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| Donaldo Zuluaga, enviado
especial, Magdalena Medio | Amparo Pérez Metaute encontró
a su esposo muerto y torturado en las aguas del Magdalena,
en 2001. En esos días ella se encargó de la
búsqueda, transportada en una pequeña lancha.
Volvió al río para narrar su historia. |
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| Donaldo Zuluaga, enviado
especial, Magdalena Medio | Cada NN tiene un dueño
y solo él puede pedirle favores. Por cada "milagro"
concedido su propietario le pone una placa en mármol
gris. |
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| Donaldo Zuluaga,
enviado especial, Magdalena Medio | Los
gallinazos son la guía para los que buscan a sus muertos
en los ríos. Amparo Pérez encontró a
su esposo gracias a estos animales. Sin embargo, miles de
cuerpos van al fondo del agua a perderse para siempre. |
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| Donaldo Zuluaga, enviado
especial, Magdalena Medio |
En Puerto Triunfo les rezan a los NN. Antonio Cadavid (imagen)
tiene el suyo al que bautizó Sonia y le cedió
el apellido. Ya le otorgó un “milagro”.
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| Donaldo Zuluaga, enviado
especial, Magdalena Medio | Jaime César "El Mono"
Espinosa perdió a su hijo en 2006. |
La creciente de lágrimas
del Magdalena
En el Magdalena Medio su río madre es símbolo de
vida y de muerte. El cauce fue el final de miles de muertos.
Con la octava
entrega, EL COLOMBIANO finaliza el especial periodístico
En las riberas del llanto.
Estas son
cuatro historias sobre la desaparición, muerte y búsqueda
de seres queridos en este río.
Por
David E.
Santos Gómez
Enviado especial, Magdalena Medio
El último día vi al gallinazo con las alas abiertas
y el pico sobre mi esposo. Sentí descanso al verlo, porque
fue como la estrella negra que me llevó a encontrarlo.
El cuerpo estaba hinchado, con los brazos partidos y el vientre
morado. La cara no parecía cara y cuando me acerqué
reconocí al amor de mi vida, pero le juro que de él
ya no quedaba nada.
Se llamaba Juan de Dios Santana Bravo. Ocho días antes
le habían rellenado la espalda de plomo, después
de hacerle mil cochinadas. Todos sabemos que fueron los 'paras'
y yo sé que lo torturaron, pero nadie sabe por qué
lo mataron.
Ahora, después de seis años, regreso al río
para revivir esa historia solo porque usted me lo pide.
¿Quiere que le diga algo? Se siente raro estar en una
chalupa sin la angustia profunda de buscar un cuerpo. Hasta el
agua parece más tranquila, pero es lo mismo, es el Magdalena:
el cementerio más grande que tiene Colombia.
Me llamo Amparo Pérez Metaute y soy una de tantas. Tengo
12 hijos y 46 años, aunque parezco más vieja. Soy
viuda porque, como ya le dije, a mi Juan de Dios, alma bendita,
me lo mataron y después lo echaron al río como hacen
esos señores casi siempre.
El Magdalena bajaba, hace un par de años, con espuma,
palos y muertos. Antes más que ahora, pero igual, ahora
también bajan. Yo gracias a Dios encontré al mío.
Pero justo, a esta hora, en alguna casa, deben estar buscando
un desaparecido que ya bajó por el río hace años.
Debe estar bajo el agua, junto a la arena y las piedras. Mezclado
con los peces.
Por eso es que los pescadores son los que más ven cuerpos.
Porque se les atraviesan en su trabajo. Los que más conocen
historias, además de nosotros los familiares, son los pescadores...
I. El pescador
José Rodolfo Acosta García descubrió en septiembre
de 1991 una fosa común acuática en un recodo del
Magdalena. A quince minutos de Puerto Triunfo. Lo hizo sin querer,
en medio de una pesca de amigos. Ese hallazgo le costó
la vida.
En una chalupa iban él y otro pescador. José impulsó
la barca con una vara de madera y sintió cómo el
fondo de arena y piedras se transformaba en un colchón
blando. Al lado estaban los gallinazos, escarbando la orilla.
-¿Qué es esta mierda?-, le dijo al amigo.
