EL COLOMBIANO
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Hernán Vanegas, enviado especial, Marsella | Frente a Beltrán, en Marsella, pasan decenas de cadáveres al mes, sostiene uno de sus antiguos habitantes. En esta época él no se atreve a recogerlos por temor a represalias y debido a un mandato de la autoridad local.
Hernán Vanegas, enviado especial Marsella | Cuando este puente que une a Cartago con Ansermanuevo fue inaugurado, hace unos 15 años, los asistentes vieron con horror tres cadáveres bajando por el río. Todos, excepto las autoridades de esa zona del norte del Valle, se alarmaron.
Hernán Vanegas, enviado especial, Marsella | Por ser patrimonio histórico y arquitectónico de la Nación, el cementerio es un sitio de orgullo para los habitantes de Marsella. Sin embargo, más de 450 NN, todos del río, están allí como testimonio de la práctica de los grupos armados de intentar desaparecer las huellas de sus crímenes.
Hernán Vanegas, enviado especial, Marsella | Hace diez años, cuando todas las tumbas fueron pintadas de blanco, se borraron los registros de las fechas en que fueron inhumados los NN.
Hernán Vanegas, enviado especial, Marsella | Los 36 alumnos de la escuela de Beltrán “están familiarizados” con ver bajar cadáveres por el río Cauca. Los “caprichos” del río traen a la orilla los difuntos de la violencia, en su mayoría del norte del Valle del Cauca.

“Solo el levantamiento, sin pruebas de identificación, vale $150 mil. Aquí se presta el servicio de necropsia y si no aparece el doliente se entierra
como NN (...) Esto es una carga para el municipio y se trata de agilizar las diligencias lo más que se puede”.


“Los retenidos fueron descuartizados, dejándolos desangrar. Las cabezas y
los troncos fueron depositados en costales diferentes (...) Una volqueta Ford azul llevó los cadáveres hasta el río Cauca, donde fueron arrojados”.

“Rasparon y volvieron a pintar. Por eso, los cadáveres andan perdidos en el cementerio. Tan extraviados que poco después del retoque blanqueador, casi no encuentran a un NN que resultó ser un ingeniero agrónomo secuestrado, asesinado en cautiverio y que terminó en las aguas del Cauca”.
Más de tres meses se quedaron los habitantes de La Gabarra, Norte de Santander, sin comer pescado y sin bañarse en el Catatumbo. Les daba asco saber que los paramilitares habían convertido el río en un botadero de los restos de sus víctimas. En las riberas del llanto se presentaron hace ocho días las historias del terror que sembraron los grupos armados en la zona, utilizando motosierras.

Un puerto de cadáveres en Marsella

En el cementerio de ese municipio hay más de 450 NN.
Llegan de la vereda Beltrán, a orillas del río Cauca.
Niños del pueblo se acostumbraron a ver muertos.
Por amenazas o miedo, ya no los entierran como antes.


Por
Glemis Mogollón
Enviada especial, norte del Valle

Al cráneo que encalló a principios de este mes en una empalizada, a pocos metros de su casa, ni le puso cuidado. Hace años que Isidro Benítez* decidió no gastar más tiempo en hacer un inventario de difuntos, cuando vio que no servía de nada llevar la cuenta de los que pasaban frente a su casa, en las aguas revueltas del río Cauca.

Contó hasta mil. “Uno se asustaba al principio. Una vez, en un día, llegaron 14 cuerpos, eso era como cogiendo café”. Ya se acostumbró a los muertos. Paga ese precio por vivir en la vereda Beltrán, de Marsella, en Risaralda, donde el Cauca forma un remanso al que llegan largos troncos de guadua, animales, muebles viejos, botellas, zapatos, latas, más basura. Y gente.

“El río hace un desnivel hacia acá”, muestra Isidro, mientras señala la orilla del cauce que queda en su propiedad, una casa de patio amplio con sombras de una palmera, un árbol de mango y una ceiba frondosa que tuvo buena vida hasta hace dos meses, cuando la dejó maltrecha un tornado que azotó varios pueblos de Risaralda.

