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| AP | El Papa no escatimaba en saludar y
atender en todo aque se le acercara. |
Un papa que sabía bromear
Por
Víctor L. Simpson
Agencia AP
Ciudad del Vaticano, Roma
Yo estaba en un avión, sin afeitar, sucio, con una chaqueta
de safari arrugada y aún empapada por un monzón en
las Seychelles. Así que pensé que tenía que
disculparme ante el Papa Juan Pablo II antes de cenar con él,
explicando que ésta era mi "ropa de trabajo".
"Y ésta es mi ropa de trabajo", respondió
con una sonrisa el pontífice, agarrando su bata blanca.
Fue un momento notable, un papa bromeando y a punto de sentarse
a cenar con un periodista, mientras que sus predecesores fueron
considerados con tal reverencia que eran transportados en tronos.
Desde la noche del 16 de octubre de 1978, cuando el nombre del
cardenal Karol Wojtyla fue anunciado como nuevo Papa -causando
en la plaza de San Pedro expresiones de "¿Quién?",
fue claro que éste sería un papado diferente.
Los 50 reporteros que viajaron con Juan Pablo II en sus peregrinajes
al extranjero tuvieron una imagen especialmente cercana y diferente
del prelado polaco.
Estuvimos a su lado mientras se movió al compás
de música africana en el Congo, cuando hizo una mueca de
dolor cuando guardias de seguridad empujaron a feligreses que
se acercaban demasiado durante su primer viaje de regreso a Polonia,
cuando fue llevado apresuradamente a su avión luego que
estallasen escaramuzas entre estudiantes en Timor Oriental y fuerzas
indonesias de seguridad. Juan Pablo se sentó con los ojos
cerrados y oró.
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| AP | Visita a México en 1979. |
Hasta que su salud comenzó a declinar hace unos 10 años,
el Papa recorrió los pasillos del avión para responder
a preguntas en media decena de idiomas, lo que hizo que obispos
que yo conozco se quejasen de que nosotros teníamos más
acceso al Papa que ellos.
Su última conferencia de prensa en el aire se produjo
durante su viaje a La Habana en 1998. Un año más
tarde, en vuelo a la India, se acercó al cuerpo de prensa,
y no dudó por un segundo para responder cuando le pidieron
su opinión del papa Pío XII, en un momento en que
aumentaban las críticas sobre su posible beatificación.
"Fue un gran papa", dijo.
Pero volvamos a la cena aérea: Juan Pablo II estaba extremamente
agotado tras su largo peregrinaje a Nueva Zelanda y Australia
en 1986, pero pidió a un reportero y al embajador australiano
en la Santa Sede que se le sumasen.
El papa quería saber qué pensaban de cómo
le fue en el viaje. Pareció algo impaciente con el embajador,
comenzando con la selección de vinos cuando el diplomático
sugirió vino tinto y Juan Pablo II dijo que prefería
blanco, que bebió mientras comía ensalada de langosta.
De ahí en adelante las cosas no mejoraron para el embajador.
Cuando insistió en que los australianos tenían un
estilo más inglés que americano, Juan Pablo le interrumpió
abruptamente: "Americano".
Fue en uno de esos viajes que yo comprendí lo poderoso
que era su secretario personal, el arzobispo Stanislaw Dziwisz,
también polaco. El papa esquivó una pregunta sobre
una nueva ola de huelgas contra el gobierno comunista en Polonia
cuando la conferencia de prensa tuvo que ser interrumpida por
turbulencia.
Más tarde, Dziwisz llamó a varios reporteros a
la cabina del Papa y, susurrando, nos dijo que repitiésemos
la pregunta.
Claramente, se habían hecho varios cálculos políticos
para entonces, pues el Papa respondió con una sonada defensa
del derecho de los trabajadores a la huelga.
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| AP | Fotografía tomada en noviembre
de 1986 durante su visita a Australia. |
Como cualquier político, Juan Pablo II soportó
regalos y gestos extravagantes un sombrero mexicano, un collar
de coral colocado en su cuello por Yasser Arafat mientras el prelado
estaba sentado junto al líder palestino en el 2000, durante
un peregrinaje a la Tierra Santa.
Durante su viaje a Australia, le dieron un koala. Si el Papa
sintió que su dignidad había sido dañada
no lo dijo, pero entregó el animal tan pronto como pudo.
El Papa pareció tan sorprendido como sus guardaespaldas
cuando el presidente de Yemen visitó el Vaticano en noviembre,
abrió una elegante valija de piel, y entregó a Juan
Pablo II una tradicional espada.
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