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Deportes >> Las barras bravas o la violencia en el fútbol

Más allá del Sur

El estilo de los sureños es cantar, brincar y alentar a su equipo todo el partido.
En la barra se congregan todo tipo de gente y condiciones sociales.
Las mujeres y los niños hacen la nueva realidad del conglomerado.



Por
Pablo Arbeláez Restrepo
Medellín


Hace cuatro años, hinchas del Atlético Nacional acogieron como suya la tribuna sur del Atanasio Girardot. En el comienzo fueron unos pocos, hoy en los clásicos y partidos importantes no caben. Son Los del Sur, un fenómeno que se ha extendido al país. Sus líderes están de acuerdo en que se establezca un auto control, para evitar demanes a la salida del estadio.

Dos horas antes del partido estaban parchados frente a la Tienda Verde. Esos nueve niños habían caminado desde el barrio Pedregal hasta el estadio. Llevaban la camiseta verde y el corazón del mismo color, porque jugaba Nacional.

La emoción no cabía en sus cuerpos, porque esa noche volvían a estar en Los del Sur. "Parce, mirá qué calidosas son las camisetas, mirá la de entrenamiento", le decía Andrés a sus amiguitos, extasiados frente a las vitrinas, en la antesala del partido.

Afuera del reducto comercial de los verdes, el agite era grande. Jóvenes que iban y venían, casi todos uniformados, pasando de carpa en carpa, donde se tomaban la gaseosa o la cerveza que les daría el aliento para aguantar el trajín de las gargantas.

Media hora antes del juego, entraron los pelaos, se sentaron lejos de la polvorería "Porque ese lugar es únicamente para los duros de la barra". Los ojos de los niños se volvían más grandes y mucho más cuando sintieron subir el bombo, el instrumento que marca el ritmo en la tribuna. El eje central de la tribu verdolaga.

"Huy, socio, viste al man que llevaba el bombo. Viste cómo lo respetan y que nadie se le atraviesa cuando va pa´lante". El del bombo se sentó tras su ingreso triunfal y vino la reacción inmediata de los cánticos:

"Soy del verde, soy del verde soy, del verde soy yo... vamos, vamos Nacional... que vamos a salir campeones... vamos a ganar, esta noche tienes que ganar...". Otra emoción para los niños fue el ingreso de los equipos a la cancha. Los silbidos para el contendor de turno y unos cuantos "gonorreas", seguidos de los putazos. Un grito que en coro vale por dos.

Un cuento más fue cuando saltó el verde. Euforia, paroxismo; se prendió el alma, el confeti, las serpentinas, la pólvora y hasta las bengalas que hicieron más fuerte la noche. Y nada que fuera rojo.

Pero otra fue la canción en los momentos previos al juego. Era el himno de Antioquia, que con el brazo estirado, al estilo hitleriano, se entona con fervor... "porque Los del Sur es como Antioquia, de empuje y muy representativa ante el país", opinan los fundadores.

Andrés y sus amigos disfrutaban con todo, incluso el compartir una sola gaseosa y un paquete de papas entre nueve. Un sentimiento en común que los embarga. Los pequeños seguían brincando, dichosos porque habían podido estar en la barra, pero su sueño era volver a casa con los dos puntos entre las manos...

El segundo período
Antes a esa tribuna del estadio la conocían como Corea, hoy es Los del Sur. Punto de referencia en el Atanasio Girardot, donde se concentran las miradas cuando juega el Atlético Nacional.

Ayer, era el refugio de las clases trabajadoras de Antioquia, hoy epicentro de la Popular. En ella se encuentra un mundo distinto, no convencional, totalmente alejado de lo que era apoyar a un equipo de fútbol.

Unos la odian, otros la aman; unos la temen, otros la tienen como suya. Es donde se va a gozar, a sentir el sabor, el olor y el color de una nueva manera de ver suelto el mar de las pasiones que genera el fútbol. A ella, a su interior llega de todo. Gente de múltiples condiciones. Todo se entremezcla, hay algo que los une: el amor incondicional por su Nacional.

Verde preñado de intensidad por su agitado movimiento interior alrededor del bombo. Son Los del Sur, Sureños en su decir, una marca del fútbol narcotizante, ese que hace perder el sentido de las proporciones. En donde eres otro. Un barrista a morir que encuentra allí al socio; ese que te hace olvidar la falta de oportunidades, de trabajo, de goce, de amor de familia, porque sólo te lo brinda esa cofradía verdolaga.

Tiempo final
Los muchachos conformaron una barra distinta a las demás, sin tenerse que aguantar manejos y decisiones de otras agrupaciones. El Escándalo Verde marcó época, incluso en la forma de acompañar al equipo en diversas partes del país. Los gestores sureños no compartían la filosofía y las jerarquías que se intentaban establecer.

El querer era popular, una barra que le llegara a todo el mundo; sembrar la cultura del barrista que va al estadio a brincar, gozar y disfrutar.

Los Hijos del Sur fue el asomo de la conformación y finalmente el 27 de noviembre de 1997, en los bajos de la tribuna se consolidó la idea por parte de siete personas.

