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>> Las barras bravas o la violencia en el fútbol
¡Falta sin balón!
Una masa globalizada que se cobija con la violencia, eso es
una barra brava.
En
Colombia el fenómeno desbordó las expectativas
de todo el mundo.
Hoy
se debería haber jugado el clásico 222, pero
el Alcalde no dio el permiso.
Por
Redacción
Deportiva
Medellín

El 14 de febrero se jugó
el clásico entre Nacional y Medellín en
el estadio Atanasio Girardot (terminó empatado
1-1). Ese día las mascotas Odim y Nacho (rojo y
verde respectivamente), sellaron un pacto de paz. Pero
en las afueras del estadio, después del partido,
hubo desórdenes y dos muertos. Eso hizo que el
Alcalde cerrara el escenario para los clásicos
paisas. La solución al problema de las barras,
sigue en entredicho. Foto Juan Antonio Sánchez |
El fútbol, ese que un pensador francés llamó
la "inteligencia en movimiento", pasó de
ser una recreación inocente a un negocio de exorbitantes
ganancias. En este proceso, en el cual el capitalismo no sólo
es el telón de fondo sino todo el teatro, fenómenos
como el de la globalización posibilitan simultáneamente
enterarse de una transacción millonaria por un futbolista
en Italia o de los actos vandálicos de una barra brava
en Argentina. O en Medellín.
Ahora, debido a esa red universal mercantilista, es fácil
lucir, en un calle de Medellín o Bogotá, una
camiseta del Inter de Milán o del Real Madrid, o copiar
los estribillos de La 12, la desaforada barra brava de Boca.
Así, el fútbol, ha ido cultivando a su alrededor
una pasión desenfrenada. Convertido en algunos países
en una especie de religión, con feligreses y sacerdotes,
también da lugar a la presencia de expresiones tribales,
a la utilización de su espectáculo como estupefaciente
social o como mampara para ocultar desafueros. Y, claro, como
veta de desmesuradas ganancias.
Las barras bravas, tal como lo demostró la serie de
EL COLOMBIANO, que hoy termina, se inscriben en contextos
socioeconómicos, no están exentas de ideologías
y en ellas confluyen diversos sectores de la sociedad. Incluso
reflejan la lucha de clases y son expresión de subculturas
juveniles, como los punkeros, los skinheads, los metaleros...
Las barras bravas, cuyos orígenes en el mundo se remontan
a los sesentas, han crecido vertiginosamente en Colombia,
en especial en Bogotá, Medellín y Cali. Su aparición
y desarrollo tomó mal preparados a las autoridades,
a los equipos, a los jugadores, a los periodistas. Y también
a los espectadores.
Sus creadores y líderes reconocen que sus objetivos,
de efervescente acompañamiento a sus equipos preferidos,
se desviaron, pero dicen estar dispuestos a recuperarlos.
Se plantean pactos de no agresión entre las barras,
por ejemplo.
Las barras, cuyas estructuras organizativas tienen muchos
vacíos, también han sido penetradas por intereses
políticos, aunque algunas, como la Rexixtenxia Norte,
del DIM, y Los del Sur, de Nacional, los rechazan.
Las manifestaciones violentas de las barras bravas colombianas
han pasado a engrosar los problemas de orden público
del país, pero, al mismo tiempo, algunas de ellas buscan
proyección social, con trabajos comunitarios, escuelas
de fútbol y son conscientes de la necesidad de emprender
campañas educativas.
Los comportamientos de los barristas, cuyos símbolos
y distintivos están relacionados con lo gótico,
el rock pesado, el militarismo y movimientos políticos,
han perjudicado negocios y viviendas en los alrededores de
los estadios y en los barrios. Pintan fachadas y muros con
su grafitería tribal.
Las reacciones agresivas de las barras bravas se inscriben
dentro de un contexto social caracterizado por el desempleo,
la falta de oportunidades educativas, la descomposición
familiar, las desigualdades económicas y, de otro lado,
por el vacío en la legislación colombiana en
el tratamiento de menores infractores.
La pasividad del Estado y de las autoridades es notoria.
Y, según voceros consultados en esta investigación,
hay que enseñar y educar, antes que reprimir.
El fútbol, además de divertir y ser fuente
de ganancias, también aliena, tal como se nota en barristas
que creen que un equipo lo es todo y, como si se tratara de
causas más excelsas, podrían llegar hasta dar
la vida por él. Al fin de cuentas, parece que los barrasbravas
jugaron -como en La Vorágine- su corazón al
azar y se los ganó la violencia.
Implicaciones
Cierre indefinido para clásicos
Los hinchas de Medellín y Nacional deberían
estar preparando la fiesta para el clásico 222 entre
rojos y verdes, que iba a jugarse hoy. Sin embargo, el sueño
de ver un estadio con 50.000 almas quedó aplazado indefinidamente,
tras la decisión del alcalde Luis Pérez Gutiérrez
de cerrar las puertas del Atanasio Girardot hasta tanto "haya
garantías de seguridad alrededor del espectáculo".
Los desórdenes y pedreas protagonizados por un sector
de la fanaticada en diferentes sitios de la ciudad, sumados
a la muerte del agente auxiliar de la Policía Reinaldo
Alberto Garzón, de 20 años, y del joven Wilson
Darío Bran Aristizábal, de 16 años, en
las afueras de la estación Santa Lucía, del
metro, la noche del 14 de febrero, motivaron al mandatario
a tomar la determinación, como lo hizo su antecesor,
Juan Gómez Martínez, en 1999.
La investigación de las muertes ya pasaron de la Fiscalía
General de la Nación a la Justicia Penal Militar. El
Alcalde nombró una comisión integrada por los
representantes del Inder, la Secretaría de Gobierno,
los dos clubes profesionales, la Dimayor y la Federación,
para que en 15 días presenten una propuesta convincente
que permita la reapertura del escenario.
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