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| ANALISTA INTERNACIONAL |
| ¿Hacia
un nuevo estilo presidencialista? |
Elisabeth Ungar Bleier | Directora del Programa Congreso Visible,
U. de los Andes |
El “estilo” encuentra su mejor expresión
en los Consejos Comunales, el traslado a Arauca y en el Consejo
de Ministros. |
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La
complejidad de los hechos y situaciones que vive diariamente el
país hace que la selección de temas por tratar en
un ejercicio de esta naturaleza sea incompleta. Por su relevancia
e incidencia en otras facetas de la vida nacional, me centraré
en las relaciones entre el Ejecutivo y las otras Ramas del Poder
Público y en el “estilo” presidencial.
A pesar de su origen liberal y de haber ocupado diferentes cargos
públicos en nombre de esta colectividad, el presidente Álvaro
Uribe fue elegido como disidente del liberalismo oficialista, apoyado
por amplios sectores, muchos de los cuales lo escogieron por representar
la “antipolítica” y por ser “independiente”.
Es decir, por considerarlo alejado de los partidos tradicionales
y la llamada “clase política”, lo cual ha marcado
su forma de gobernar.
Su contundente victoria en la primera vuelta presidencial le permitió
iniciar su gobierno con un fuerte apoyo de congresistas de diversas
vertientes que conformaron la llamada “bancada uribista”.
Durante el primer período de la legislatura, ésta
le permitió sacar adelante los más importantes proyectos
de su agenda, como el referendo, las reformas laboral, pensional
y tributaria, entre otros.
Con relación al referendo, desde la campaña electoral
Uribe dijo que uno de sus mayores retos era “luchar contra
la corrupción y la politiquería”. Para lograrlo,
propuso, entre otras cosas, la eventual revocatoria del Congreso
mediante el anticipo de elecciones, la creación de una sola
cámara y la reducción del número de congresistas.
Estos temas quedaron incluidos en el proyecto de referendo presentado
al Congreso el 7 de agosto de 2002.
Cambios en la propuesta
En los debates sobre el referendo, el proyecto original del Gobierno
sufrió numerosos cambios. Unos, resultantes de la introducción
de temas nuevos, como la penalización de la dosis personal,
la eliminación de las personerías y la prórroga
de los períodos de gobernadores, alcaldes, concejales y diputados.
Otros, del proceso mismo de negociación, como por ejemplo
la exclusión del anticipo de las elecciones parlamentarias,
que sin duda puede ser considerada una victoria del Congreso.
Sin embargo, en términos generales la propuesta presidencial
“pasó la prueba” y los reparos de algunos de
los miembros de las bancadas opositoras no tuvieron suficiente eco.
Una vez aprobado, el proyecto pasó a estudio de la Corte
Constitucional, no sin antes ser devuelto al Gobierno por no tener
la firma de sanción del Presidente. En julio de este año
la Corte declaró exequibles 15 de los 19 artículos
del referendo. Entre éstos vale la pena mencionar algunos
de los que más defendió el Gobierno, como la prórroga
de los períodos, las introducciones a las preguntas y la
posibilidad de votar en bloque todo el texto.
Paralelamente, el Congreso debatió y durante el primer semestre
de 2003 aprobó, la reforma política con la que se
habían comprometido muchos congresistas. La actitud del Gobierno
frente a este proyecto fue errática: pasó del apoyo,
al solicitarle al Congreso su retiro, pasando por un severo enfrentamiento
entre los congresistas y el ministro del Interior y de Justicia,
Fernando Londoño, por las palabras desobligantes que éste
utilizó para referirse a algunos parlamentarios. No obstante,
en esta ocasión los congresistas, entre los que se cuentan
varios de los más cercanos al Presidente, lograron imponer
su posición y el proyecto fue aprobado.
Estos dos ejemplos, el referendo y la reforma política, marcan
dos momentos de las relaciones Ejecutivo-Legislativo. El primero,
de claro predominio del Ejecutivo, en el que en general se impuso
la agenda propuesta por el Gobierno y que culminó con el
calificativo de “Congreso admirable”, por parte del
ministro Londoño.
Esto, a pesar de la amenaza de la revocatoria y de las afirmaciones
del Presidente en el sentido de que si el Congreso no aprobaba el
referendo, él convocaría al pueblo para hacerlo. El
segundo, donde se comenzaron a notar fisuras en la bancada uribista
y en la que congresistas de diferentes tendencias marcaron distancias
con el Ejecutivo.
La aprobación de la reforma política, por un lado,
y la posterior creación de múltiples partidos y movimientos
políticos de tinte uribista para hacerle frente a la próxima
contienda electoral en el marco de lo dispuesto por la reforma,
por el otro, son indicios de que la unidad en torno al Presidente
ya no es tan infranqueable. A esto se suma el debate y aprobación
del Plan Nacional de Desarrollo durante el primer semestre de 2003,
al cual fue necesario adicionarle una partida de un billón
de pesos para ser repartidos entre las diferentes regiones del país,
con participación de los congresistas.
Por último, recordemos que el ministro del Interior fue citado
a un debate en el Congreso por el caso de Invercolsa y que está
pendiente una moción de censura en su contra.
En sus relaciones con la Rama Judicial, la situación no es
menos compleja e incluso conflictiva. Por ejemplo, en varias ocasiones
el ministro del Interior calificó de excesivas las facultades
de la Corte Constitucional con relación a los Estados de
Conmoción Interior, al punto que cuando el Gobierno le envió
los decretos sobre esta materia, afirmó que lo hacía
por simple “cortesía”. También expresó
reparos por las supuestas extralimitaciones en la utilización
y alcances de la tutela. Además, presentó al Congreso
un proyecto de Ley de reforma a la Justicia, que establecía,
además de las ya mencionadas, otras modificaciones como la
eliminación del Consejo Superior de la Judicatura, mayorías
calificadas para tumbar decretos y restricciones a los poderes de
la Corte en la revisión de tutelas.
Este proyecto fue retirado, pero recientemente un borrador del texto
fue enviado de nuevo a las Cortes. Por último, descalificó
en público a un juez de Tunja por no estar de acuerdo con
un fallo que éste emitió e inicialmente respondió
con evasivas al requerimiento de rectificación que le hizo
la autoridad competente.
Estos hechos pueden ser indicios de que el esquema de pretender
gobernar sin partidos fuertes está comenzando a hacer agua.
Ésta fue una de las causas del naufragio de la Gran Alianza
por el Cambio, aunque con características y en condiciones
muy distintas. Precisamente, la mayor diferencia parece radicar
en la forma como el Presidente Uribe ejerce su liderazgo, y en las
evidentes intenciones del Gobierno de aumentar el poder presidencial. |
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