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serie Un viaje a lo profundo del Atrato
Los embera poco necesitan
la modernidad
Este diario, al lado del Cicr, visitó una comunidad
indígena aislada por la guerra.
Allí
se vive con lo mínimo y con el temor al marginamiento
por la confrontación armada.
Una unidad
de salud es, tal vez, la única ayuda para preservar
esta etnia.
Por
Javier Arboleda
García
Atrato Medio
Los 48 tambos, cubiertos con hojas de palma o tejas de zinc,
se levantan como zancos un metro y medio sobre una de las
pocas planicies firmes que permite la cuenca del río
Opogadó, afluente del Atrato, en la región más
selvática, tupida, lluviosa y pegajosa de Chocó,
donde las tonalidades del verde forman un tapiz que alberga
una de las biodiversidades más apetecidas del mundo.
Esas rústicas viviendas, refugio de 68 familias, forman
a Unión Baquiasa, una comunidad embera, arraigada durante
siglos en esos territorios en una resistencia perpetua contra
toda "invasión" armada y cultural de ejércitos
y Estados.
Llegar allí, tras una travesía de más
de ocho horas por aguas profundas, pantanosas o cristalinas,
trazadas por la espesa vegetación, es regresar en el
tiempo, aunque el tiempo sea lo que menos pese, porque la
modernidad parece un espejismo ante la simpleza de la vida
diaria en Baquiasa.
El único combustible es la madera, la única
luz es el sol y la única dieta es la que proporcionan
los cultivos de maíz, plátano, fríjol,
arroz y caña de azúcar. La carne, el pescado
y los alimentos procesados sólo se consiguen cuando
los indígenas acuden al primitivo método del
trueque con sus vecinas comunidades negras.
"Entre más se agudice el conflicto, más
resistentes somos", enseña un viejo de 70 años,
escuálido, desnudo, salvo por su guayuco, un trapo
largo que le tapa los genitales, amarrado con una cinta que,
de tanto apretarla, le formó callosidades a lado y
lado de la cintura y en la unión de las caderas.
El viejo es fiel retrato de un guerrero indio, de pelo largo
y cara arrugada, adornado con trazos verticales en su tórax,
dibujados con jagua, una fruta que, mezclada con agua, se
convierte en una tintura tan fina que permea las dos primeras
capas de la piel.
Allí, en el tambo comunitario, ante una de las pocas
visitas que acepta la comunidad, el anciano explica en una
charla magistral y con la sabiduría de quien tiene
la obligación de transmitir el conocimiento por medio
de la palabra, que esas tierras, sus ancestrales tierras,
son importantes ahora porque se cruzan como una tangente en
la geopolítica de la guerra de los ejércitos
regulares e irregulares.
La región ha sido escenario de fuertes confrontaciones
armadas, choques que, por ejemplo, en 1996 provocaron un éxodo
masivo de comunidades negras de las cuencas de los ríos
Atrato, Opogadó, Truandó, Jiguamiandó
y Salaquí, que buscaron refugio en campamentos de desplazados
de Pavarandó y Turbo.
La estrategia indígena fue distinta. Entre más
duro fue el conflicto, más resistente fue el apego
por las tierras, al punto que los embera prefirieron adentrarse
más en la selva.
"Hace días no vienen por aquí" ni
la guerrilla ni las autodefensas, pero tampoco el Estado,
"porque a todos les hemos dicho que poco o nada nos interesa
su guerra". De hecho, han permanecido unidos para evitar
que se lleven a sus jóvenes o para impedir que el territorio
sea utilizado como tránsito o refugio.
"Esto no es garantía", al menos para Orlando,
líder indígena que interviene en la charla,
por considerar que "la zona está en disputa y
seguirá en disputa": la movilización por
caños y ríos depende, en parte, de la voluntad
o las necesidades militares de los grupos armados.
El Estado sabe que Unión Baquiasa existe porque se
ve desde el aire, desde los aviones, o por los reportes de
la única entidad que ha podido llegar allí en
los últimos tres años: la Unidad Móvil
de Salud (UMS), del Comité Internacional de la Cruz
Roja (Cicr).
Es a ella a la que se le hace la antesala de bienvenida en
ese inconcluso tambo, toda vez que los embera saben que los
delegados del Cicr llegan a salvar vidas, las mismas que se
perderían no por la guerra, porque nunca han participado
en ella, sino por la exclusión y el abandono.
En ese amplio salón, tapizado por el barro, se congrega
a las mujeres, de torsos desnudos y largas y negras cabelleras,
adornadas con coloridas y multiformes parumas (faldas), todas
atentas y rodeadas de sus hijos, igual semidesnudos y descalzos.
También están los hombres que son los únicos
que hablan.
Doris Sánchez, una chilena radicada hace más
de 20 años en Noruega, coordinadora de la UMS, explica
que en los próximos días un equipo de profesionales
en salud y saneamiento ambiental trabajará para mejorar
las condiciones higiénicas de esa población
indígena.
Mientras Doris explica la mecánica, en otros sectores
empieza a organizarse lo que serán el consultorio médico,
el odontológico y la zona de vacunación, la
más temida por los niños, pese a que es la única
que, a veces, ofrece dulces.
Algo tan simple y, tal vez, tan insignificante, es todo un
acontecimiento en Unión Baquiasa. "Durante cinco
años nadie subió por aquí", recuerda
el gobernador indígena, Clímaco Cabrera de Gaiza,
un joven de 32 años, de piel morena y pies anchos,
también pintado con jagua como demanda su dignidad.
Antes, en ese caserío morían entre cinco y
ocho niños al año, por problemas respiratorios,
intestinales o de vectores (malaria), "pero desde que
ellos nos acompañan (el Cicr) todo ha cambiado, al
punto que no hemos tenido un solo fallecido".
El único problema en Baquiasa es la guerra, que los
mantiene aislados y sin posibilidades de adquirir productos
que le hagan menos dura la vida, como la gasolina, un acueducto
o una planta eléctrica. "De nada nos sirve el
dinero", porque casi nada pueden comprar.
Las partes en conflicto restringen la compra de más
de cinco bombas de gasolina o de $200.000 en víveres.
"Ni bajamos a Vigía del Fuerte (a doce horas)
porque dicen que le mercamos a la guerrilla".
La charla termina con la promesa de que en la noche habrá
fiesta, amenizada y con baile embera, aunque uno de los jóvenes
indígenas advierte que la chicha de caña, como
en otras ocasiones, los inducirá a continuar la celebración,
al pie de una grabadora comunitaria, aunque la de hoy será
distinta porque acaba de llegar de Riosucio, y "de contrabando",
un disco compacto pirata que mezcla los últimos éxitos
vallenatos y de champeta.
Implicaciones
Llegar al sitio es todo un reto
Llegar hasta Unión Baquiasa demandó un esfuerzo
de más de un día, aunque en esta ocasión
la suerte apareció para los miembros de la Unidad Móvil
de Salud (UMS), debido a que el río Opogadó
estaba crecido -por los últimos y constantes aguaceros-,
de modo que no hubo necesidad de bajarse a empujar el bote.
A veces, en momentos en que hay poca agua, se atasca en la
arena o las piedras. Cuando se viaja a estas comunidades,
la embarcación del Cicr casi siempre debe quedarse
parqueada en la desembocadura del Opogadó, lo que implica
que los pesados equipos de la UMS pasen a lo que llaman un
casco: una rústica concha de madera alargada que es
el más usual de los medios de transporte en la región.
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