Ciudad
Región / Paz y DH >> Conflicto Urbano
La voluntad de paz no se pierde,
pero los procesos no arrancan
Reinserción de milicias dejó a la vista debilidad
del Estado.
Desaparición de Asesoría de Paz y Convivencia
aún levanta ampolla.
Programa de Convivencia, con apoyo BID, respira pero no despega.
Por
Clara Isabel
Vélez Rincón
Medellín
Como si se tratara de camaleones que alteran su apariencia
para sobrevivir ante las adversidades del medio ambiente,
los grupos armados ilegales que operan en Medellín
desde finales de la década de los ochenta, y sus miembros,
optaron por cambiar de bando y asegurar su existencia.
En este lapso, sus integrantes no se han movido de un lado
a otro de forma caprichosa. Los cambios han obedecido a una
dinámica propia de la confrontación armada en
medio de la cual se dan períodos en los que asoma la
posibilidad de un proceso de reinserción a la vida
civil, con alternativas de proyectos productivos y desarrollo
para las comunidades donde los actores armados operan.
Sin embargo, el entusiasmo que ha acompañado algunas
de estas iniciativas se ha tornado en decepción recordando
el refrán popular según el cual a veces la cura
resulta más mala que la enfermedad. Esto sucedió
en 1994 cuando las Milicias Populares del Pueblo y las Milicias
Populares del Valle de Aburrá decidieron desmovilizarse,
a instancias del Gobierno Nacional y conformar la Cooperativa
de Vigilancia y Servicios Comunitarios (Coosercom).
Otros procesos, como las 26 mediaciones y los 25 pactos de
no agresión acordados entre 1998 y 2000 por la Asesoría
de Paz y Convivencia de la Alcaldía de Medellín,
aunque recibieron críticas y no dieron los resultados
que la comunidad y la misma Administración esperaban,
constituyen un derrotero sobre el cual se puede trabajar en
el futuro.
El actual gobierno municipal cerró la Asesoría
de Paz y Convivencia, en una decisión que aún
genera polémica: tanto la Personería Municipal
como varias Ong consideran que la ciudad quedó sin
políticas en la materia. Así mismo, decidió
revisar el programa de Convivencia Ciudadana que se adelanta
con un empréstito del BID.
No obstante, las alternativas a procesos de paz están
abiertas mediante las Mesas de Trabajo Barriales, 21 de las
cuales hacen parte de un convenio entre la Alcaldía
y el Centro Arquidiocesano de Reconciliación. Otras
operan como iniciativas de algunas parroquias.
Experiencia coja
Al comenzar la década de los 90 los grupos de milicias
aseguraron no tener nexos con la guerrilla o las autodefensas
ni adelantar acciones de limpieza social o realizar
actividades ilegales como el secuestro y la extorsión.
Poco a poco cambiaron su forma de operar.
El caso más evidente es el de las Milicias Populares
del Pueblo y para el Pueblo y de las Milicias Populares del
Valle de Aburrá, que el 25 de febrero de 1994 empezaron
un proceso de reinserción con respaldo del Gobierno
Nacional y tres meses después, el 26 de mayo, firmaron
un compromiso que facilitó la formación de Coosercom.
El gran error, reconocido en 1996 por el propio director
nacional de Reinserción, Tomás Concha, fue abrir
a particulares el monopolio de las armas, que debe ser estatal:
Coosercon conservó sus armas para adelantar labores
de vigilancia en algunos barrios y establecimientos
educativos de la zona nororiental de Medellín.
En mayo de 1995, un año después de firmarse
el proceso, cerca de 100 miembros de la cooperativa murieron
como consecuencia de disputas intestinas o entre ellos y ex
militantes de las milicias. Luego denunciaron una campaña
de exterminio. En 1997, el alcalde de Medellín, Sergio
Naranjo, decidió poner freno al asunto y exigió
el desarme de Coosercom. Con el tiempo, algunos desmovilizados
se unieron a milicias insurgentes. Muchos otros, poco a poco,
terminaron al servicio de las autodefensas.
Otros pactos
Entre 1998 y 2000 la Asesoría de Paz y Convivencia
de Medellín, a cargo de Luis Guillermo Pardo, impulsó
los pactos de no agresión y las mediaciones en los
barrios. Estas acciones hacían parte de un trabajo
a mayor escala que involucraba un componente educativo, mediante
jornadas y talleres de paz; la creación de un observatorio
de los pactos de no agresión y la búsqueda de
alianzas entre organismos municipales y gremios económicos,
tendientes a fomentar proyectos productivos.
Los jóvenes que se acogieron a los pactos de no agresión
se beneficiaron con empleo de choque (por ejemplo, contratos
de limpieza de quebradas para el Instituto Mi Río).
A finales de 2000, algunos de los firmantes de los pactos,
consideraron que el apoyo estatal era escaso, que el empleo
ofrecido duraba poco o que no era para la totalidad de los
miembros de las bandas involucradas.
