| Ríos
de sangre
La intención de los armados de los últimos tiempos
es desaparecer los muertos.
En cada
época los actores tuvieron motivaciones distintas.
La práctica
de ejecutar víctimas y tirarlas a los ríos data
del siglo XIX.
Desde hoy,
y durante el próximo mes, EL COLOMBIANO intentará
reconstruir la historia aún no contada de las víctimas
que viajaron corriente abajo por los ríos de Colombia,
en las zonas de Conflicto. En las riberas del Cauca, del Atrato,
del Magdalena, del Sinú y del Catatumbo, sus madres siguen
buscando y llorando.
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| El Atrato arrastró
las víctimas del conflicto en Chocó y Urabá.
La fotografía, que fue tomada en junio de 1997, muestra
cómo los gallinazos se lanzan sobre los cuerpos cuando
flotan. |
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| La
fotografía fue tomada sobre el río Cauca entre
los municipios de Caucasia y Nechí, en 2002, en época
de invierno. No se conoce la identificación del cadáver
ni si fue rescatado en una de las poblaciones ribereñas. |
Por
Catalina
Montoya Piedrahíta
"Dígame que mató a mi hijo, no importa, pero
cuénteme dónde lo enterró, en qué
fosa, que yo voy y lo busco y saco los restos".
-"No señora, nosotros no hacíamos fosas comunes.
A toda la gente la tirábamos al río".
Esa fue la tercera vez que Ofelia Zuluaga se encontró
cara a cara con Ramón Isaza desde 1997, cuando Ángelo
Posada desapareció en Doradal, un corregimiento de Puerto
Triunfo, a la orilla del Magdalena. La primera fue por esa misma
época, tras muchos intentos de conseguir una audiencia
con el jefe paramilitar más veterano de Colombia.
La segunda fue al final de enero, en un patio de la cárcel
de máxima seguridad de Itagüí que improvisaron
como auditorio, para que 20 madres les preguntaran por la suerte
de sus hijos a los jefes desmovilizados de las Auc.
Cada una desfiló con la foto ante ellos, que estaban sentados
al frente. Al final solo prometieron noticias de uno de los desaparecidos:
Ángelo.
Así que la cita se arregló para el 7 de febrero.
Ese día el recibimiento no fue en un patio sino en un salón.
Ramón Isaza estaba sentado, Ofelia al frente.
-¿Qué pasó con mi hijo?
-No sé, pero el carro está y lo podemos devolver.
| Todos los ríos de Colombia,
en aquellas zonas donde se manifiesta el conflicto, tanto
el que se conoció como La Violencia, entre los años
40 y 50, como el que persiste hoy, arrastraron a los muertos
corriente abajo y, en la mayoría de las ocasiones,
los desaparecieron.
Los ríos desterritorializan a los muertos. Su permanencia
en las aguas altera la identificación de los escenarios
en los que se ejecuta el crimen. A esto se suman prácticas
de autoridades que se encargaron de empujarlos para que
no encallaran en sus poblaciones.
Desde la violencia de mitad
del siglo XX los ríos fueron sangre. "Por ellos
bajaron miles de cadáveres mutilados, maniatados,
vestidos, desnudos, confundidos víctimas y victimarios
(...) A orillas de las aguas se abría el vientre
a las víctimas para que se hundieran".
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Algo hizo que se arrepintiera de decir la verdad, de eso Ofelia
está segura. Hasta ahora nadie ha encontrado los restos de
Ángelo, como tampoco los de Orlando*, que el 12 de octubre
de 1996 no regresó a su casa. Su mamá y su hermano
confirmaron el mismo día de la confesión de Isaza,
pero en el piso 20 del Palacio de Justicia, que después de
ejecutarlo hombres del Bloque Suroeste de las Auc lo echaron al
Cauca.
El Magdalena, el Cauca, el Sinú, el Atrato, el Catatumbo...
Todos los ríos de Colombia, en aquellas zonas donde se
manifiesta el conflicto, tanto el que se conoció como La
Violencia entre los años 40 y 50, como el que persiste
hoy, arrastraron a los muertos y, en la mayoría de las
ocasiones, los desaparecieron.
Hasta ahora es imposible saber cuántas de las víctimas
de aquella guerra y de esta viajaron corriente abajo. Monseñor
Guzmán Campos y Orlando Fals Borda intentan un cálculo
de los asesinatos ocurridos en el país entre 1949 y 1958,
con base en archivos parroquiales, en cifras de las fuerzas armadas,
de juzgados, de alcaldías, de registros particulares y
de notarías.
El total bordea los 180.000 muertos, pero de esos muchos no están
contados: los inhumados en "cementerios ad-hoc" y los
cadáveres devorados por los animales o arrojados a los
ríos. "Casos hubo en que se logró establecer
el número exacto de víctimas, pero el estado de
descomposición impidió el traslado de muchos a las
poblaciones, estableciéndose una diferencia entre el total
y la cantidad que figura en los libros".
