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Inicio el Caguán un año después
20-02-2003
Temor no acaba un año
después
Entre las 7 p.m. y las 6 a.m., toque de queda en San Vicente
del Caguán.
La
gente no olvida su miedo por los bombardeos del 20 de febrero.
Hoy,
tras un año de roto el diálogo, la gente cree
que hay que volver a la mesa.
Por
Carlos Olimpo
Restrepo S.
Enviado especial, San Vicente
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Muchos de
los vehículos, la maquinaria y las sedes que utilizó
la guerrilla de las Farc mientras controló la zona
desmilitarizada, en los departamentos de Caquetá
y Meta, hoy permanecen quemados y en ruinas.Rodrigo Cicery,
Enviado especial, diario El País, Caquetá
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La agitación empezó a crecer casi al mediodía
del 20 de febrero de 2002, luego de que los últimos
funcionarios del Gobierno Nacional que permanecían
entonces en Los Pozos se marcharan de San Vicente del Caguán
en un avión oficial.
Casi de inmediato, las diferentes columnas y frentes de las
Farc que se encontraban en los cinco municipios despejados
del sur del país, comenzaron a retirarse ante el inminente
rompimiento de los diálogos que, por tres años,
sostuvieron con la administración de Andrés
Pastrana.
En San Francisco de La Sombra, vereda de San Vicente, los
pobladores fueron testigos de un inusual tráfico de
vehículos repletos de guerrilleros, que se internaban
en los Llanos del Yarí, con algunos de los principales
jefes de la organización guerrillera que tenían
sus viviendas a pocos kilómetros de allí, mientras
duró el despeje.
"Este carro era del escolta de Alfonso Cano, lo tuvieron
que dejar ahí porque se varó cuando salían
los comandantes", dice una habitante del lugar, al tiempo
que señala una camioneta Blazer, con una llanta pinchada
y cubierta de polvo, estacionada por ironía frente
al único montallantas del caserío. "En
el tiempo que ha estado ahí, nadie la ha tocado",
dice.
Esa noche, relata la mujer, "nos quedamos despiertos,
no dejamos dormir a los tres niños por si tocaba salir
a la carrera. Como a las dos de la mañana empezamos
a escuchar el bombardeo, primero era muy lejano y luego dispararon
contra campamentos más cercanos, pero allá no
había a qué darle". Tras aclarar que a
los pocos días cesó la acción de la Fuerza
Aérea, sostiene que "por aquí nunca hemos
visto un militar. Entraron a los pueblos pero al campo no
se han metido".
Profesora y alumnos
Andrea Pineda Olaya, profesora de primero en la escuela de
la vereda La Tunia, de San Vicente, no fue testigo de los
primeros bombardeos que destruyeron los campamentos y parte
de la infraestructura pública que el grupo guerrillero
construyó en tres años de diálogo.
Su tormento comenzó tres meses después, cuando
dictaba clase a su alumnos de primer grado. La zona selvática
donde está ubicada la escuela se vio de pronto sacudida
por el caer de las bombas y los ametrallamientos aéreos.
Como pudo, corrió con los pequeños durante casi
una hora, hasta salir a una carretera, donde se refugiaron
en un camión viejo e inservible. "De allá
salió para donde el sicólogo. Ahora está
en la unidad siquiátrica de Florencia", cuenta
Yesid Olaya, tío de Andrea.
La joven, de 23 años, está a punto de terminar
el tratamiento. En pocos días regresará, pero
su tío no sabe si volverá a dar clases en La
Tunia. En Guayabero y El Rubí, veredas de La Macarena,
el bombardeo provocó muchos desplazados que llegaron,
en principio, al casco urbano y luego se fueron a otros municipios.
"Cuando Pastrana dijo: se acabó, pensábamos
que el Ejército iba a entrar de una vez, pero pasaron
cinco o seis días para ver un soldado aquí y
eso lo aprovechó la guerrilla, para volver y matar
a varias personas", dice indignado un poblador de La
Macarena, quien asegura que esas muertes se habrían
evitado si la Fuerza Pública llega antes.
Esos fueron los cinco primeros muertos de la población,
tras tres años. "Es lógico, aquí
no había conflicto porque estaba una sola de las partes,
pero cuando entró el Ejército volvió
la guerra, porque las Farc no querían perder el control
tan fácil", asegura Luis Ernesto Villar, secretario
de Gobierno de La Macarena. Hoy, un año después
de concluido el despeje y rota una nueva esperanza de paz,
varios pobladores temen que la "celebración"
del grupo guerrillero los afecte, pues existen rumores de
alguna acción armada en casi todos los municipios.