-No se ponga con jodas y deje eso quieto-, le respondió.
Pero José no hizo caso. Movió la vara y desde el
fondo del Magdalena salió la imagen más macabra
que pudo imaginar alguna vez: en un parpadeo e impulsados por
el revoltijo, salieron a flote decenas de pedazos de cuerpos.
Estaban frescos, aún con sangre. Acababan de ser cortados
con machetes y motosierras.
José quedó impresionado como nunca.
Él trabajaba en el juzgado de Puerto Triunfo entre semana
y pescaba los domingos.
El lunes, a primera hora, hizo la denuncia: "En el lugar
conocido como 'Los Trinchos' botan cadáveres".
Con eso, dice la gente de Puerto Triunfo, el pescador se mató
a sí mismo.
El 25 de septiembre de 1991, un par de días después
del hallazgo, Leonor García, la mamá de José,
hacía la sopa del mediodía y escuchó una
ráfaga de fusil. Su casa queda cerca de la iglesia.
"Me dio un miedo horrible, pero no me imaginé nunca
que esos tiros se los estaban metiendo a mi hijo", recuerda
Leonor, 15 años después.
Delante de los niños que salían del colegio, José
fue asesinado en el parque por un grupo paramilitar. El sol era
como un bombillo gigante puesto en la mitad del cielo para que
todos vieran la muerte del pescador que se atrevió a denunciar.
"En esa época le decían el MAS (Muerte a secuestradores),
pero eran los mismos paracos. Él no se quiso subir a un
carro, dizque para no hacer sufrir a la mamá, y lo remataron
ahí mismo", relata un testigo del asesinato que prefirió
ocultar su nombre.
Los Trinchos fue el "botadero oficial" de partes desmembradas
de los asesinatos de finales de los ochenta y principios de los
noventa en Puerto Triunfo. Allá estaban todos los cuerpos
pero, a fin de cuentas, no estaba ninguno.
Los pescadores saben que en este río, como en cualquiera
de Colombia, los muertos bajan, aunque es mejor no sacarlos.
"Aquí hay que ver y oír, pero siempre es preferible
callar", comenta Aurora Acosta, hermana de José Rodolfo
Acosta García, el pescador que encontró por mala
suerte un infierno, lo denunció y fue asesinado.
Barranca 11:47 a.m.
...A mi los pescadores me ayudaron a encontrar a mi Juan de Dios
y yo por eso los quiero mucho, aunque hace rato no hablaba con
ellos, porque al Magdalena no había vuelto.
Mi historia no es solo el asesinato, la desaparición y
la muerte de mi esposo.
Fui desplazada del sur de Bolívar, en 1999, porque mi
hija se enamoró de un guerrillero. Culicagada, a veces
me da rabia con ella, pero yo la entiendo.
Desde ese año nos vinimos a vivir a Barrancabermeja. Ahí
arrancó la tragedia. Tres hijos míos ya murieron.
Pero hoy solo le cuento la historia de mi esposo, que es la que
a usted le interesa, porque fue el que bajó muerto y desfigurado
por el río.
Juan de Dios era comerciante de madera y se movía mucho
por el Magdalena llevando y trayendo mercancía.
Un día llegó a comer a la casa con una palidez
de difunto y me contó que los paras lo bajaron del bus,
en plena ciudad, y lo amenazaron.
Eso fue el sábado y a la semana siguiente, el lunes, se
fue a traer madera desde El Bagre.
Agarró una lancha que iba para ese pueblo pero nunca más
lo volví a ver. Con esa despedida empezó la angustia
más grande que he tenido en mi vida. Peor que tener un
muerto, es saber que un ser querido está desaparecido...
II. El hijo de "El Mono"
A Jaime César "El Mono" Espinosa, vendedor de
arepas en Puerto Berrío, se le perdió su hijo la
madrugada del lunes 3 de julio de 2006 en la plaza del pueblo.
Le decían El Gorila y se llamaba Fabián Alonso
Espinosa. El último que lo vio con vida, a excepción
de sus asesinos, fue un amigo que le ofreció llevarlo a
la casa.
Contó que lo notó borracho, muy pálido y
tembloroso. Dijo que no le aceptó la oferta del aventón.