En épocas más recientes, las estadísticas
siguen siendo el problema. El Instituto Nacional de Medicina Legal
cuenta únicamente con un estudio realizado en el río
Cauca, entre la zona industrial de Cali y el occidente de Caldas.
Arrojó que entre 1990 y 1998 se practicaron 547 necropsias
a víctimas de homicidio rescatadas del río.
Queda un vacío de información de lo que sucedió
en los otros 41 ríos más importantes del país
y sus cientos de afluentes. La historia la retoma el Instituto
entre 2004 y 2006, con un reporte total de 118 cuerpos rescatados
de fuentes de agua en todo el territorio nacional.
Agua para borrar
Ese 12 de octubre fue sábado. Orlando iba para la casa,
donde vivía con su mamá. En vez de tomar el camino
corto, pero de carretera destapada, se montó en el "chivero"
de un amigo que prometió llevarlo gratis y sobre pavimento.
Iban por la vía que de Andes conduce a Tapartó,
suroeste antioqueño, con un pasajero más. En el
transcurso entraron a una finca. Ahí los interceptaron,
amordazaron y en ese mismo vehículo los transportaron hasta
Arepas, un predio entre Peñalisa y Bolombolo, a toda la
orilla del Cauca.
Hombres del Bloque Suroeste de las Auc sospechaban que ese tercer
viajero era un extorsionista. Pero los mataron a los tres. "Usted
sabe, mi hermano estaba ahí y no podían dejar testigos".
Al amanecer del domingo las autoridades encontraron el carro,
un Mazda, según recuerda Ernesto*. Estaba intacto, lo único
que le faltaba era el radio. En ese momento lo asaltó un
presentimiento que hizo que desde ese día, hasta hoy, se
encomendara en secreto al ánima de su hermano, "como
buen conversador con Dios".
El presagio de que Orlando estaba muerto lo movió a buscar
de morgue en morgue, río abajo: pasó por Bolombolo,
Anzá, Santa Fe de Antioquia y no lo encontró. "Un
cuerpo, al ser lanzado al río, flota. Lo extraño
es que ninguno de estos tres flotó"...
El problema es que los ríos borran las huellas. Sobre
todo, porque desterritorializan los muertos. "Su permanencia
en las aguas supone una alteración en la identificación
de los escenarios en los que se ejecuta el acto violento",
explica Medicina Legal.
A este fenómeno, que ocurre por la acción de la
corriente, se suman prácticas de autoridades municipales
que, en una época, se especializaron en fabricar varas
largas de hasta cuatro metros, para evitar que los cuerpos encallaran
en sus territorios.
De esto da testimonio Jorge Mario Henao, médico forense.
"Me iba de Quibdó para arriba y me encontraba con
que los inspectores de los municipios ribereños, cuando
veían el cadáver que venía flotando por el
Atrato, lo empujaban hacia la mitad para que siguiera su curso.
Si el muerto volvía a la orilla, entonces el inspector
de la población de enseguida hacía lo mismo".
Mientras tanto, la víctima seguía descomponiéndose,
expuesta a la acción de los gallinazos y los peces, a la
pérdida del tejido blando y al naufragio.
La corriente traiciona
"Mi otro hermano y yo, con cabeza fría, sí
éramos certeros de lo que había acontecido",
repite Ernesto, cuando se acuerda de lo que pasó hace diez
años.
"Uno aduce que mi hermano y los otros dos fueron sometidos
a rajarlos y llenarlos de piedras antes de tirarlos al río
y que por eso no aparecieron".
Esa imagen de orilla no es nueva. Se remonta, incluso, a las
guerras civiles del siglo XIX. La profesora María Teresa
Uribe refiere un episodio.
Se trató de una acusación que se hizo en un debate
en el Congreso, sobre arbitrariedades cometidas en la Guerra de
los Supremos (1839-1842). Al denunciante le devolvieron la imputación:
le dijeron que no podía hablar de "barbaridades",
cuando él mismo había tirado 12 indios vivos al
río Guáitara durante las guerras de independencia.
En los relatos de la violencia partidista de mitad del siglo
XX la práctica se hizo mucho más frecuente. Monseñor
Guzmán Campos dice que en Colombia los ríos fueron
sangre.
"Por ellos bajaron miles de cadáveres mutilados, maniatados,
vestidos, desnudos, confundidos víctimas y victimarios
(...) A orillas de aguas remansadas, se abría el vientre
a las víctimas para que se hundieran en el fondo de los
charcones".
Pero adentro, el río mueve, golpea, desgarra y traiciona:
los muertos vuelven a flotar...
A diferencia de lo que se hacía Atrato arriba, Jorge Mario
Henao se dedicó a recoger los cuerpos que pasaban por Quibdó.
Venían desde El Carmen, Lloró, o los traía
el Andágueda. También recorrió el San Juan
desde Istmina hasta Pizarro, en límites con Valle.
"Notábamos que a algunos los querían desaparecer".
Jorge Mario lo sabía porque llegaban sin vísceras
y, en ocasiones, con suturas abdominales medio abiertas. Tal vez,
se atreve a suponer, "los llenaban con algo pesado y los
cosían, pero las piedras o los animales deshacían
las puntadas y los gases acumulados en los tejidos los ponían
en la superficie".