Ante esto, la fuerza pública decretó el toque
de queda desde anoche a las 7 p.m. hasta hoy a las 6 a.m.
Incrementó sus medidas de seguridad para evitar atentados
o ataques y proteger a la población civil ante cualquier
eventualidad.
Un habitante de San Vicente del Caguán asegura que
al romper las conversaciones "el Gobierno lo único
que hizo fue dejarnos metidos en un problema muy grande".
Por eso, añade, "lo mejor es volver al diálogo.
Por más gringos que le metan a esto y por más
que les digan terroristas, esto va a seguir igual: el pueblo
sufriendo".
Implicaciones
Aumentaron los desplazados
Aunque en las administraciones locales no cuentan con estadísticas
fidedignas, por los problemas de funcionamiento que han tenido,
funcionarios y habitantes de San Vicente del Caguán
y La Macarena reconocieron que muchas personas salieron de
esas localidades o huyeron de sus veredas a las cabeceras
municipales, donde la seguridad es relativamente mejor.
"Desde el mismo 20 de febrero del año pasado
se fueron varias familias que no tenían nada que ver
con las Farc, pero estaban atemorizadas porque les tocó
alquilarles casas o negociar con ellos", sostuvo un ex
funcionario de la Administración de San Vicente del
Caguán, que pidió reservar su nombre. "Hace
como tres meses se fueron otras personas, porque llegaron
los ´paras´ con amenazas a quienes habían
colaborado con ellos durante la zona del despeje", agregó.
En La Macarena, el éxodo se dio inicialmente del campo
a la cabecera municipal y, ante los asesinatos de las Farc,
varios habitantes salieron por vía aérea a Villavicencio
o Bogotá. La gente decidió mudarse para estar
a salvo.
Análisis
Ni una paz boba ni una guerra hecha
con discursos
 |
| Antonio Navarro |
Por
Antonio
Navarro Wolf
Senador y ex militante del M-19
Ese proceso se rompió porque perdió todo el
apoyo público, de manera que lo que pasó era
inevitable.
Es malo que se haya roto la negociación, porque lo
que se dio fue un bandazo hacia el otro extremo. Se pasó
de una paz que no funcionó hacia algo que, más
que una realidad de guerra, es una retórica que tiene
más palabras que hechos reales, pero que ha cerrado
toda posibilidad de diálogo.
Me parece muy grave que no haya una posibilidad de diálogo
porque, aunque no veo que el diálogo produzca resultados
en el corto plazo, también es claro que la guerra no
se va a ganar ni en el corto ni el mediano plazos. Hay una
polarización que es muy grave para todos.
Las Farc han respondido de una forma brutal e inaceptable.
Las bombas contra la población civil son totalmente
antiéticas, por fuera de todo principio de una organización
guerrillera. El terrorismo es un acto absolutamente condenable.
Y el ambiente general es de polarización que tiende
a los extremos. Salimos de Guatemala, que era ese proceso
de paz y estamos en Guatepeor.
Estamos ante dos extremos: el de todo por la paz, que fue
un esquema frío y fracasado, del presidente Pastrana;
y el de todo por la guerra, que también es ilusorio
y que va a fracasar en la medida en que no va a poder producir
como resultado la victoria del Estado.
Como tantas cosas en la vida, la verdad está en el
punto medio. Aquí se necesita una política de
seguridad clara, coherente y firme, pero también una
disponibilidad al diálogo y a la negociación.
Todo el discurso por parte del Estado y de las Farc es de
confrontación. La guerrilla está en una arrogancia
y una extrema tremendas.
Estamos en una especie de situación pendular porque
pasamos de la paz utópica a la guerra utópica
y ambas son malas. Aquí no va a haber una paz tonta
ni discordia completa de ninguna parte. Hay que encontrar
un punto medio en el que el Estado cumpla sus funciones de
defensa, pero tenga la posibilidad de promover también
conversaciones. La enseñanza que queda es que la paz
no es una paz gratis y solamente voluntarista. La paz tiene
que ser el resultado de una serie de circunstancias nacionales
que exigen que el Estado tenga claros sus deberes y los cumpla
para poder, entre otras cosas, sentarse con autoridad para
negociar.
A Pastrana se lo fumaron los comandantes de las Farc en el
Caguán, pero me da la impresión que a Uribe
le va a pasar lo mismo pero por otro lado. Creó la
ilusión de que iba a conseguir una victoria que está
enredada porque este es un país con un conflicto muy
difícil. Se piensa que este es un tema de echar un
discurso, expresar una voluntad en palabras: esto es más
complicado, como se está demostrando. Yo creo que no
hay que apostarle ni a la bobería de Pastrana ni a
los discursos del ministro Fernando Londoño.
