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Entre dos Omairas una supervive,
a la otra le rezan
La niña muerta en Armero despierta oleada de fervor por
sus "milagros".
El último
armerita vivo es hijo de la última rescatada.
Placas de acción
de gracias por aquí, necesidad por allá.
La Omaira viva
no tiene con qué actualizar sus piernas artificiales.
Por
Luis David Obando
Lérida, Tolima
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La Niña Omaira murió hace 17 años en la
tragedia de Armero, pero su mausoleo es el que más vida
tiene en todas las ruinas de la población tolimense arrasada
por el lodo tras la erupción del volcán nevado del
Ruiz.
La gente llega, olvida los 9.000 metros cuadrados circundantes
también plagados de lápidas, se santigua y le reza.
Luego vuelven, le ponen una placa de acción de gracias,
besan la tumba simbólica, y salen a regar el cuento de
los favores recibidos.
A sus 13 años, Omaira Sánchez, murió despidiéndose
de un avión que sobrevolaba la zona del siniestro. Su imagen,
enterrada hasta el mentón en el lodo durante 59 horas,
se convirtió en símbolo del Armero borrado del mapa
con 25.000 de sus habitantes. Colombia entera lloró por
su deceso, mientras a dos cuadras de su casa, en el mismo barrio
Santander, Omaira Medina no sabía nada de eso, pero también
lloraba a gritos, sin que nadie la oyera: acababa de morir, igual
de enterrado, su esposo Fernando. Y se le agotaban las fuerzas
para luchar por su vida y por la que el mismo día de la
avalancha, miércoles 13 de febrero de 1985, se enteró
que llevaba en su vientre.
Omaira Medina vivió varios milagros: el vidrio con el que
Fernando le intentó abrir las venas con sus últimas
fuerzas, para evitarle el sufrimiento de la gangrena, no cortó.
Un día después, cuando ya abandonaban la búsqueda
de supervivientes, un grupo la vio y la alcanzó a sacar
a trancazos, tras diez horas de lucha, para montarla de última
al último helicóptero de rescate. Sobrevivió
a la amputación de sus dos piernas, ya verdes. Y Jaír
Fernando, su bebé, el último de los armeritas, nació
el 5 de junio de 1986 en Bogotá, sano, aunque nadie lo
creyera después de las estratosféricas dosis de
penicilina recibidas.
Omaira Sánchez hace milagros, dicen. Su sitio de vida y
muerte, antes una losa enchapada en azulejos, hoy es sitio de
peregrinación. Tras una rejilla había solo una foto
y un ramo de flores plásticas. Hoy no caben tantas muñecas.
La imagen está borrosa y tapada, pero al lado pusieron
un lienzo con la misma, ya erigida en icono. Hay tres banderas
blancas, con astas en simetría, y sembraron de placas la
pequeña plancha. No alcanzó el espacio y le hicieron
un altar al frente para continuar: ya son 107 las tablillas que
dan fe de sus buenas obras después de muerta.
La feligresía, agradecida, le lleva también mercados
a la Niña Omaira. Nadie sabe quién los recoge, porque
no hay restos de empaques ni desechos. Y a 22 kilómetros
de allí, del viejo Armero que hoy es pastizal de vacas,
en el barrio Alemán de Lérida, asentamiento de antiguos
damnificados, Omaira y Jaír Fernando malviven como pueden,
sin un peso para comprar en la tienda al menos lo del diario.
Plata, para los muertos
"La tienen como una santa", dice de la Niña Omaira,
como la llaman quienes en ella confían, Marcela Bustamante,
estudiante de undécimo grado en Honda, una entre centenares
de estudiantes para quienes Armero es una historia que cuentan
los papás, tan lejana tal vez como la Guerra de los Mil
Días. Sus compañeros asisten al sitio y hacen el
informe porque les toca. Ya están a punto de ingresar a
universidades en Ibagué, Bogotá y Medellín.
Jaír Fernando tiene su misma edad, 16 años, y el
último grado que cursó fue cuarto. Antes perdió
dos terceros. Nadie le respetaba en la escuela su carácter
taciturno. Confundían su mirada profunda, su silencio de
siempre. "Me la montaban y me cansé", dice, y
clava su mirada en el radio que le dieron a arreglar: sin ningún
curso, solo viendo a su tío, aprendió algo de electrónica,
y con ello gana algunos pesos. "Casi nada me queda grande",
dice con otra de sus frases cortas.
Jaír quiere estudiar técnica electrónica,
pero no le rezará a la Niña Omaira para conseguir
los recursos necesarios. Su madre, Omaira, se esfuerza cosiendo
hilvanes, vendiendo chance, vendiendo gaseosas. Cosía,
pero se le dañó la maquina de coser. Montó
hace un par de años un salón de belleza, pero no
tiene muchos clientes, porque no tiene con qué sostenerlo.
Tendría que haber ido a control en Teletón para
cambiar sus prótesis, pero para eso se necesita plata.
Pero "Dios no se ha muerto", sentencia, y sale al rebusque
en el que lleva toda su nueva vida, desde que no murió
en Armero como toda su familia.
En Lérida ruedan las voces sobre la Niña Omaira.
De Omaira, a secas, sus vecinos alaban su "guapera"
y la señalan "como una de las personas más
necesitadas" de su barrio popular. Los adolescentes del vecindario
no entienden por qué su hijo es tan especial que hasta
le han dedicado portadas de revistas. Pero uno de ellos, Rubén
Darío Osorio, critica que su amigo esté tan abandonado
de todos, mientras en el mausoleo de Omaira se mete cada día
más plata. "Cuando uno se muere, todos lo visitan,
vivo no", ironiza, y sale a montar en en bicicleta con Jaír.
Implicaciones
"Cómo
es que la gente no ayuda"
"Yo no entiendo cómo es que la gente
en Colombia no ayuda a Omaira", dice Miguel Contreras, un
fontanero vecino de la última persona rescatada con vida
de Armero y de su hijo, el último vestigio de vida que
quedó del pueblo sepultado por el lodo.
En Lérida y Guayabal no falta la voluntad, pero la pobreza
es tanta, y tan lejana está ya la prosperidad que caracterizara
al pueblo sepultado, que a cada uno le basta su propia miseria.
Sobre la Niña Omaira, hoy tendría 30 años
y sus propios hijos. Las autoridades eclesiásticas locales
callan sobre el fenómeno del fervor popular por sus "milagros".
Omaira Medina no hace comentarios al respecto. Tampoco Jaír.
Respetan lo que la gente hace y están muy ocupados en su
supervivencia como para distraerse en críticas.
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