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Archivo particular | Lila Ochoa, graduada en Literatura y Filosofía, es sinónimo de clase y buen gusto. En la pasada edición de Colombiamoda presentó su libro Colombia es moda, una investigación de la historia del vestuario a partir del siglo XIX.
 
 
En Navidad aprendí a cocinar

Por Lila Ochoa
Directora Revista Fucsia

Me piden que hable sobre la Navidad, pero tengo que confesar que no soy fanática de esas fechas. No compro papel rojo con estampado de Papá Noel tres meses antes, no decoro mi casa y detesto la nieve de mentiras.

No sé por qué se me cruzan los sentimientos, pues por un lado me encanta reunirme con la familia, pero por el otro creo que el verdadero sentido ha desaparecido y no tengo la energía ni las ganas de pasarme los días en un centro comercial. La compra de regalos, la vida social y el tráfico hacen de esa época una pesadilla.

Claro que no siempre fue así, hasta los 15 años tuve las mejores navidades del mundo. Eran las vacaciones largas del colegio y el primer día mis hermanos y yo ya teníamos empacados unos baúles negros en un Cadillac verde que tenía mi papá, para salir muy temprano hacia la casa de mis abuelos en Cali. Eran ocho horas de viaje, sin paradas y almorzando en el carro unos sandúches deliciosos que preparaba mi mamá. No se podía hablar duro, gritar menos y pelear con los hermanos estaba prohibido. Eran largas horas de silencio oyendo música clásica. Todavía guardo esas imágenes en mi mente como si fuera ayer.

Recuerdo los cambios de vegetación, los olores y la explosión de color de las flores al borde de la carretera a medida que íbamos subiendo y bajando la cordillera para finalmente llegar al Valle. Todavía siento una emoción profunda cuando regreso y el perfume del pasto elefante, de los cañaduzales y de los árboles de guayaba me embriagan.

Para mi abuela y mis tías, Navidad era símbolo de buena comida y las preparaciones empezaban con semanas de anticipación. Las niñas de la familia aprendimos a cocinar a su lado cortando cebolla, picando tomate y rellenando las hayacas. Los diferentes platos que se servían la noche de Navidad eran una mezcla de tradiciones. Sí, adoptamos tradiciones venezolanas por cuenta del marido de mi tía; gringas como el pavo pero esa no sé por qué y payanesas en honor a mi abuelo que había nacido en el Gran Cauca.

Las tradiciones
El rito de matar el pavo todavía me da pesadillas pues los niños éramos los encargados de corretear al pavo después de que mi abuela lo había emborrachado con aguardiente. Los primos mayores siempre aprovechaban un descuido de mi abuela para tomarse uno que otro trago y de vez en cuando lo compartían con nosotros los chiquitos de la familia pues les divertía vernos medio mareadas. Desde entonces no puedo probar el aguardiente, eso sin pensar en la suerte del pobre pavo.

Ellos me enseñaron todo: a montar bicicleta, subir tapias, patinar, tomar trago, bailar y esquiar en el río Cauca, esquivando las vacas muertas que bajaban traía el cauce. Uno de ellos fue mi primer amor y creo que me dio el primer beso. De ese primo ya ni me acuerdo pues no lo veo hace más de 20 años.

El Árbol de Navidad, la pólvora, el muñeco de Año viejo todo eso desapareció cuando mis abuelos murieron y nunca jamás volvimos a pasar esas fechas en Cali. Me tomó muchos años reconciliarme con la época. Los que habían sido momentos de absoluta felicidad se convirtieron en noches frías de soledad en Bogotá pues mis papás jamás volvieron a celebrarla.

Ahora que tengo hijos aprendí de nuevo a gozar y a celebrar. Volví a empacar baúles, esta vez para irme a Anapoima y tomé el lugar de mi abuela. También mezclo tradiciones para que todos en la familia sientan que pienso en ellos. Hago el pavo con la receta de la abuela de mi hija, la natilla, las hojuelas y las brevas rellenas de arequipe pensando en mi abuelo. Cada uno tiene un plato en su honor y por ahora, le pido al Niño Jesús que algún día me dé una nietecita para enseñarle a cocinar.



 
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