Por 117 atentados se acabó
el proceso
El 20 de febrero las Farc destruyeron un puente y se tomaron
un avión.
Un total de 117 atentados terroristas atribuidos a las Farc,
entre el 20 de enero y el 20 de febrero de 2002, colmaron
la paciencia del entonces presidente Andrés Pastrana
Arango.
 |
A las 8:30 a.m. del 20
de febrero, las Farc desviaron el avión que cubría
la ruta Florencia-Neiva-Bogotá y en el cual viajaban
25 pasajeros, entre ellos el senador Eduardo Géchem.
La aeronave aterrizó en Hobo, Huila. Archivo
|
A las 9:00 de la noche del 20 de febrero, hoy hace un año,
decidió romper las negociaciones que habían
comenzado formalmente el 7 de enero de 1999, día en
el que, por razones que aún se desconocen, el jefe
máximo de las Farc, Manuel Marulanda Vélez (a.
Tirofijo) no estuvo presente.
"Manuel Marulanda: yo le di mi palabra y la cumplí,
pero usted me ha asaltado en mi buena fe, y no sólo
a mí sino a todos los colombianos. Desde el primer
día usted dejó vacía la silla del diálogo
cuando yo estuve ahí custodiado por sus propios hombres,
listo para hablar", recordó Pastrana al país.
Tres horas después comenzó la operación
Thanatos, en la cual participaron cerca de 13.000 uniformados
de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC), el Ejército
y la Armada Nacional. En seis días la fuerza pública
retornó a los cascos urbanos de San Vicente del Caguán,
en Caquetá; Uribe, Mesetas, La Macarena y Vistahermosa,
en el departamento de Meta.
Todo sigue igual
Dos hechos graves, cometidos el 20 de febrero, llevaron al
presidente a tomar la decisión de abandonar la negociación.
Esa madrugada, guerrilleros del 9 frente de las Farc, dinamitaron
el puente de Danticas, en la vía San Rafael-San Carlos,
en el Oriente antioqueño. Una ambulancia en la que
iba Flor Emilse García, una joven de 23 años
que estaba en labor de parto, se fue a la represa. Ella, su
hermana Janeth, y Elvia Guarín, una auxiliar de enfermería
que la estaba asistiendo, perdieron la vida.
Más tarde, a las 8:30 a.m., guerrilleros de la columna
móvil Teófilo Forero, secuestraron el avión
HK-3951 de la empresa Aires, que cubría la ruta Florencia-Neiva-Bogotá,
en el que se movilizaba el presidente de la comisión
de paz del Senado, Jorge Eduardo Géchem Turbay.
Cuando se conoció la noticia del plagio, el alto comisionado
de Paz, Camilo Gómez Alzate, interrumpió su
viaje a San Vicente del Caguán.
Su intención era continuar la discusión de
los puntos pactados en el cronograma aprobado por las partes
el 20 de enero, cuando los embajadores de los 12 países
amigos del proceso y James Lemoyne, representante del secretario
General de las Naciones Unidas, impidieron que se rompiera
el proceso.
Un año después de presentarse estos hechos
los familiares de Géchem Turbay no han recibido pruebas
de supervivencia y el puente La Dantica, aún no ha
sido reconstruido.
Promesas incumplidas
Hasta noviembre de 1998, cuando el presidente Pastrana decidió
dar inicio a la llamada zona de despeje, era poco lo que se
conocía de San Vicente del Caguán, en Caquetá;
Uribe, Mesetas, La Macarena y Vistahermosa, en el departamento
de Meta.
Lo único que se sabía de estas localidades
era que sumaban 42.000 kilómetros cuadrados, que tenían
cerca de 120.000 habitantes, que la ganadería era la
base legal de la economía, pero que los cultivos de
coca se estaban abriendo paso entre los cultivos de pancoger.
También se sabía que las Farc llevaban más
de 30 años en sus áreas rurales y que era escasa
la presencia del Estado.
El 23 de febrero de 2002, en su visita a San Vicente del
Caguán, Pastrana Arango le dijo a los habitantes de
la localidad que no los dejaría solos, que la inversión
social en la disuelta zona desmilitarizada sería la
forma de recompensar sus esfuerzos por la paz y que los jueces
y fiscales llegarían a lo largo de la semana.
Un año después, la inversión social
no se ha visto, los alcaldes despachan desde Bogotá
y Villavicencio, y los funcionarios judiciales no han retornado
por la presión de las Farc. [CIVR]
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