Desde otros sectores, las críticas se hicieron más
fuertes. Las más delicadas tuvieron que ver con la
compra de armas por parte de las bandas con dinero que estaría
destinado a la inversión social en barrios y con el
excesivo protagonismo que tomó la Mesa de Trabajo de
la Cárcel de Bellavista, al punto que se dijo que eran
los reclusos, y no la administración municipal, los
que trazaban las directrices de paz al Municipio.
Para Luis Guillermo Pardo Cardona, ex asesor de Paz y Convivencia,
las críticas son infundadas. En el caso del empleo,
reconoce que si bien se trató de empleo de choque la
idea era buscar la participación de la empresa privada
para crear proyectos productivos.
Respecto de la compra de armas asegura que no se han abierto
investigaciones sobre el tema. En cuanto al protagonismo de
los reclusos de Bellavista sostiene que esta mesa de trabajo
era tan importante como todas las que se crearon en la ciudad
y que las directrices de convivencia siempre las dictó
el Municipio.
Sabemos que todo proceso se puede mejorar pero los
logros fueron palpables, tanto que el mismo BID hizo una validación
mundial de la metodología desarrollada por la Asesoría
de Paz y Convivencia de Medellín, para la atención
del conflicto urbano. De ahí surgió el empréstito
con el que se iba a poner en marcha el Programa de Convivencia
de la ciudad y que ahora está estancado, asegura
Pardo Cardona.
Cuerda floja
El año pasado, el alcalde Luis Pérez Gutiérrez
consideró que el manejo de las políticas de
convivencia debía replantearse. Con tal fin ordenó
el cierre de la Asesoría de Paz y Convivencia y la
revisión del Programa de Convivencia Ciudadana, que
se financia con un empréstito de US$15 millones pactado
entre el BID y su antecesor, Juan Gómez Martínez.
Uno de los más duros críticos de la decisión
fue el personero de Medellín, Jorge Rojas Otálvaro,
quien en el balance de 2001 cuestionó la falta de una
política oficial para la atención del conflicto
urbano y las consecuencias que ésta traería
a la ciudad.
Jesús Balbín, investigador del Instituto Popular
de Capacitación (IPC), aseguró durante la presentación
del informe anual de esa Ong que el incremento de un 10% en
las muertes violentas en la ciudad, respecto de 2000, se debía
a la falta de compromiso de la administración municipal
en la búsqueda de estrategias de convivencia.
Según Jorge Enrique Vélez, secretario de Gobierno
del Municipio, el cierre de la oficina de Paz y Convivencia
no tiene ninguna incidencia negativa en la ciudad pues el
Plan de Desarrollo del Municipio, se fundamenta en la búsqueda
de la paz, mediante la inversión social.
En torno al programa de Convivencia Ciudadana, mediante recursos
BID, la reformulación está en marcha y contempla
siete proyectos que deberán ser evaluados por el organismo
internacional: Capacitación para el trabajo, que beneficiará
a cerca de 50.000 jóvenes, con edades entre los 16
y 15 años, por valor de $10.000 millones; II Fase de
prevención temprana de la agresión, por $999
millones; prácticas universitarias, por $6.000 millones
y que aún no está definido; creación
de catorce escuelas y catorce bandas de música, por
$3.700 millones; creación de once escuelas de deporte
y recreación, por $3.207 millones; constitución
de 40 mesas barriales para la resolución pacífica
de conflictos, $2.288 millones y Observatorio de la Violencia,
por $3.000 millones.
Para la actual administración el problema de violencia
en Medellín está sobrediagnosticado y por lo
tanto es necesario pasar de las palabras a los hechos. Mientras
estos se concretan los habitantes de los sectores populares
esperan que los programas sociales que, en parte, sacarían
a sus hijos de la guerra comiencen lo más pronto posible.
Ellos poco entienden de la elaboración de términos
de referencia de un proyecto o de las exigencias planteadas
por la banca multilateral para el desembolso de recursos de
cofinanciación.
Los efectos de la guerra en las calles son notorios: 3.141
homicidios y catorce masacres, entre el 1º. de enero
y el 30 de noviembre de 2001. La voz y las iniciativas ciudadanas
son acalladas por el ruido de las armas y los atropellos de
los ilegales, crecientes, día a día, en las
laderas de la ciudad.
Antecedentes
Las mutaciones
Para 1994, época en la que comenzaron los acercamientos
entre Gobierno Nacional y milicias que operaban en Medellín,
los informes de la Policía Metropolitana señalaban
la existencia de diez grupos que, según el DAS, contaban
con 5.000 a 8.000 integrantes.
El 26 de mayo de 1994, se concretó el proceso de desmovilización
de 650 integrantes de las milicias Populares del Pueblo y
para el Pueblo y las milicias Populares del Valle de Aburrá.
Así nació la Cooperativa de Vigilancia y Servicios
Comunitarios (Coosercom) que luego de múltiples tropiezos
y críticas por su accionar, tuvo que disolverse.
