Viaje a las entrañas de la Tatacoa


Un paisaje único que llama a los turistas a vivir esta experiencia.
Es una reserva de fósibles de animales de hasta 12 millones de años.
El clima ayuda a la observación astronómica casi todo el año.

Por
Ramiro Velásquez Gómez
Villavieja, Huila



Fotografías
Los cactus
El desierto
El observatorio

Partir al mediodía no era arriesgado. La mañana había sido caliente aunque en el clima de los últimos días se mezclaban las lluvias.

Para adentrarse por el sendero que lleva al desierto de la Tatacoa, hay que contratar un vehículo. Son Suzukis, o viejos doble cabina que además cubren el trayecto hacia Neiva.

Cuando no están, cualquiera se ofrece. El Renault 4 era el único que quedaba libre. Nelson Martínez, el guía que por 17 años ha llevado y traído a los turistas del desierto, lo consiguió. El precio, según la cara del visitante. No a mucho de haberse separado de Villavieja, una población con 453 años de historia, la estrecha y polvorienta carretera se empina hacia una corta loma. Antes del alto, el pueblo ya no se ve: sólo se destaca el campanario de la iglesia en medio de una exuberante vegetación.

Y traspasada la cima, no volverá a aparecer. Sólo en las noches un débil brillo mostrará que allí está. A un poco de más de seis kilómetros se hallan las primeras construcciones: dos casas que se observan en la lejanía y el observatorio astronómico, cuyo domo se divisa desde la cima pero que pronto se pierde hasta que se llega a sus cercanías.

En el corto descenso se observa al lado derecho un jabuey, reservorio de agua en el que no se recomienda meter la mano, a no ser que se desee rascar a una de las babillas. El Renault no aguantó. A los tres kilómetros, sus ruedas delanteras se abrieron: cada una quería tomar por camino diferente y Carlos, su conductor, no sabía si rascarse la cabeza o agarrarlo a patadas.

¡A caminar! Las escasas motos que sirven de transporte y que están en casi todas las viviendas de la zona -se calculan en menos de 300 las personas que moran el desierto- no se asomaron. Sólo se salvó Nelson. Para que el carro no se golpeara más, se había pasado a un viejo Toyota que iba en la ruta. El sol miraba encima y había unas cuantas nubes hacia el este, que tapaban la cordillera Oriental. El viento, como de costumbre, soplaba casi sin interrupciones. Por eso, no parecía tan dolorosa la caminata.

Con los maletines y algunas provisiones al hombro y en ambas manos hubo que continuar. Javier Rúa, director del Observatorio, sirvió de guía. Sus siete años en la región lo respaldaban. A lado y lado, los lotes, como llaman al sector, propiedad de don Manuel, ya muerto, que sus hijos se repartieron. Están en una larga y sosa recta, muy delgada. Y más allá, la quebrada Las Lajas que corre tímida.

Todo estaba más verde de lo normal. Javier decía que nunca lo había visto así, por la intensidad de las lluvias. A cada paso, la vegetación perdía presencia con la arena. A mano izquierda se asomó un atajo, que Javier recomendó. Y al mirar atrás, muy pequeño se veía a Carlos que intentaba poner de acuerdo las dos llantas rebeldes.

El último mantenimiento de la vía se hizo en la Semana Santa de 1999.

En el atajo comenzó el asombro. Hacía una hora que el grupo caminaba. Como el viento había dejado de soplar, el cuello y la frente se calentaron y sólo entonces los maletines se tornaron pesados y quemaban las manos.

Los candelabros, esos cactos que parecen velas en un alumbrado eterno, brotaron. Grandes, pequeños, altos, bajos. De a tres, de a cuatro, de a cinco. Por aquí y por allá. Un roce y la primera pinchada. La risueña Magnolia Ibarra, una de las hermanas que se apersonan del Museo Paleontológico de Villavieja, había sido muy clara: no se pinche ni la puntica, porque se infecta.

