas celebraciones: “el motivo de fiesta de este tiempo es precisamente la conmemoración del natalicio de Jesús en Belén. No se trata de regalar ni de comer y beber en exceso, pues siempre las conductas excesivas ofenden a Dios”.

Queda claro que unos piensan que es la época es maravillosa, otros que no y unos más aseguran que hay una equivocación en la forma de festejar. Otra claridad queda: eso que invade a la gente en diciembre, no se encuentra en ningún lugar. Sólo hay que tener disposición de mirar alrededor y querer verlo y sentirlo.


EL COLOMBIANO/ Juan Carlos Giraldo

 

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