Después de eso se lo tragó la tierra, o mejor el
agua, por siete días.
"El Mono" reconoce que su hijo tenía relaciones
con personas "malucas". "Esa gente", es el
término utilizado para referirse a ellos. Parece ser un
nombre muy amplio, pero encierra en esas dos palabras a muy pocos.
Hace nueve meses, la muerte le cobró a Fabián esos
malos lazos.
Todo el lunes de la desaparición fue un infierno. El martes
ya la noticia de su muerte empezó a susurrarse y el miércoles
el corazón de "El Mono" le decía que su
hijo era cadáver.
"Aquí a todo el que matan lo tiran al Magdalena.
Entonces pedimos a los pescadores que nos ayudaran a buscar el
cuerpo y pusimos avisos en la radio", comenta "El Mono".
Por esos días el río estaba muy crecido y el cuerpo
sin vida de Fabián, de 21 años, llegó sin
trabas hasta Puerto Wilches, (Santander), más abajo de
Barrancabermeja.
La Defensa Civil de la zona hacía una ronda cuando encontró
el cuerpo de un joven. Tenía ojos azules y pelo claro.
Le avisaron a "El Mono" y él se fue con la prisa
que da la angustia de tener que reconocer un cadáver.
En la morgue de Barrancabermeja lo vio tendido sobre una camilla.
Enfocó sus ojos y por más que intentó no
pudo decirle a nadie, ni creer él mismo, que ese muerto
era su hijo. Estaba irreconocible.
Entonces pidió permiso entre los funcionarios del sitio
y con los ojos cerrados metió la mano en un bolsillo del
bluyín ancho del muerto.
De allí sacó tres estampas plastificadas: una de
la Virgen del Carmen, otra del Señor Caído y una
más del Corazón de Jesús.
Fue solo en ese momento cuando tuvo la seguridad que ese cuerpo
amorfo, sin facciones y sin pliegues, era el de su Fabián.
Él siempre, sin falta, cargaba las tres estampas.
"A uno le queda una cola en el alma con la gente que lo
mató. ¿Por qué a mi hijo no se lo llevó
Dios y sí otro hombre? ¿Por qué?", se
pregunta.
Fabián Alonso Espinosa Agudelo, el hijo del "El Mono"
Espinosa, vendedor de arepas de queso, fue velado en la sala de
su casa en Puerto Berrío el 13 de julio de 2006, diez días
después de su desaparición.
La salita humilde, de paredes verde y naranja, se llenó
por completo y después el féretro tuvo una caravana
nutrida hasta el cementerio del pueblo.
"Yo estoy casi segura de que mi hijo se enteró de
una vuelta rara de los paras -comenta Rosalía Agudelo,
esposa de "El Mono"-. Fue por eso que lo mataron. Para
callarlo. Aquí en Puerto Berrío la gente sabe quiénes
lo mataron. Yo no sé por qué no los cogen".
Barranca 12:38 p.m.
...Según me cuentan los que iban con Juan de Dios en la
lancha para El Bagre, a unas dos horas de viaje por el río
Magdalena se encontraron con un retén paramilitar.
Hicieron bajar a los pasajeros en una orilla y los revisaron.
Ordenando con gritos como si fueran la autoridad.
Después los requisados volvieron a la lancha y cuando
se contaron entre ellos faltaba uno. ¿Y a qué no
adivina a quién fue a ese que dejaron? Pues claro, a mi
esposo.
Algunos fueron valientes y les pidieron que devolvieran a Juan
de Dios. Que no le hicieran nada, ¡pero qué va! ¿Sabe
qué les respondieron esos matones? "No se preocupen,
sigan para El Bagre, que a este señor lo soltamos ahorita".
Pura mentira.
Yo esa tarde me quedé tranquila. Me lo imaginaba en su
trabajo.
El miércoles, dos días después, un señor
fue a mi casa y me contó que a mi esposo lo habían
bajado de la lancha. A mi se me enfrió todo. Supe que me
lo habían matado.
En esos momentos uno se imagina mil cosas y también recuerda.
Ahí no existe el consuelo. Es un dolorcito permanente en
el alma. Es como si a uno también lo torturaran y lo mataran
y después lo echaran al río para que se lo coman
los gallinazos. Es un dolor muy horrible.
