En
Navidad aprendí a cocinar
Por Lila Ochoa
Directora Revista Fucsia
Me piden que hable sobre la Navidad, pero tengo
que confesar que no soy fanática de esas fechas. No compro
papel rojo con estampado de Papá Noel tres meses antes, no
decoro mi casa y detesto la nieve de mentiras.
No sé por qué se me cruzan los sentimientos, pues
por un lado me encanta reunirme con la familia, pero por el otro
creo que el verdadero sentido ha desaparecido y no tengo la energía
ni las ganas de pasarme los días en un centro comercial.
La compra de regalos, la vida social y el tráfico hacen de
esa época una pesadilla.
Claro que no siempre fue así, hasta los
15 años tuve las mejores navidades del mundo. Eran las vacaciones
largas del colegio y el primer día mis hermanos y yo ya teníamos
empacados unos baúles negros en un Cadillac verde que tenía
mi papá, para salir muy temprano hacia la casa de mis abuelos
en Cali. Eran ocho horas de viaje, sin paradas y almorzando en el
carro unos sandúches deliciosos que preparaba mi mamá.
No se podía hablar duro, gritar menos y pelear con los hermanos
estaba prohibido. Eran largas horas de silencio oyendo música
clásica. Todavía guardo esas imágenes en mi
mente como si fuera ayer.
Recuerdo los cambios de vegetación, los
olores y la explosión de color de las flores al borde de
la carretera a medida que íbamos subiendo y bajando la cordillera
para finalmente llegar al Valle. Todavía siento una emoción
profunda cuando regreso y el perfume del pasto elefante, de los
cañaduzales y de los árboles de guayaba me embriagan.
Para mi abuela y mis tías, Navidad era
símbolo de buena comida y las preparaciones empezaban con
semanas de anticipación. Las niñas de la familia aprendimos
a cocinar a su lado cortando cebolla, picando tomate y rellenando
las hayacas. Los diferentes platos que se servían la noche
de Navidad eran una mezcla de tradiciones. Sí, adoptamos
tradiciones venezolanas por cuenta del marido de mi tía;
gringas como el pavo pero esa no sé por qué y payanesas
en honor a mi abuelo que había nacido en el Gran Cauca.
Las tradiciones
El rito de matar el pavo todavía me da pesadillas pues los
niños éramos los encargados de corretear al pavo después
de que mi abuela lo había emborrachado con aguardiente. Los
primos mayores siempre aprovechaban un descuido de mi abuela para
tomarse uno que otro trago y de vez en cuando lo compartían
con nosotros los chiquitos de la familia pues les divertía
vernos medio mareadas. Desde entonces no puedo probar el aguardiente,
eso sin pensar en la suerte del pobre pavo.
Ellos me enseñaron todo: a montar bicicleta,
subir tapias, patinar, tomar trago, bailar y esquiar en el río
Cauca, esquivando las vacas muertas que bajaban traía el
cauce. Uno de ellos fue mi primer amor y creo que me dio el primer
beso. De ese primo ya ni me acuerdo pues no lo veo hace más
de 20 años.
El Árbol de Navidad, la pólvora,
el muñeco de Año viejo todo eso desapareció
cuando mis abuelos murieron y nunca jamás volvimos a pasar
esas fechas en Cali. Me tomó muchos años reconciliarme
con la época. Los que habían sido momentos de absoluta
felicidad se convirtieron en noches frías de soledad en Bogotá
pues mis papás jamás volvieron a celebrarla.
Ahora que tengo hijos aprendí de
nuevo a gozar y a celebrar. Volví a empacar baúles,
esta vez para irme a Anapoima y tomé el lugar de mi abuela.
También mezclo tradiciones para que todos en la familia sientan
que pienso en ellos. Hago el pavo con la receta de la abuela de
mi hija, la natilla, las hojuelas y las brevas rellenas de arequipe
pensando en mi abuelo. Cada uno tiene un plato en su honor y por
ahora, le pido al Niño Jesús que algún día
me dé una nietecita para enseñarle a cocinar.
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