La intención de borrar era también evidente por
la amputación de las falanges de algunos otros.
Enteros o eviscerados, los que atendió Jorge Mario en
el Atrato y el San Juan fueron civiles en su mayoría y
murieron de la misma manera: fuera de combate, con uno o dos tiros
de fusil disparados desde muy cerca. Así como Orlando.
Botar basura
Su mamá esperó que regresara a tocar la puerta durante
diez años. No se despegó de las emisoras radiales,
no se deshizo de su ropa y al resto de los hijos varones los llamó
desde entonces con el nombre del desaparecido, porque siempre
lo tenía en la cabeza.
La agonía terminó el pasado 7 de febrero en el
piso 20 del Palacio de Justicia de Medellín, durante la
segunda sesión de la versión libre de Carlos Mario
Montoya Pamplona (alias El Arbolito o Arnold), un desmovilizado
del Bloque Pacífico, que desarrolló sus actividades
delictivas dentro del Bloque Suroeste de las Auc.
Ernesto le pasó en un papelito una pregunta: que cuál
armamento le había encontrado a Orlando si creía
que era un guerrillero. El Arbolito respondió que ninguno,
que había procedido siguiendo órdenes.
Ejecutar para después lanzar a los ríos es una
práctica sobre la que se puede trazar un rumbo histórico
de acuerdo con las motivaciones de los actores.
Según María Teresa Uribe, en el siglo XIX se buscaba
castigar al enemigo y aplicarle dolor.
En el período de La Violencia, la intención, además
del castigo, parecía ser la del escarmiento.
El propósito de desaparecer, en cambio, marcó el
desarrollo del conflicto armado de las últimas décadas,
en parte porque la desaparición forzada es un invento de
la Doctrina de la Seguridad Nacional, que se inauguró en
Latinoamérica con las dictaduras instauradas en los 60
y 70.
No hacía parte de la mentalidad de las chusmas y contrachusmas
de mediados del siglo pasado, como tampoco los derechos humanos,
promulgados en 1948, cuando aquí se vivía la más
honda crisis.
Hoy de lo que se trata es de ocultarles a las autoridades las
huellas del delito, en un contexto de Derecho Internacional Humanitario
y de justicia penal internacional.
No hay exclusividad en cuanto a los actores. Guerrillas liberales,
Pájaros y Chulavitas tiraron cadáveres a los ríos
en los años 40 y 50. Farc, Eln, paramilitares, narcotraficantes
y delincuentes comunes continúan haciéndolo.
Sin embargo las fuentes militares coinciden con las académicas
en decir que la desaparición de las víctimas en
los ríos es una práctica más usada por los
grupos de autodefensa. A la guerrilla le interesa publicitar sus
actos de guerra, no esconderlos. Esto se suma a la necesidad de
salir rápidamente de la escena. La sevicia requiere tiempo.
En los procedimientos de unos y otros, además de una medida
pragmática para borrar pruebas, se expresa una mirada del
enemigo que la antropología intenta explicar.
"Los criminales deshumanizan a las víctimas. Al tratarlas
por ejemplo de 'mis gallinitas', las feminizan, las minimizan.
Y entre más chiquitas y más animales, menos problemas
morales enfrentan para liquidarlas", explica la antropóloga
María Victoria Uribe.
"Entonces, cuando a una persona la mataron como un animal,
así mismo la tiran. Es como botar basura a un basurero".
Volver a la humanidad
Pero así como a la hora de la muerte los armados les borran
a los cuerpos la condición humana, la gente de los pueblos
ribereños, a la vez testigo y a la vez víctima del
conflicto, intenta recuperarles el alma.
En Puerto Berrío y Puerto Triunfo, algunas familias les
ofrecen a las tumbas de los NN devoción y cuidado a cambio
de favores. Y en el momento en que los consideran concedidos trasladan
los restos a los osarios y los bautizan con sus apellidos.
La última pregunta que Ernesto le hizo a El Arbolito fue
si quería pedirle perdón a su mamá, frente
a frente. A la mujer la hicieron pasar al recinto. Llorando, le
dijo a Carlos Mario Montoya Pamplona que le perdonaba solo porque
le había dicho la verdad sobre Orlando.
"Como ser humano, él también tiene su corazón.
No aguantó y se puso a llorar". Ella salió
del recinto y dieron un receso.
*Nombres cambiados por seguridad de las
fuentes
Índice de fuentes consultadas
Monseñor
Germán Guzmán Campos y Orlando Fals Borda coautores
del libro La Violencia en Colombia.
María
Teresa Uribe, profesora del Instituto de Estudios Políticos
de la Universidad de Antioquia.
María
Victoria Uribe, antropóloga del Instituto Pensar y autora
del libro Antropología de la Inhumanidad, consultado para
el desarrollo de este texto.
Jorge Mario
Henao, médico forense, director del Instituto de Medicina
Legal en Chocó, entre 1994 y 2000.
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