¿Sabe en qué piensa uno mucho? En que pasen los
días y los meses y uno nunca encuentre el cuerpo del difunto.
Que se vaya al fondo del río o lo entierren en cualquier
parte como un muerto más. Como un NN...
III. Santo NN
Puerto Berrío es un pueblo caliente con cara de ciudad
pequeña en donde los NN hacen milagros.
El pabellón dedicado a ellos, en el cementerio central,
es un espacio largo y alto pintado con colores vivos y adornado
con flores frescas.
Cada uno de los más de cincuenta NN que allí están
enterrados tiene su dueño, aunque suene ilógico.
Solo aquel que se adueñó de la suerte de un muerto
sin propietario puede pedirle favores y únicamente a él
se los concederá.
Es por eso que en las tapas de las bóvedas de los NN de
este pueblo se ven frases como "NN escogido", o "Gracias
NN por el favor recibido".
Decenas de los cuerpos allí enterrados sin nombre fueron
sacados por pescadores del río Magdalena. Algunos otros
son guerrilleros y paramilitares caídos en combate con
el Ejército.
Antonio "Toño" Cadavid es un hombre tartamudo
que alguna vez decidió escoger un NN para rezarle.
Le pidió salud y trabajo. Después, con más
confianza, le rogó para ganarse un chance.
"Le jugué al 5444 y gané", cuenta "Toño",
quien desde ese día, sin falta, va a visitar a su NN que
ya tiene nombre: "se llama Sonia, porque investigando, me
di cuenta que era una mujer". "Gracias NN Sonia por
el favor recibido", reza.
"La ley los trae y les paga el entierro. Nunca nadie vuelve
a preguntar por ellos, excepto los que les rezan", explica
Arnulfo Jesús Durán, sepulturero de Puerto Berrío.
La noticia de los milagros se regó por todo el Magdalena
Medio. Ahora encontrar en este pueblo un NN sin dueño es
caso perdido.
El sepulturero dice que desde el año pasado no entierra
cuerpos sin nombre y que los últimos que llegaron tuvieron
una antesala igual o mayor que aquellos muertos identificados.
Cualquier parroquiano se apropia del cadáver y entonces
escribe en la placa de la bóveda. "NN escogido".
Después lo bautiza "NN Carlos", "NN Bernardo"
o "NN Luz".
Allí empieza el rezo, la petición del milagro y
finalmente, cuando lo cumple, la coronación de la bóveda
con una placa en mármol que dice: "Gracias NN por
el favor recibido".
El milagro está hecho y se repite el ciclo.
Hay criptas con dos, tres y hasta cuatro placas de mármol.
"Eso quiere decir que es un buen NN y otorgó cuatro
milagros", explica "Toño", ya versado en
estos casos.
En los años ochenta y finales de los noventa, cuando los
cuerpos bajaban flotando sin falta día tras día
por el Magdalena, algunos se atrevían a sacarlos y los
enterraban como NN, pero no les rezaban.
Ahora cada sepultado sin nombre tiene un dueño que nunca
lo conoció. Es un deudo que reza por él y para sí
mismo, en busca de un milagro.
Barranca 1:21 p.m.
...Como yo no quería que mi Juan de Dios se quedara como
difunto sin nombre, la misma tarde que me enteré de su
muerte salí a buscarlo en lancha.
Pero antes me tragué mi odio y fui a hablar con un señor
que todos sabíamos, aquí en Barrancabermeja, que
era paraco.
Nunca en mi vida, en toda mi vida de viuda, se me va a olvidar
lo que yo hablé con él y la forma en cómo
me trató.
Llegué a su casa y me recibió en el cuarto sin
afán, como si atendiera a una vecina más que iba
a pedirle azúcar.
-Yo quiero saber qué hizo usted con mi marido-, le dije.
Entonces se sentó en su cama, se puso las medias, se amarró
los zapatos y me respondió, sin siquiera levantar los ojos:
-No se preocupe que no le vamos a hacer nada. Más bien
tome esta platica.
Y se metió la mano al bolsillo y me dio 40 mil pesos.
¡40 mil pesos que seguro le había robado a mi esposo!