En este punto, como el río tiene muchas piedras, lleva un sonido de mar, pero sigue siendo navegable. Es un paisaje de paraíso, que casi se convierte en purgatorio hasta que el río crece o el familiar de la víctima aparece.

No siempre fue así. Hace unos 25 años, cuando Isidro y los vecinos vieron los primeros cadáveres bajar por la vereda, nadie dudaba en sacarlos de las aguas por su propia cuenta o avisar a Marsella para que la Policía o los bomberos vinieran por ellos.

Pero en una época fueron tantos que las bóvedas en el cementerio del pueblo comenzaron a escasear por los difuntos que aparecían en Beltrán, a donde se llega en media hora si la carretera está medio buena.
Esos días tienen nombre propio en la historia del país: la masacre de Trujillo.

Durante dos años, entre 1988 y 1990, los habitantes de ese municipio del norte del Valle del Cauca padecieron un carnaval de sangre y muerte planeado y ejecutado por miembros de la fuerza pública del Estado colombiano, paramilitares, ganaderos y narcotraficantes.

El Cauca habla
Los muertos fueron 107 según el informe de 200 páginas que recibió el presidente Ernesto Samper, el 31 de enero de 1995, de la comisión interinstitucional creada para indagar la verdad. Y para la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo (Afavit) pasaron de 300, porque contaron las desapariciones y los asesinatos sistemáticos ocurridos, casi todos con la misma impronta, entre 1986 y 1994 en Trujillo, Riofrío y Bolívar.

Por el caso, que llegó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, y en un hecho jamás visto en el país por medios de comunicación, un presidente de la República pidió perdón por lo que llamó “sacrílega violencia”.

En el discurso de ese 31 de enero, se oyó a Samper decir que “ojalá, nunca jamás, esta historia de Trujillo, la triste historia de Trujillo, se repita”.

El informe detallaba cómo los victimarios, para torturar y matar, usaban soplete y motosierra. “Los retenidos fueron descuartizados, dejándolos desangrar. Las cabezas y los troncos fueron depositados en costales diferentes (…) Una volqueta Ford azul llevó los cadáveres hasta el río Cauca, donde fueron arrojados”.

A pesar de las promesas, solo un personaje reconocido de esos días está en prisión. A finales del año pasado, cuando estuvo a punto de recobrar la libertad, la Fiscalía llamó a juicio a Henry Loaiza Ceballos (más conocido como El Alacrán) porque “en asocio con desviados agentes del orden, prevalidos del afán de emporio económico y el afianzamiento del narcotráfico, acometió toda suerte de crímenes”.

En la casa de la palmera, el palo de mango y la ceiba, Isidro supo con anticipación de lo que después Samper se mostró dolido. “Donde ese río hablara (...) A uno le toca ver de todo: troncos sin cabeza, pedazos de extremidades o cabezas solas, con los ojos brotados o muy desfigurados”.

Tumbas blanqueadas

Para dar abasto con lo que el río arrojaba a Beltrán en esa época, hubo días en los que funcionarios de la unidad local del Instituto de Medicina Legal de Marsella entraban a trabajar a las siete de la mañana y salían casi a la medianoche.

“Desde 1982, en el cementerio se han enterrado poco más de 450 NN, todos del río. Hay fosas con restos de cinco, seis y hasta ocho personas”, calcula Luz María Ortiz, directora de la oficina. Datos exactos no hay. Van a ser 10 años que el cementerio Jesús María Estrada, con ese nombre en honor a un monseñor considerado guía espiritual en el pueblo, fue declarado patrimonio histórico y arquitectónico de la Nación por estar construido mediante el sistema de terrazas y no con las tradicionales bóvedas.

Y para embellecer el nuevo destino turístico de este pueblo cafetero, la junta de ornamento ordenó pintar de blanco todas las tumbas, incluidas las que la funcionaria marcó durante años, con pincel y pintura negra, la fecha en la que llegaban los difuntos rescatados de Beltrán.