Al Atanasio llegaron los trapos, los cánticos, los hinchas parados y el aliento sin parar. Una fiesta sin condiciones. Compre la boleta, venga y cante, porque este es un espacio que no tiene límites. Pasaron cuatro años, el Rey de Copas saboreó los placeres de la gloria en finales como la de Colombia y la Merconorte.

La barra era incontenible. La cifras sobre sureños se quedaban cortas en cuanto a previsiones. Al Atanasio llegaron más, hasta ajustar los 10.000 ó 15.000. "Este es un fenómeno de juventud. Ser Sureño se volvió un orgullo para sus integrantes", opinan los fundadores.

La organización no jerarquizada empezó a reclutar adeptos en el país. Primero fueron Bogotá, Cali y Manizales. Después adhirieron Pereira, Ibagué, Armenia, Bucaramanga, Espinal y Cartago, para sumar más de 20.000 en el país. Un fenómeno que se hizo por contagio, promovido por sus adherentes.

"Ser Sureño es hacer de todo dentro y fuera del estadio. Hay pelaos que creen que con esto se puede agredir a la gente. Ellos equivocan su camino; eso no es ser Sureño", dice una de las cabezas del grupo.

La barra por el componente de tipo social se volvió algo incontrolable. La base de la agrupación es de 2.000 ó 3.000 barristas que saben cuál es el comportamiento que se debe tener, porque se les instruye en este sentido. También hay cosas que se salen de las manos y están de parte de los "infiltrados".

"En popular se fuma marihuana desde hace muchos años atrás. El trago y la marihuana están desde hace tiempo en el Atanasio. Hay quienes hablan que Los del Sur son violentos. Es una estigmatización que nos preocupa, ya que la barra se volvió el chivo expiatorio de la ciudad", piensan otros de los líderes.

"Se han cometido excesos, pero no al punto de decir que somos el segundo problema de orden público de esta ciudad", opina uno de los fundadores, quien pidió no ser identificado.

No hay reglas y normativas, pero existe la preocupación sobre el papel de los "pelaos", porque mientras unos se dedican a crear desórdenes a la salida de los clásicos, otros se van para sus casas como sucede con los mayores.

"Eso no de no dejar ir a los niños al estadio no tiene sentido", piensa el líder principal, que es un estudiante. El estadio se conoce desde pequeño y es a donde se va a conocer a los ídolos y la oportunidad de tenerlos cerca.

Los Sureños son de estratos del 0 al 6. Hay ingenieros, muchísimas peladas, especialmente entre los 12 y los 17 años; analfabetas, médicos, buseros, sicólogos, desempleados, carniceros y ... La barra es la ciudad, es una sociedad pluricultural en la que tienen la oportunidad de encontrarse por igual los del Barrio Popular y El Poblado. Hombres y mujeres.

Ante el crecimiento se echó mano de la figura de un Comité Central, con 50 componentes, que son los encargados del control de los tres niveles de trabajo. Las reuniones son secretas. Cuentan con líderes de zonas y de barrios, con dos municipios que están a la cabeza: Bello e Itagüí. Son entre 500 a 600 personas que se agrupan en cada sector para asistir a los partidos.

Hay menores de edad que arriban de la mano de los padres. Otros solos, para compartir gustos: la música, el fútbol y muchas cosas más. Ser oídos y tenidos en cuenta, como en una cofradía, la misma de la que hacen parte los nueve sardinos que se devolvieron juiciosos para Pedregal, porque acababan de ver a su verde, donde aprenden a ser sureños.

Implicaciones
Una cara positiva de Los del Sur

Los del Sur no se quieren quedar en el solo encuentro de los domingos, su intención es proyectarse hacia la comunidad, con trabajos en distintos frentes. Que no se hable de ellos únicamente por problemas de orden público.

"Nuestra escuela de fútbol es única en el mundo dentro de las barras de equipos. Manejamos 300 jóvenes de las categorías pony, ascenso, juvenil y segunda categoría. A los muchachos se les trabaja en valores del deporte y se les hace veeduría de calificaciones", cuenta uno de los líderes.

En otro aspecto trabajan por la resocialización de internos de la cárcel de Bellavista, con un torneo de microfútbol, en el que participan 300 personas, incluso con partidos entre reclusos y guardianes.

Por una Navidad Verdolaga, es otro de los programas. Cada diciembre, se recogen aguinaldos, juguetes, ropa y comida no perecedera.

También están los trabajos en el ramo de las comunicaciones, con la publicación de la Comuna Sur, el CD Cuando canta la sur, realizado en mayo de 2001. Con el producido de su venta se sostiene el arreglo de los "trapos" y de los bombos. El bombo mayor, con el que se marca el compás, tiene un valor de $400.000. Y la página de internet, para la formación de la cultura barrista, según opinan.

El estadio Atanasio Girardot en la década de los noventas fue una sola bandera. Sin embargo, con las medidas de control, éstas insignias se compraban antes con el dinero que recogían los líderes sureños. Hoy son la representación de un sentimiento, del amor individual y del barrio. "Bello es el Verde", se lee en la última que se colgó. Una de las metas de Los del Sur, es conseguir una bandera gigante, que vale $25 millones.

EL COLOMBIANO / Marzo 12 de 2002

 


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