Esa fue la plata que me dio por haberlo matado y torturado.
Ahí fue que me convencí de que estaba muerto.
Me fui al puerto y alquilé la lancha. Salí con
mi hijo pequeño que debía tener unos diez años.
Arrancamos por el río a buscar gallinazos.
Los gallinazos son la guía cuando uno busca un muerto.
Unos los ve reunidos y siente una mezcla de tristeza y alegría.
De odio y resignación.
Esa noche me devolví porque se nos acabó la gasolina.
Fui a la Organización Femenina Popular (OFP), aquí
en Barranca, y allá me ayudaron con la plata para salir
al otro día a buscarlo otra vez.
La misma cosa. De un lado para otro, a un ritmo muy lento, parando
en las palizadas y mirando al cielo en busca de los pájaros
esos.
Una tarde, cuando volví de la búsqueda, una señora
fue a la casa a decirme que habían visto bajar por el río
el cuerpo de mi Juan de Dios. Que estaba flotando hinchado, sin
camisa y con la mano en alto, como diciendo adiós.
Al otro día lo encontré. En la barquita íbamos
mi hijo, el chalupero y yo. Vi los gallinazos revoloteando encima
y cuando me acerqué estaba otro animal sobre la barriga,
picoteándolo.
Lo reconocí por un tatuaje que tenía en el pecho.
Lo montamos a la chalupa y lo llevamos para el pueblo.
En el viaje de regreso me acordé del señor que
dijo, sin mirarme a la cara, que no le había hecho nada.
¿Cómo me pudo decir eso si él ya sabía
que estaba flotando en el río?
Eso fue en 2001 y desde eso no volví a navegar por el
río, porque nunca más quise subirme a una chalupa.
Ni siquiera para transportarme.
Hasta hoy, cuando usted me pidió de forma muy decente
que le contara la historia de cómo es que aquí en
el Magdalena a los que asesinan no los entierran. Prefieren botarlos
al río.
Cifras de un cementerio de
agua
"El río Magdalena es un gran símbolo de vida
pero también de muerte". Con esta frase define Yolanda
Becerra, directora de la Organización Femenina Popular
(OFP), la forma en cómo la principal avenida marítima
del país se convirtió en el cementerio de agua de
los desaparecidos.
Esto lo confirmó el jefe paramilitar Ramón Isaza
al señalar hace dos meses que "nosotros no hacíamos
fosas comunes. A toda la gente la tirábamos al río".
El Magdalena Medio, primero bajo la presión del Eln y
luego con la llegada de los paramilitares, se transformó
en zona de guerra, desaparecidos y muertos. Muertos sin nombre
y sin tumba.
Según cifras de la Asociación de Familiares de
Detenidos - Desaparecidos (Asfaddes), entre 1984 y 2003 en todo
el país se presentaron 6.875 desapariciones forzadas, en
las que se vieron involucrados grupos de izquierda, de derecha
y el mismo Estado colombiano.
Aunque ciudadanos del común y autoridades reconocen que
en los últimos años el número de cuerpos
que baja por el río Magdalena es inferior al de años
pasados, esa modalidad de crimen aún se presenta y continúa
siendo el método preferido por los asesinos para tratar
de borrar las evidencias.
Un informe de la Corporación Regional para la Defensa
de los Derechos Humanos (Credhos), revela que entre 2000 y 2003,
solo en el Magdalena Medio, se presentaron 208 desapariciones
forzadas, de ellas 13 en Bolívar, 186 en Santander y 9
en Antioquia.
David Ravelo, secretario general de Credhos, aseguró que
únicamente el año pasado 17 personas desaparecieron
en Barrancabermeja.
"El Bloque Central Bolívar de las autodefensas ejerció
mucho control y terror en esta zona. Aquí se cerró
una tenaza de unanimismo político", asegura Ravelo.
Precisamente Barrancabermeja, por ser considerada la capital
del Magdalena Medio, carga con el mayor peso de la guerra. Cifras
de Acción Social revelan que entre el año 2000,
cuando ingresaron los paramilitares al casco urbano, y hasta el
2005, 13.720 personas sufrieron desplazamiento forzado en esa
ciudad y se registraron 1.448 homicidios.
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