Todo ocurrió en el año en que la unidad local fue cerrada y ella trasladada a otro municipio de Risaralda. “Rasparon y volvieron a pintar. Por eso, los cadáveres andan perdidos en el cementerio”.

Tan extraviados que poco después del retoque blanqueador casi no encuentran a un NN que resultó ser un ingeniero agrónomo secuestrado, asesinado en cautiverio y que terminó en las aguas del Cauca.

“Nos tocó destapar y volver a tapar unas 60 tumbas”. Después de tres días de excavaciones, lo encontraron.

Por la tragedia en el Cauca, el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses hizo un estudio, de los pocos que hay en el país sobre ríos y muerte, que evidenció que entre 1990 y 1998 se practicaron 547 necropsias a víctimas de homicidios rescatadas de este río, asesinadas en su mayoría en el norte del Valle.

Menos no es mejor
Los días en que los muertos eran tantos que no le dejaban tiempo para ir a pescar son un mal recuerdo para Isidro y un asunto de días lejanos para los funcionarios de Medicina Legal. En 2005, los rescatados en Beltrán fueron 10. El año pasado, cinco: cuatro fueron reconocidos y uno no. Y este año van dos, todos identificados y reclamados por sus familiares.

No es que el horror ya no viaje por el cauce. Los muertos siguen pasando frente a su casa, “dos, tres, cuatro a la semana. Esto sigue igual, es mucho lo que baja”, asegura Isidro, que ya no los recoge por el miedo que le hicieron sentir hombres que hace unos 15 años llegaron en “carros extraños” a exigir que “los muertos que vieran en el río siguieran en el río”.

En Marsella no son pocos los que comentan que a las autoridades del pueblo no les gusta que los NN terminen en el cementerio y desalientan la labor que en Beltrán comenzó como si fuera un mandato de buena costumbre con el prójimo.

“Parece que les advirtieron que si sacan un muerto, entonces ellos mismos tienen que ocuparse del entierro. También les dijeron que se meterán en problemas y tendrán que ir a la Fiscalía de Pereira a declarar. ¿Y así quién se le mide a eso?”, relata un habitante del casco urbano.

Los muertos que llegan a Beltrán “no son nuestros, pero nos han endilgado la fama de un pueblo violento y eso no es cierto”, afirma tajantemente el secretario de Gobierno de Marsella, Luis Gonzaga Toro. Para él, que en el Valle no haya trayectos mansos en el río, como en Marsella, es la razón por la que en el cementerio de este municipio haya tantos NN.

“Solo el levantamiento, sin las pruebas de identificación, vale 150 mil pesos. Aquí se presta el servicio de necropsia y si no aparece el doliente se entierra como NN (…) Esto es una carga para el municipio y se tratan de agilizar las diligencias lo más que se puede”, dice para explicar por qué el cráneo lleva más de 20 días encallado cerca de la casa de Isidro, en Beltrán. “Desconocía esa situación, afirma.

Isidro prefiere no comentar nada cuando se le pregunta sobre la actitud de las autoridades. “Mientras esté el familiar presente y dé el permiso, no hay problema”.

Largo recorrido
Los muertos vienen de más arriba. El río nace cerca del páramo de Sotará en el departamento del Cauca y cuando llega a Marsella ha recorrido unos 500 kilómetros por una senda que es también la de los grupos armados ilegales.

En Marsella y más arriba, como en Cartago o Ansermanuevo, en Valle, le achacan más esa práctica a paramilitares y narcotraficantes. “Este río es una cloaca para el ajuste de cuentas”, dice Marco Tulio Pérez, un historiador popular de Cartago que ha visto y escuchado mucho del Cauca.