Numerosos miembros de los grupos que se acogieron al programa
de reinserción y otros que no lo hicieron cambiaron
su accionar y se unieron, luego, a otros grupos ilegales.
Sólo las Milicias Bolivarianas de las Farc son las
mismas desde entonces.
Milicias Populares del Pueblo y
para el Pueblo
Populares, La Isla, Santo Domingo y otros barrios
de la zona nororiental. En 1994 participaron en un proceso
de desmovilización que dio lugar a la creación
de Coosercom. Parte de sus miembros integraron luego bandas
de delincuencia común. Algunos militantes se unieron
al Eln y otros se sumaron a los Núcleos Revolucionarios
6 y 7, absorbidos este año por las Auc. La mayoría
de sus líderes murió en guerras intestinas por
el poder.
Milicias Populares del Valle de
Aburrá
Villa del Socorro, Moravia, La Milagrosa, Santa
Cruz, parte de la zona centro-oriental. También se
desmovilizaron en 1994 y participaron en la formación
de Coosercom. Algunos de sus miembros se unieron a las Auc
y a bandas de delincuencia organizada.
Milicias 6 y 7 de noviembre
Villa Turbay y Villa Lilian, Llanaditas, 13 de noviembre.
Después de haberse desmovilizado, sus miembros se unieron
a las Auc.
Milicias América Libre
San Javier, 20 de Julio, La Independencia y parte
alta de la América, Guayabal, Belén, El Rincón,
12 de Octubre, Aures y El Picachito. Parte de sus integrantes
pasaron a las filas del Eln, otros a los Comandos Armados
del Pueblo (Cap). Muchos de sus miembros en el 12 de Octubre,
Aures y El Picachito, se unieron a las Auc.
Milicias Populares de Occidente
San Javier, 20 de Julio, La Independencia y parte
alta de La América, Guayabal, Belén, El Rincón,
12 de Octubre y El Picachito. Rompieron sus nexos con las
Milicias Populares del Valle de Aburrá y el Bloque
Popular Miliciano y evolucionaron, en parte, hasta integrarse
a los Comandos Armados del Pueblo (Cap).
Milicias Populares
Revolucionarias
Parte alta de la zona centroriental, barrios
Versalles y Manrique. Tenían vínculos con la
Corriente de Renovación Socialista. Una parte pasó
a las Auc y las que operaban en el barrio 8 de marzo mantienen
la influencia del Eln.
Comandos Obreros Populares (Milicias
Populares de Liberación)
Castilla. Surgieron como disidencia del Epl. Algunos
de sus integrantes se unieron a bandas de delincuencia común,
otros a las Auc y otros a la guerrilla.
Milicias Bolivarianas de las Farc
La Iguaná y algunos sectores de la zona centroccidental.
Son orgánicas de las Farc.
Milicias Pueblo Unido y Milicias
El Sol
Bello. Se disolvieron. Hoy hay control casi absoluto
del Bloque Metro de las Auc sobre grupos ilegales de esa localidad.
Milicias Che Guevara
Itagüí. Algunos de sus miembros se
unieron a los Cap.
Implicaciones
Voces que no se apagan
La voz de la comunidad para buscar salida a sus problemas,
en medio de las balas y la confrontación, no ha cesado.
Las mesas barriales que operan en diferentes sectores de la
ciudad son muestra de ello.
Esta iniciativa opera en 21 barrios, por medio de un convenio
entre el Centro Arquidiocesano de Reconciliación y
la Alcaldía de Medellín, pero en otras zonas
funcionan de forma autónoma, lideradas por los sacerdotes
en sus parroquias. Su propósito es fortalecer el tejido
social de los barrios, acercar a sus líderes naturales,
buscar alternativas de convivencia y buscar soluciones a la
crisis desde la misma comunidad y no desde sectores ajenos
a ella.
Los párrocos son los líderes, para lo cual
buscan la participación de maestros, madres comunitarias,
directores de grupos juveniles y de la Tercera Edad, personal
del sector de la salud y padres de familia, a quienes brindan
capacitación. No se trata de partir de cero sino
de recuperar otros espacios que ya se tenían en las
comunidades, recoger experiencias pasadas y buscar alternativas
entre quienes realmente conocen el conflicto, explica
un vocero del Centro Arquidiocesano de Reconciliación.
Según dice, el éxito del programa consiste
en que no se han creado falsas expectativas a la comunidad
sobre los alcances del mismo. No hemos hablado de repartir
plata ni de crear empleos, sólo que la gente se comprometa
con su barrio.
Por eso desvirtua afirmaciones según las cuales el
Centro Arquidiocesano de Reconciliación se convertiría
en ejecutor del proyecto de Mesas Barriales presentado por
el municipio dentro del empréstito del BID y que tiene
un valor de $2.228 millones. Brindamos asesoría
a la Alcaldía en lo referente a la presentación
del proyecto, pero nuestro interés no es ser contratistas.
Vamos a seguir participando de las iniciativas de paz y convivencia
en la ciudad, pero no de esa forma, aclara el sacerdote.
|