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Empleados del Museo de Antioquia y voluntarios lavan las esculturas.
Cada seis
meses ponen manos a la hidromáquina para renovarles la
cara.
Reportaje gráfico por
Henry Agudelo
El baño como acto social, por mandato médico, para
estar en forma, a manera de ritual de purificación, como
manía o por simple vanidad. Todo eso, se ha dado en la
historia. Y a las esculturas de la Plaza Botero, les llegó
la hora de refrescarse.
El Museo de Antioquia se "apersonó" de esa labor
de limpieza de las esculturas, que realiza cada seis meses, Un
equipo de ocho personas, entre empleados y voluntarios, "se
pide" para bañarlas.
Sin jabón (excepcionalmente, champú). A fuerza de
agua a presión, con una hidrolavadora (alquilada, porque
la entidad no tiene recursos para comprarla). Y le agrega una
pasada con carnauva, especie de cera, para el remate. Hora del
baño. Eso es todo lo que piden las esculturas. Excepción
hecha de intervenciones esporádicas de restauración:
Cuando le robaron el espejo a la Mujer reclinada (debieron repetirlo;
el sábado pasado intentaron, de nuevo, llevárselo);
y, luego, para reforzar el bastón del Soldado Romano.
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