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Inicio serie Con el sudor de tu frente
Minero, el duro dolor de sobrevivir
En la zona de Amagá hay minas que dan sustento a 3.000
mineros.
Es un
oficio duro y peligroso, en el cual cada día se expone
la vida.
Presión
alta, las escoriaciones y deficiencias visuales, herencias de
la mina.
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| Como topo que no le teme
a la luz del sol, Edgar de Jesús Molina diariamente
saca de los socavones cerca de 20 toneladas de carbón
con destino a la industria cementera y textilera que se alimenta
de este mineral. Foto: Donaldo Zuluaga |
Por Gustavo
León Ramírez Ospina
Medellín
Edgar de Jesús Molina Fernández se mete todos los
días a las entrañas de uno de los 160 socavones
que se explotan a destajo en la región de Amagá,
Angelópolis, Fredonia y Titiribí. Es uno de los
tres mil mineros que diariamente escarba en ellos el sustento
para su familia, en unas condiciones muy difíciles.
Molina, que ahora cuenta 36 años, entró a laborar
en esa actividad para mantener a sus cuatro hijos, cuyas edades
oscilan entre los 3 y los 11 años. Sus manos, sin guantes
industriales, están encallecidas y embarradas como sus
botas y su cabeza sólo la protege una ordinaria gorra de
lona. Su trabajo, a través del cual moviliza unas 20 toneladas
de carbón a la semana, se cumple en condiciones infrahumanas
y sin la más mínima seguridad social.
Son sitios de altas temperaturas, muy húmedos, de aires
saturados, sin plena luz y llenos de huecos laterales. Allí,
cada quien se dedica a la explotación y vive bajo la amenaza
latente de un derrumbe o de la aparición del grisú,
un gas inflamable compuesto principalmente de metano que se desprende
de las minas de hulla y que explota en contacto con una llama.
También en los socavones existe el HO, otro gas que se
mantiene suspendido a medio metro del piso, que se alborota con
el trajín de los mineros y que, cuando es aspirado, adormece
y produce una muerte silenciosa semejante a la hipotermia que
sufren los alpinistas en los páramos. También son
frecuentes las escoriaciones en la piel, la alta presión
arterial y las deficiencias visuales.
Edgar de Jesús trabaja en la zona de Ferrerías de
Amagá. A los 22 años, cuando se metió por
primera vez a la oscuridad impenetrable de una mina de carbón,
sintió un terror visceral que sólo abandonó
con la rutina y el pasar del tiempo.
Cada diez minutos sale a la luz del sol después de recorrer
en una intensa carrera contra el reloj 270 metros de socavón,
empujando casi de arrodillas un vetusto coche enrrielado con seis
bultos de carbón, que recibe en la boca de la mina otro
hombre más joven que él.
El "encochado", como se le llama al cargamento, es jalado
por un malacate desde la boca exterior del yacimiento por un hombre
que vive constantemente despabilado, pendiente de que el cable
se enrolle y observando de reojo si un bombillo se prende para
indicar si hubo un descarrilamiento que puede llevarse soportes
del techo y precipitar graves accidentes.
En el interior, hay 18 compañeros enclavados, que le entregan
el carbón extraído, sin salir a la superficie ni
siquiera a tomar un nuevo aire o hacer sus necesidades físicas.
Cerca de la veta, los hermanitos Yomer Alejandro y Nelson de Jesús,
menores de 15 años, trabajan jalando el coche con el malacate,
recogiendo costales vacíos y que algunas veces se arrastran
sobre el vientre como ratas, tratando de sacar unos terrones de
carbón para subsistir.
En su caso, Edgar de Jesús Molina se mueve dentro del túnel
en cuclillas y, a veces, en muchos tramos, medio estirado en el
piso para no golpearse contra el techo de carbón. "Trabajar
bajo tierra es un infierno", dice el minero, que no vislumbra
otra alternativa para sacar adelante a su familia.
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| Foto: Donaldo Zuluaga |
Una dura herencia
Sin embargo, don Edgar, con sus 14 años de trabajo,
todavía no tiene la experiencia y la tradición acumulada
de Darío Cárdenas, un hombre curtido que duró
más de 38 años como minero en la empresa Industrial
Hullera, en liquidación. Cárdenas comenzó
a trabajar a la edad precoz de los diez años en un oficio
que también ejercieron su padre, Marco Julio Cárdenas,
y otros cuatro hermanos. "Esa fue la herencia que nos dejó",
dice don Darío.