Tras una breve pausa bajo un cují, un pequeño y asombrillado arbusto que brinda una sombra que nunca se dejará de agradecer y que es común en ciertos parajes y en todas las casas, aparecieron otros pobladores de la Tatacoa: los cactos arepus, que no necesitan más descripción, y el más bello de todos: el cabeza de negro.

Es pequeño, unos más gordos que otros, sólo o en comunidades pequeñas. Tazones verdes volteados, espinosos, coronados por un gorro blanco sobre el que brotan dos flores de un rosado intenso. Se convierten en un fruto del mismo color, que con forma de bombillo, semienterrado en esa gorra, se puede comer. Es insípido y repleto de minúsculas pepitas, que aunque no se quiera se terminan tragando.

-No se coma las que están al sol, porque pueden dar daño de estómago, dicen por acá- explicó Javier. Y surgió la duda: ¿dónde estaba éste?

Pinchado y...
No parecían ser buenos augurios para continuar. Minutos después de cruzar por un pequeño campo cubierto de teatino, menudo pasto de alto poder nutritivo, que debe apurarse en comer el ganado, la llegada a El Cardón, un sector repleto de cactos de estas variedades, que se intercalan en formaciones caprichosas, colocadas para llamar la atención, hizo olvidar las preocupaciones.

Iban a ser las dos y el viento volvió a soplar. Por entre la rendija que dejaba un candelabro, se observaba, aún diminuta, la cúpula del observatorio.

La construcción está a medio terminar. El edificio del domo, de tres niveles y una escalera externa en caracol, está casi listo, aunque revela que no se construyó con cuidado.

A 15 metros, otra edificación, que servirá de aula ambiental, tendrá baños y con una terraza adecuada para la observación celeste. Hay 70 millones de pesos para culminar este sueño con tantos y largos desvelos, comentó Javier.

El camino de El Cardón a El Cusco, donde está el domo, se hace por un terreno donde abundan piedras de diez a veinte o treinta centímetros de diámetro. Son redondas. Y su abundancia en todo el desierto, excepto en la región gris, permite que la imaginación invente cómo entapetaron el suelo.

La llegada al observatorio fue animada. Hubo tiempo para conversar y divisar los 330 kilómetros cuadrados de desierto. Pero el hambre y la sed se sentían. Las bolsas de agua apenas la adormecieron.

Había que caminar un kilómetro más, hasta las casas que se divisaban, en El Cusco. El polvo estaba encendido.

Allí vive desde siempre la Reina del Desierto, Rosita, como la llaman en todo el municipio y en las poblaciones vecinas y en Neiva. Pocos días de sus 84 años los ha vivido afuera. Y al otro lado de la carretera, a trescientos metros, habita Elvira, su hija, con sus hijos. Los primos de éstos también. Una familia que no terminará.

Es el hotel. Allí se acampa, prestan el baño al visitante y le preparan la comida, en la que no falta el plátano maduro, al que se turnan para acompañar el huevo, una carne que parece molida y la carne de chivo, plato típico de la región, junto al estofado de cordero.

Los refrescos y las cervezas se mantienen a medio helar. Se enfrían con el hielo que se encarga a los motociclistas. Se mete en las neveras de icopor. En ninguna parte del desierto hay energía eléctrica.

La bomba de agua que usan en la vereda se dañó. La reparación cuesta 150 mil pesos. Javier intentará conseguir el dinero. Estas familias son parte de su vida, pues lo acogieron desde que llegó.

Tras el almuerzo que sirvieron Marisa y Mayi, el destino era el área adyacente de formaciones geomorfológicas.

Una zona de tierra colorada, que el tiempo talló con maestría absoluta. Nelson se unió de nuevo e hizo de guía. Hay que saber cómo se desciende, pero, en especial, cómo se vuelve a salir de la serie de laberintos que coronan monolitos de tierra, entre ellos el que sirve de portada al desierto en todas las publicaciones donde ha aparecido. Es el primero en surgir. Luego se suceden otros.

