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El largo camino del Referendo

Bogotá | Colprensa
El pasado 7 de agosto de 2002, el presidente Alvaro Uribe presentó al Congreso el proyecto de referendo. La iniciativa bandera del nuevo Gobierno fue radicada en la Secretaría del Congreso por el ministro del Interior y Justicia, Fernando Londoño. El “referendo contra la corrupción y la politiquería”, como lo denominó Uribe, dista mucho de la propuesta inicial del primer mandatario, pues ésta sufrió una gran metamórfosis en su paso por el Congreso de la República, fruto de acuerdos entre el Ejecutivo y el Legislativo.

La propuesta inicial de Uribe, incluía la revocatoria del Congreso, que con el paso del tiempo se fue diluyendo gracias a esos acuerdos. La idea del Congreso unicameral se desechó aprobándose al final la disminución del número de congresistas en cada cámara. El 6 de diciembre del año pasado, de forma sorpresiva el gobierno retiró la pregunta que le permitiría al país pronunciarse sobre un eventual anticipó de elecciones.

“En obsequio de la paz en materia política y en refrendación del interés real, genuino, que presidía este artículo, que no era el de revocar a nadie, sino ponerle al país la posibilidad de que en determinadas circunstancias, en concierto y armonía, Gobierno y Congreso declararan conveniente anticipar unas elecciones, el Gobierno nacional retira este artículo”, dijo ese día el ministro Londoño.

También, gracias a esos acuerdos, al proyecto se le adicionaron otros temas como los de carácter fiscal (congelación de los gastos y salarios estatales); la penalización de la dosis personal de drogas y la prórroga del periodo de los actuales mandatarios locales y regionales, concejales y diputados.

Aparte de la eliminación de la revocatoria del Congreso, se eliminaron otros artículos como el que suprimía los honorarios para diputados y concejales; el servicio militar obligatorio y la unicameralidad del Parlamento. El referendo tuvo sus oponentes, incluso, en hombres cercanos a Uribe, como el presidente del Senado, Luis Alfredo Ramos, quien dio la pelea para evitar la supresión de las personerías, tema que además estuvo a punto de producir una desbandada de los parlamentarios amigos del Gobierno.

La pugna se dio entre un sector mayoritario del uribismo que apoyaba la eliminación de esas instituciones, y el grupo político de Ramos que las respaldaba. El Ejecutivo debió superar también un enfrentamiento entre los ministros de Hacienda y de Salud por cuenta del tema de las pensiones.

Pero además, debió sortear intensos debates en el Congreso. Fueron muchas las reuniones en la Casa de Nariño para concertar soluciones a las distintas posturas en el legislativo. La reforma política de origen parlamentario, que inicialmente se concibió como “el colchón o el blindaje” del referendo, se convertiría a la postre en uno de los más grandes obstáculos del referendo y en uno de sus principales enemigos.

Tanto así que el propio Uribe debió ponerse al frente, ante el fracaso de su Ministro del Interior en el Congreso, para procurar en los últimos debates la eliminación de los llamados artículos “clonados” del referendo en el acto legislativo.

Luego del amplio debate en el Congreso de la República, el referendo fue aprobado el 20 de diciembre de 2002.
Pero a partir de ahí vendrían nuevos contratiempos. En febrero sufrió el primer ‘impasse’ en la Corte Constitucional, cuando el alto tribunal lo devolvió al Congreso, al detectar que hacían falta las actas de aprobación, además de la firma del Presidente de la República.

Por unanimidad los nueve magistrados consideraron que la convocatoria al referendo debe hacerse a través de una ley ordinaria. La Corte consideró que el referendo no puede tramitarse como una ley estatutaria. Posteriormente, cuando la Corte escogió al ponente para la discusión del proyecto, el magistrado Eduardo Montealegre fue recusado por unas declaraciones concedidas a un medio de comunicación.

Aunque la Corte Constitucional disponía de 140 días para emitir su fallo, fueron muchas las críticas al alto tribunal, incluso, el Fondo Monetario Internacional dejó entrever su preocupación por la demora en la aprobación del referendo y por las eventuales consecuencias en caso de un fracaso.

Con el referendo el gobierno busca ahorros de hasta 1,3 por ciento del Producto Interno Bruto, alrededor de 1.000 millones de dólares entre el 2003 y el 2004, e impulsar el crecimiento de la economía que se expandió en 1,5 por ciento en el 2002. También espera reducir el déficit fiscal consolidado a 2,5 por ciento del PIB en el 2003, desde el 3,6 por ciento en el 2002.

La situación era tan poco clara para el referendo, que el entonces ministro de Hacienda, Roberto Junguito, anunció el diseño de un “Plan B” por si el referendo no era aprobado para controlar los gastos. Dicho plan permitiría al gobierno mantener congelados los salarios de la mayoría de los 800.000 empleados estatales, aumentar los impuestos y acudir a un fondo de ahorros petrolero en el exterior.

El 16 de mayo, el referendo sufrió uno de sus más grandes tropiezos, cuando la Procuraduría General de la Nación, al emitir su concepto pidió a la Corte Constitucional declarar inexequibles 14 de los 19 numerales de la ley por medio de la cual se convoca a al referendo. El Ministerio Público argumentó fallas de procedimiento en el trámite de la ley para hacer la solicitud a la Corte.

Aunque el concepto de la Procuraduría no es de obligatorio acatamiento de la Corte, éste exasperó al Gobierno, a tal punto que el presidente Uribe lo calificó de “leguleyada” y anunció en Manizales su disposición a convocar un referendo de origen popular. El 5 de junio pasado, amigos y opositores del referendo asistieron a una audiencia pública convocada por la Corte Constitucional. En una larga jornada de más de diez horas, el presidente Uribe escuchó atentamente cada una de las intervenciones y al final hizo una amplia defensa de su proyecto bandera.

Con la constitucionalidad de la mayor parte del articulado del referendo, a la iniciativa le espera la dura batalla que librarán quienes promueven su aprobación integral y quienes le apuestan a la abstención. En el primer grupo está el Gobierno y sus amigos en el Congreso, incluido el Partido Conservador, que consideran el referendo como una buena alternativa para solucionar parte de los problemas fiscales del país. El Partido Liberal, dirá sí al referendo con excepción de los temas de congelación del gasto y de salarios para funcionarios estatales.

La consulta popular deberá ser votada en las urnas por unos seis millones de electores, de un potencial de 21 millones de votantes.



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