Es de los pocos que en el norte del Valle hablan del río y sus muertos. El tema es casi vedado por el miedo a los narcotraficantes, que siguen fuertes en la región, y a paramilitares sin desmovilizar que trabajan para ellos. “Ni se les ocurra ir a Obando a preguntar de esto, que allá los van matando”, es el comentario que le hacen al equipo periodístico de EL COLOMBIANO, al anunciar que la intención es recorrer más del norte del Valle para encontrar historias de víctimas halladas en Marsella.

Nadie quiere problemas y por eso muerto que ven, lo dejan seguir bajando. Los areneros de Cartago, por ejemplo, solo recuperan un cuerpo si un conocido o familiar va por el cadáver.

“El sábado pasado bajó una cabeza de un hombre. Pero yo ni por un millón de pesos saco nada”, confiesa un hombre menudo, con brazos fuertes y musculosos que dan 17 años de llenar volquetas con arena a paladas. Y no es porque no le hagan falta. Por cada carro lleno pagan 10 mil pesos, que divide con otros tres colegas que le ayudan en la carga.

A quienes por función y obligación les compete tampoco les gusta saber del problema. Marco Tulio recuerda hace unos 15 años el día de la inauguración del puente Anacaro, entre Cartago y Ansermanuevo, con el que se remplazó uno construido a principios de siglo pasado. Asistieron las más importantes autoridades civiles y policiales de la región, gente de los dos pueblos y llevaron a los estudiantes de las escuelas públicas.

Los gritos de los niños por la macabra visión de varios gallinazos sobre las espaldas de tres cuerpos llamaron la atención de todos, excepto de los funcionarios que continuaron en la ceremonia, como si nada.
Y hace poco menos tiempo, en 2003, durante una válida de motonáutica, competidores y espectadores en la orilla quedaron aterrados con un cadáver que viajaba en posición de estar sentado sobre algo que nunca pudieron distinguir.

“Llevaba la mirada hacia arriba y tenía la cara desencajada”, cuenta el historiador popular, que prefiere hablar del Cauca del siglo pasado, cuando por falta de carreteras los vapores traían y llevaban mercancía entre los pueblos.

Consuelo para dolientes

Cuando a Beltrán llega una madre, una esposa o una hermana angustiada (la mayoría de los muertos son hombres y encontrar una mujer “es una rareza”), antes de la búsqueda lo primero que brinda Isidro es consuelo. “Les doy aliento y les hablo de Dios. Se dice que la paga del pecador es la muerte, pero también son almas que han partido sin rendir cuentas”, dice el campesino con el discurso de un pentecostal convertido hace siete años.

De vez en cuando, el remordimiento por ver pasar y no poder hacer nada por un difunto lo intranquiliza. Incluso ha pensado en dejar Marsella. “Esto se vuelve peligroso, así uno no tenga nada que ver”. Lo atajan el cariño por la vereda y las seis o siete arrobas de bagre, barbudo, bocachico, rayado, jetudo, corroncho y sardinata que saca del Cauca cada semana y que le dan para mantener a la familia. Vuelve y duda de su decisión de quedarse cuando habla de sus hijos que, como él, se acostumbraron a ver muertos.

“Un ahogado, un ahogado”, gritan apenas ven la figura que sobresale del agua. “Yo vi el primero cuando tenía siete añitos”, recuerda uno de los menores de la casa, de 12 años. Para que no tuviera pesadillas, Isidro le advirtió que no se acercara. Más pudo la curiosidad del niño. “Estaba amarrado y venía sin cabeza. Por la noche me dio mucho susto, pero ya no me da miedo”, dice con cierta vanidad de su valentía.

Él no es el único. Una de las maestras de los 36 estudiantes de la escuela advierte que los niños de Beltrán “están familiarizados con ver muertos”. Algunos de ellos saben de la calavera que aguarda un doliente cerca de la casa de Isidro, que disfruta más del Cauca en invierno. En época de verano hay menos probabilidades de que en el remanso encallen los muertos. “Aquí descansamos cuando el río crece”.

*Nombre cambiado por seguridad de la fuente

 
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