No es común ver animales en la Tatacoa. Algunos matorrales que se mueven y que delatan lagartijas invisibles y varias clases de pájaros, como cernícalos y turpiales, y una que otra ave rapaz. Las culebras cascabel, (tatacoas) no son comunes ahora. En las construcciones abundan los alacranes de color gris o café. Y en ciertas áreas de rocas cubiertas por hongos se esconden arañas negras grandes, a las que se teme.

En las afueras de cada propiedad, existen corrales en donde se guardan chivos y ovejos, que se dejan salir todas las mañanas. Sólo quedan los más pequeños, que pueden ser presa de los depredadores.

Al caer la tarde, los niños son los que salen, a lomo de burra o de caballo, a recoger las manadas y se les ve en contraluz correr a plena marcha.

Los Hoyos estaban en la mira. Son un terreno gigante, grisoso, de piedras más menudas, al que se llega por una carreterita que se va desdibujando y está como a 20 minutos en carro desde la casa de Elvira.

Sus formaciones son extrañas y hay que bajar a un camino, estrecho al comienzo, con paredes de hasta 10 metros a lado y lado, rozando los brazos. A 500 metros se amplía un poco y se asoma el valle de la virilidad, donde abundan los falos de todas las formas y tamaños y, a 50 metros, el Congreso de los Fantasmas, un sitio donde parece que el pasado deliberara con rígidas figuras que el agua y cientos de años trazaron.

Al salir, una gaseosa en la casa de Orfanda, bastión de Los Hoyos. Ella está más flaca, por el hipertiroidismo, comentó. El remedio, agregó, lo ha dejado a las manos de Dios.

La noche da paso a otro espectáculo que se reserva la Tatacoa para la mayor parte del año: un cielo en el cual aparecen Venus, Marte, Saturno, luego Mercurio. Javier mostraba mientras señalaba con una linterna de haz intenso.

Hacia el noroeste, Aúriga y su grupo, y al norte la polar, que surgió débil. Al centro del telón astronómico, la constelación del cisne con sus alas abiertas, Orión y su espada que crea estrellas. También M31 o galaxia de Andrómeda y una estrella cefeida variable. A este astrónomo aficionado no se le escapa ningún objeto celeste.

A las seis y cuarenta y cinco cruzó la primera de las estrellas fugaces de la lluvia de las Gemínidas. A las siete y cuatro, de oeste a este, partió el cielo la Estación Espacial Internacional. Y luego cuatro satélites artificiales más.

Antes de ir a comer donde Elvira, se vieron otras seis estrellas fugaces. Casi las últimas, porque la bóveda comenzaba a taparse.

En el rancho había nuevos turistas. Una decena de estudiantes bogotanos con la ilusión de observar las Gemínidas.

Hasta el 13 de diciembre, más de 17.800 visitantes habían ido al desierto. El pasado fueron 700, según el registro que lleva Nelson con celo.

Cuando las nubes desisten de irse, a las dos de la mañana la cama se armó con una colchoneta en el piso. Los bogotanos tenían sus carpas y Javier les prestó otra. El regreso para Villavieja estaba previsto para las ocho, en el carro de Tello, un comerciante de Neiva que también se enamoró del desierto y del rancho de Elvira y sus habitantes. El Suzuki verde lo manejaría Popis, nieto de la reina, a quien mantiene enojada con "tanta tontera", como le recalca ella a cada instante.

Las nueve y no apareció. Una caminata más tras una respuesta, acompañados de un calor seco que nació con el día. Y Popis, sentado, conversando con las nuevas turistas, mostró una llanta pinchada.

La vida en la Tatacoa no permite afanes.

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Fotos Henry Agudelo | Departamento de fotografía EL COLOMBIANO | Envíe sus comentarios
 


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