Edgar de Jesús todavía no tiene el dolor de la tragedia
que vivió don Darío, de haber perdido a los 86 mineros
que, junto a su hermano Ever, murieron sepultados el 14 de julio
de 1977. Igualmente, todavía no siente, como le sucede
a don Luis Orlando León, que los pulmones estén
congestionados por el polvo que deja el carbón ni tiene
su reumatismo, que padece la inmensa mayoría de los mineros
jubilados, pensionados o retirados que nacieron y crecieron en
la región.
Cambio de oficio
Don Edgar de Jesús Molina cambió la agricultura
por la minería, pues no le resultaba rentable y suficiente
para alimentar a sus hijos y a su esposa.
"Es más mal pago por fuera que en las minas. Cuando
me va bien, puedo sacar 120 mil pesos a la semana. Uno sólo
trabaja para la comida", manifiesta el minero, a quien ya
se le notan en el rostro signos de cansancio y de envejecimiento
prematuro. Le está pasando igual que a otros compañeros
quienes, por el encerramiento diario, revelan una edad mayor de
la que realmente tienen.
"Uno nunca piensa que se volverá rico como minero.
Mi labor es "cochar", sacar el carbón... Mi trabajo
es muy duro".
A las seis de la mañana, cuando llega a la mina en Ferrería,
lo primero que hace Edgar de Jesús es seguir una tradición
que cumplen todos los mineros creyentes en Dios y en la Virgen
del Carmen: santiguarse, pedirles que los dejen salir sanos y
salvos. El mismo rito se repite cuando dejan el trabajo en la
tarde. En la mina siempre habrá una imagen protectora a
la entrada o a lo largo de los corredores de carbón, algunas
alumbradas con velas.
"La vida de un minero es bastante dura, señor. Cada
vez que me meto, me persigno y.... vamos para adentro. Cuando
salgo, le doy gracias a Dios. Si uno no siente nada es mucho alivio.
Estos trabajos de primer vez son muy miedosos. Uno entra sin experiencia
y hará algo que es un riesgo", dice don Edgar, quien,
de milagro, sobrevivió al desprendimiento de una peña
en la Mina La Gualí, que sí lo mandó cinco
días incapacitado al hospital de Amagá. El minero
ya aprendió que su actividad es una de las más peligrosas
del mundo, pues el riesgo de sufrir un accidente supera el 90
por ciento de las posibilidades.
"No me he salido de minero porque, realmente, yo soy muy
pobre. Me va más o menos bien para mantener a mi familia.
Mi mujer que dice que mi trabajo es bravo, pero debido a la pobreza,
le toca uno hacerlo", dice. "Ya tengo catorce años
en las minas y uno le pierde el miedo a esto. Estar adentro es
como estar acá afuera. La plata que me dan es muy bien
ganada. No sé porque hay gente que se la gasta en trago
y en vicio", sentenció el minero.
Opinión general
La plata del minero, la que menos rinde
"Cuando se viene a pedir trabajo, lo primero que le dicen
a uno es que sí lo hay. Le entregan el pico y la pala,
algunas veces desencabados. Entra a la mina, tumba el carbón,
lo empaca y lo arruma por el mismo precio. La plata del minero
es la que menos rinde y uno sigue siendo pobre. No conozco a un
minero que sea rico... En la mina se tiene que comer sin lavarse
las manos, porque uno no tiene agua para lavarse allá".
Luis Rodrigo León, minero jubilado.
"Entré a trabajar a la edad de diez años,
sin garantías, sin seguridad social. En los primeros días
me tocó ayudar a empacar carbón y a terciar bultos.
Le cogimos tanta costumbre a la mina que ya entrábamos
como entrar a la casa, así viéramos los riesgos.
Uno se va enseñando. Las familias van acostumbrando a los
hijos a trabajar en las minas desde muy temprana edad. Los patronos
también aprovechan a esas personas de poca edad para explotarlas.
Les pagan menos salarios que a los adultos".
Darío Cárdenas, presidente de la
Asociación de Jubilados y Pensionados de Industrial Hullera.
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